(The Autopsy of Jane Doe; André Ovredal, 2017)
La morgue es una película de terror que no sabe por qué es aterradora. Esta incapacidad de reconocer sus mayores fortalezas hace que lo que empieza como una ingeniosa, eficiente y verdaderamente perturbadora historia de terror finalmente se convierta en una película de monstruos como cualquier otra. Una lástima, porque la nueva película de André Øvredal tiene mucho a su favor, y lo cautiva a uno desde el principio. Su conciso inicio se asiste de la mirada hastiada de un oficial de policía y los horripilantes detalles de una escena del crimen para desencadenar su misterio central. En un pueblo rural de Virginia, el cuerpo de una joven es desenterrado del sótano de una casa en la que acaba de ocurrir un violento y crudo homicidio múltiple. Nadie es capaz de identificar el cuerpo personalmente, y sus huellas no aparecen en ningún registro de policía por lo que, según la ley, se le da el nombre temporal de Jane Doe.
Jane Doe (Olwen Kelly, cuyo físico y expresión vacía le dan al personaje una presencia inquietante a pesar de ser un cadáver) es llevada por el alguacil Sheldon Burke (Michael McElhatton) al juez de primera instancia Tommy Tilden (Brian Cox) para que él y su hijo Austin (Emile Hirsch), un técnico médico, determinen la causa de muerte. El profesionalismo de los dos es aparente de inmediato, a pesar de que pronto descubrimos que Tommy sigue afligido por la muerte de su esposa y madre de Austin, y Austin se niega a dejar lo que parece un empleo sin futuro con tal de hacerle compañía a su padre. Lo que hace a la primera parte de La morgue tan fascinante es lo lógico y meticuloso de la exploración que Tommy y Austin hacen del cadáver de Jane Doe, y sus intentos de explicar de manera racional las crecientes irregularidades que en él aparecen. Los ojos grisáceos de Jane Doe son indicativos de un cadáver en avanzado estado de descomposición, pero cuando Tommy hace la primera incisión en el cuerpo, la sangre vierte de él como lo haría en un cadáver fresco. De manera similar, los órganos internos parecen haber sufrido severas quemaduras y cortes, mientras que el exterior se mantiene prácticamente intacto. Las cosas se vuelven más extrañas cuando en el estómago, Tommy y Austin encuentran estramonio, un agente paralizante, y un pedazo de tela con símbolos inexplicables.

Los conocimientos y métodos de Tommy y Austin les dan una inteligencia y determinación que rara vez se ve en los protagonistas de terror, y permite que la película avance con el ímpetu de una bien construida novela de detectives, a pesar de que se desarrolla casi totalmente en el interior del sótano de la morgue. Tommy y Austin no son personajes que saltan del susto a la primera señal de algo fuera de lugar. Para ellos, la sangre y los cuerpos desfigurados son cosa de todos los días. Tampoco se andan con supersticiones, pero a medida que las inconsistencias se amontonan, la tormenta que se avecina y el que su radio empiece a sintonizarse sola a un escalofriantemente alegre cántico religioso dejan de sentirse como meras coincidencias. Padre e hijo empiezan a dudar de la misma realidad a la vez que persisten en su análisis por más tiempo del que resulta prudente. La película se apega fielmente a su punto de vista, de manera que no sabemos si el cadáver de Jane Doe de verdad tiene propiedades sobrenaturales, o sí Tommy y Austin están perdiendo la razón. Esta incertidumbre es lo que inicialmente eleva a La morgue por encima de la típica película de terror.
El estilo poco intrusivo que Øvredal emplea recuerda al trabajo de Dan Trachtenberg en la excelente Avenida Cloverfield 10. El enfoque se encuentra en las actuaciones y en construir atmósferas sutilmente distintas en un lugar que debería ser monótono y uniforme. Los efectos especiales, con la excepción del maquillaje de Jane Doe, que es perturbadoramente realista, a veces delatan el haber sido obra de animación por computadora. Más que un inconveniente, esto contribuye a darle el sabor de un inventivo trabajo de horror independiente, características que ciertamente le aplican a La morgue. Las actuaciones de Cox y Hirsch complementan los sustos con algo de ternura. Sus personajes caben cómodamente dentro de los arquetipos del paciente maestro y del impetuoso aprendiz, pero comparten una inteligencia y emotividad que los hace creíbles como técnicos mortuorios y como padre e hijo. No obstante, conforme el cadáver empieza a cobrar protagonismo y a ser explicado por el guion, La morgue pierde fuerza. Jane Doe es un antagonista de terror intrigante, no por lo que provoca, sino por lo que provoca en Tommy y Austin en específico. El verdadero horror de La morgue se encuentra en cómo las explicaciones lógicas empiezan a fallar, como lo racional se descompone poco a poco. La morgue es el extraño caso de una película de terror en que los personajes, más que aquello que los atormenta, es lo más memorable. Por esta razón, su cierre convencional se siente especialmente como un error. La morgue no se da cuenta de la solidez de su fundamento. Está tan cerca de brillar, pero se limita a mostrarnos algo que ya hemos visto.