(Nocturnal Animals; Tom Ford, 2016)

El exagerado diseño de producción y vestuario, el uso de luces en fuertes y brillantes colores primarios y los románticos paisajes rurales de Animales nocturnos recuerdan tanto a Por el lado oscuro del camino, la película de David Lynch de 1997, como a El demonio neón, la última película de Nicolas Winding Refn (Estoy seguro de que no soy el único que ha hecho esa comparación). Con aquellas dos películas comparte también la capacidad de combinar un atinado ojo para la puesta en escena con una vulgar y violenta trama para crear puro hipnotismo visual. Esto no debe ser una sorpresa; la película es dirigida por Tom Ford, quien antes de emerger como un autor cinematográfico en potencia, se consagró como uno de los diseñadores de modas más importantes de tiempos recientes. Uno definitivamente no duda del gusto y el estilo del sastre de James Bond. Al mismo tiempo, hay algo bastante mesurado sobre su segundo largometraje, una consciencia que le impide caer en los excesos permitidos por su modesto presupuesto y sugerido por su retadora secuencia de créditos iniciales. Rara es la decisión que en Animales nocturnos no complemente la historia, que no nos involucre más en su exploración de cómo nos identificamos con la ficción y cómo ésta nos manipula.

Susan Morrow (Amy Adams), la curadora de una impresionante galería de arte de Los Ángeles, vive en una elegante y minimalista mansión en las colinas y está casada con un hombre algo más joven que él, Hutton (Armie Hammer), apuesto, bien vestido, y con la expresión de alguien capaz de una híper-articulada y vil diatriba en la que defienda su derecho a tener una personalidad desagradable. Susan no es feliz. Está convencida (no sin razón) de que Hutton lo engaña; se ha convertido en una pieza más de la impecable pero estéril decoración de su propia casa. No ha vuelto a oír de su exesposo, el escritor Edward Sheffield (Jake Gyllenhaal), hasta que éste le hace llegar por correo el manuscrito de una novela que acaba de escribir. El título, Animales nocturnos, llama la atención de Susan, quien encuentra en el libro un escape de sus propias penurias.

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Animales nocturnos (la novela dentro de la película) cuenta de Tony Hastings, un hombre que, camino a Marfa, Texas, es detenido por tres criminales locales que deciden secuestrar a su esposa, Laura, y a su hija, India. Edward (y Tom Ford, y Austin Wright, el autor de la novel en que su película se basa) dibuja una familia feliz, pero no al punto de la caricatura, antes de someterla a un horror que crece poco a poco. Mientras manejan por la autopista, la familia se da cuenta de un carro que los sigue muy de cerca. Dentro del vehículo, Ray Marcus (Aaron Taylor-Johnson) y sus dos compinches empiezan a gritarles desde el carril de al lado. Los chocan ligeramente, y los obligan a salirse del camino. Ray se baja de su carro, molesto por el golpe. Se ofrece a arreglar la llanta ponchada de Tony, un gesto conspiratorio para que éste y sus hijas dejen la seguridad del auto. Ray hace que sus intenciones nunca queden claras en los ojos de sus eventuales víctimas. Éstas lo tratan con cortesía para que se tranquilice, pero tratarlo con cortesía, que no se sientan intimidados, es precisamente lo que él busca. El secuestro es una secuencia de perfecto suspenso, determinado por un incremento natural del peligro. No por nada cuando Susan baja el libro por un instante, luce agotada.

En el papel de Ray, Taylor-Johnson no da la mejor actuación de la película, pero sí la más sorprendente. Sólo después de unos minutos nos damos cuenta de que este ruidoso y voluble psicópata texano es el guapo inglés que interpretó al torpe aspirante a superhéroe en Kick-Ass: Un superhéroe sin superpoderes y nos llevó a la infancia del vocalista de los Beatles en Mi nombre es John Lennon. El único que lo supera es Michael Shannon como Bobby Andes, el dedicado detective que ayuda a Tony a encontrar a su esposa e hija y después a vengarse de sus agresores. En este papel, Shannon es un lacónico símbolo de masculinidad, matizado por una profunda sensación de tristeza y futilidad.

El que la actuación de los dos esté al servicio de personajes ficticios creados por otro personaje ficticio llama atención a la manera en que Animales nocturnos se nos presenta. ¿Vemos la novela de Edward tal cómo él la escribió? ¿O cómo Susan la imagina? Más importante: si la lectura es un acto de interpretación, ¿hay una verdadera diferencia? Al colocar a Jake Gyllenhaal en ambos papeles, Ford nos muestra a Tony como un inequívoco avatar de Edward. Adams no interpreta a Laura, pero la actriz que sí lo hace, Isla Fisher, también pelirroja y de ojos grandes, posee una presencia similar a ella. Si Susan no se imagina precisamente en la historia que escribió su esposo, tampoco puede separarse del todo de ella. Esta relación tan personal con la novela de su esposo quiere decir que, para ella, ésta es más que una adictiva pieza de ficción vulgar. Ford, su cinefotógrafo Seamus McGarvey, y su editora Joan Sobel crean paralelos visuales entre los personajes de Susan y Tony mediante cortes y disolvencias entre composiciones similares. La técnica sugiere que, por fin, después de tanto tiempo, Susan entiende el sentimiento de pérdida que experimentó su esposo cuando ella lo dejó por alguien más joven.

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La ficción dentro de la ficción no sólo le permite a Animales nocturnos dar complejidad a sus personajes, sino también poner de cabeza y criticar un cansadísimo cliché literario: el del dócil hombre de familia convertido en bestia vengativa después de que una mujer querida (sea una esposa, una hija, o en este caso las dos) le es brutalmente arrebatada. La relación entre Edward y Susan nos permite leer el planteamiento de la novela de éste cómo lo que es en realidad: una fantasía de poder. Motivada por sentirse insuficiente, emasculado. Hay cierto romance a la manera en que la película muestra a Tony reencontrándose con las dos mujeres violadas y asesinadas. La mano creadora detrás de la escena disfrutó de ponerlas en aquella situación. Si Animales nocturnos contara sólo la historia de Tony, la escena podría reducir el resto de la película a la mera explotación, pero dado que la presenta como el producto de la mente de Edward, se convierte en su lugar en una mirada al interior de una mente acomplejada. Entendemos a los asesinos como una extensión del sentimiento que Susan plantó en Edward al rehusarse a apoyarlo y al dejarlo por alguien más, un sentimiento que éste dejó crecer con ayuda de sus propias inseguridades. Tony no está detrás de paz con sí mismo, ni de justicia para Laura e India. Definitivamente no busca traerlas de vuelta. Lo que quiere es sentirse una vez más como un hombre.

Si tengo un problema con Animales nocturnos es que la película, más que ofrecer un contrapunto a la cruel fantasía que es la novela de Edward, refuerza los sentimientos de este personaje. La novela es parte de su propia trama de venganza, no tan torpe y cruda como una persecución sangrienta en el campo de Texas, pero devastadora a su manera. No obstante, Animales nocturnos no parece estar totalmente de su lado; la inutilidad de la búsqueda de Tony pesa demasiado sobre la de Edward y sugiere que la de éste puede ser igual de insatisfactoria, aún si el lenguaje cinematográfico de la última escena no defiende esta conclusión. Pero una película no tiene que declararse explícitamente en contra comportamientos horribles para contribuir a una conversación cultural importante como es la manera en que personajes femeninos son representados en el trabajo de creadores masculinos. Una buena película sólo tiene que presentar estos comportamientos de una manera que nos permita entenderlos. Si lo hace con una estética que nos impide separar los ojos de la pantalla, pues mejor.

★★★★