(Cars 3; Brian Fee, 2017)

Las películas de Cars nunca han sido donde la casa de animación Pixar, típicamente famosa por su atención a la forma narrativa, ha hecho su mejor trabajo. La primera Cars, de 2006, atrajo críticas por ser básicamente una reinterpretación de Doc Hollywood, la moderadamente exitosa comedia protagonizada por Michael J. Fox, con carros antropomorfizados en lugar de personas. Cars 2, por su parte, siguió de cerca la fórmula de un pastiche/parodia de James Bond. La tercera entrega, dirigida por Brian Fee en su debut como director (fue artista de storyboards en películas anteriores de Pixar), no gana muchos puntos por originalidad: Cars 3 es una película en la vena de una secuela de Rocky, a medio camino entre Rocky Balboa y Creed: Corazón de campeón. En ella, el veterano campeón de las carreras automovilísticas Rayo McQueen busca a la vez retirarse con algo de su gloria pasada intacta y entrenar a un joven aspirante que busca ingresar al mundo del deporte que alguna vez dominó. Las inevitables comparaciones no hacen de Cars 3 una mala película; sus ecos a la que es quizá la mayor franquicia cinematográfica sobre el deporte no disminuyen sus ocasionales encantos o su capacidad para comunicar lecciones familiares con cierta sinceridad y emoción.

El mundo de Cars siempre ha sido ligeramente absurdo (y profundamente aterrador entre más se le busque una lógica interna), pero su humor y lo colorido y simplemente impresionante de su fotorrealista animación le facilitan a uno introducirse en su historia. Tiempo después de los eventos de la última película, Rayo McQueen sigue siendo una figura líder en los circuitos de carreras, pero ve su lugar en las primeras posiciones amenazado por la llegada de nuevos competidores con mejoras de alta tecnología que fácilmente lo superan en velocidad. Aunque ya no es el joven prepotente de la primera película que buscaba ganar a toda costa, McQueen no puede evitar sentir la presión y el temor de ser eclipsado por corredores más jóvenes que él. En una de las varias vueltas, en una de las varias carreras de la Copa Pistón, McQueen se esfuerza de más, revienta una de sus llantas y termina teniendo un catastrófico choque que lo obliga a retirarse por un tiempo.

McQueen ansía regresar a la pista, no por añadir un trofeo más a su colección, sino para retirarse con honor haciendo lo que ama. El tener un protagonista consciente de sus limitaciones, que piensa que tiene lo mejor de su vida por detrás, le presta a la película cierta madurez. El que los compañeros de carrera y los patrocinadores de McQueen similarmente estén pensando en retirarse es también algo raro para una película dirigida para niños. Para asegurar su triunfal regreso a las carreras, McQueen recibe toda la ayuda posible de su nuevo patrocinador, Sterling, que no escatimó en la construcción de instalaciones de última tecnología para que McQueen se ponga en forma bajo la tutela de Cruz Ramirez, una alegre y dedicada entrenadora. McQueen añora con vencer a su rival de nueva generación Jackson Storm con las mismas herramientas ultramodernas que éste usa, pero después de quedar decepcionado con la rutina de entrenamiento y aprender que los verdaderos planes de su patrocinador tienen más que ver con la mercadotecnia que con las carreras, McQueen opta por un régimen más puro e inmediato.

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McQueen, con Cruz haciéndole compañía, termina corriendo en la playa (al estilo de Rocky III, como si a la película le faltaran referencias a esa serie), colándose sin querer a un derby de demolición y buscando sus raíces metafóricas con Smokey, el entrenador original de Doc Hudson, quien fuera el mentor de McQueen en la primera película. McQueen y Cruz se hacen amigos, se pelean, se reconcilian y eventualmente sale a colación que ella alguna vez tuvo sueños de ser corredora y demuestra que quizá podría ser mejor haciéndolo que McQueen. Cruz es algo latosa al principio, pero su entusiasmo pronto pasa de molesto a contagioso porque es claro que su interés y dedicación son genuinos. Su evolución como personaje es parte de lo que hace el cierre de la película tan satisfactorio. Cruz tiene el potencial para la grandeza, pero no tiene la confianza en sí misma que le permita explotarlo. Su evolución complementa la de McQueen y tiene toques de lo que hizo a un personaje como Rey en Star Wars: El despertar de la Fuerza tan inmediatamente encantador.

La trama de Cars 3 fluye con relativa ligereza, lo que funciona tanto a favor como en contra de la película. Por una parte, es refrescante que una película de este perfil esté consciente de lo íntimo de su conflicto central y no trate de inflar su importancia. Cars 3 es una película sobre un veterano a punto de retirarse y sobre su legado; sobre “no saber dónde quedó la magia” y reconocer que esto está bien y es inevitable. Es bienvenido que sea sobre esto y nada más. Pero esto no quiero decir que el guion de Kiel Murray, Bob Peterson y Mike Rich sea una máquina bien aceitada. La película hace múltiples y prolongadas paradas (la carrera en la playa, el derby de demolición) antes de si quiera acercarse a la verdadera sustancia de la historia. Cuando llega el clímax, uno piensa que todo se resolvió con demasiada facilidad y que la historia jamás construyó el impulsó necesario para detonar en un momento de profunda catarsis como el que otras películas de Pixar han sido capaces. Cars 3 le hace al modelo menos estelar de Pixar un ajuste necesario, pero no hace mucho para dispersar la noción de que la franquicia venía con un defecto de fábrica.

★★★

Cars 3, como es tradición para Pixar, viene acompañada de un cortometraje animado que pasa antes de la película. Lou es el simpático, si algo sermoneador, cuento de un bravucón y una criatura que se manifiesta a través de los juguetes y otras pertenencias de los niños que el niño molesta en el patio de recreo. Los movimientos de la criatura son ágiles y la manera en que los objetos sugieren sus emociones es ingeniosa, y su pelea con el bravucón es acentuada por uno que otro gag visual, pero el mensaje del corto, no mucho más complicado que “ser bravucón está mal” resulta demasiado simple y manipulador hasta para los estándares de la animación para niños.