(Juste la fin du monde; Xavier Dolan, 2016)
Las películas de Xavier Dolan se distinguen por su capacidad para evocar inmediatez y juventud. Esto no es sorprendente, pues Dolan, de 27 años, es quizá de los directores más jóvenes en consagrarse como un autor de perfil; desde su debut de 2009, Yo maté a mi madre, el quebequense ha sido una figura constante en el festival de Cannes. Dejando los prejuicios de edad a un lado, si Dolan se ha convertido en un cineasta notable es porque ha sabido traducir los sentimientos estereotípicos de su edad a una estética a la vez audaz y accesible. Sus películas son mitad cine de arte, mitad videos musicales. Esto parece explicar los momentos más pretensiosos de su filmografía, momentos que parecen la obra de alguien que quiere sólo llamar la atención y ser tomado en serio, preocupaciones cercanas a un adolescente; pero que también, de vez en cuando, capturan como pocos cómo los sentimientos de un joven, alguien que, por sus experiencias y marco de referencia limitados, les da a sus problemas una escala monumental.
El título de No es más que el fin del mundo, su nueva película, o se burla de esta misma idea o la toma dolorosamente en serio (aunque técnicamente no es idea suya, sino del dramaturgo Jean-Luc Lagarce, quien escribió la obra de teatro en que la película se basa). El nombre literalmente equipara el apocalipsis con un día con la familia. Louis (Gaspard Ulliel), es un exitoso escritor de 34 años que regresa a la casa de su familia en el campo para notificarles de que sufre una enfermedad terminal. Martine (Nathalie Baye), su madre; Suzanne (Léa Seydoux), su hermana menor; Antoine (Vincent Cassel), su hermano; y Catherine (Marion Cotillard), la esposa de éste, lo reciben con una cortesía que raya en la frialdad. Ésta es una familia que habla mucho pero se comunica poco. La película se divide en fragmentos en los que Louis conversa con cada uno de ellos por separado por lo que parecen pequeñas eternidades. La película no separa lo importante de lo banal porque en la vida real es imposible distinguir uno del otro.
No es más que el fin del mundo es una mirada íntima a la mundanidad de una familia que se lleva bien sólo en apariencia. A su disposición, Dolan cuenta con un elenco talentoso y reconocido, y todo el tiempo del mundo para que estos interactúen el uno con el otro, pero rara vez les da la oportunidad de sugerir persona de carne y hueso; sus actuaciones exhiben poca complejidad o vitalidad. Hay una chispa de humanidad en las tres mujeres de la película; Suzanne balancea la admiración que siente por lo que su hermano ha logrado lejos de casa con el rencor que le tiene por haber pasado tiempo lejos y sólo comunicarse por medio de postales. Con Catherine, la sumisa y taciturna esposa de su voluble hermano, el joven escritor encuentra algo de afinidad e identificación. Una conversación que Louis tiene con Martine, a la vez clemente y devastada por las tensiones que afligen a su familia, es la escena más conmovedora de la película. Y aun así, la película se concentra principalmente en los personajes de Louis, contemplativo al punto de la inercia, y Antoine, cuya personalidad recelosa y arrogante nunca tiene mucho sentido. Ellos dos son los personajes más endebles de la película.

Dolan mantiene la película a flote por los momentos en que se aleja un poco de su elenco estelar. Cuando su atinado oído para las canciones y la fotografía de André Turpin se imponen sobre los personajes simplistas. Hay más emoción en el flashback que Louis tiene a su romance con un muchacho local, filmado en seductores colores neón, que en la mayoría de sus interacciones con su familia, capturadas en tonos fríos con fotografía de foco suave y principalmente en primeros planos. Cuando los lados melodioso y dramático de Dolan convergen, la película logra su momento más indeleble: Suzanne y Martine bailnado al ritmo de la insoportablemente pegajosa “Dragostea din tei”, un oasis de júbilo y despreocupación en la pesadez emocional que domina el resto de la película.
Ésta no es la primera que Dolan construye una escena memorable alrededor de una canción opresivamente alegre; vimos una similar en su película anterior, el drama familiar y cuasi triángulo amoroso Mommy. No es más que el fin del mundo tiene mucho de aquella película en cuanto a estética y temática, pero la comparación resalta los problemas fundamentales de su nueva película. Mommy vestía sus emociones a flor de piel, y sus personajes eran capaces de acciones motivadas y no sólo a contemplación estática. No es más que el fin del mundo toma un enfoque más sutil, enfoque que la hace ocasionalmente perceptiva. Dolan revela poco a poco un núcleo familiar unido más por obligación que por cariño. Si la familia parece la fuente de tantos problemas ¿qué sentido tiene tratar de mantenerla unida? No es más que el fin del mundo no es carente de punto, pero Dolan se tropieza ocasionalmente para llegar a él.