(Michel Franco, 2017)
Las hijas de Abril es la sorpresa más placentera que me he llevado en el cine en todo el año, su director, el mexicano Michel Franco, nunca ha sido un cineasta que yo pueda decir que admiro. Su Después de Lucía, sobre una adolescente que debe sobrellevar la muerte de su madre al mismo tiempo que sufre abuso escolar, inició intrigante pero rápidamente se convirtió en una absurda serie de crueldades sin razón; cumplía el propósito de sacudir y perturbar al público, pero no revelaba mucho sobre la psicología del duelo y la victimización. Su primer largometraje en inglés, Chronic: El último paciente, sobre un enfermero que ofrece cuidados paliativos a pacientes terminales, fue una atenta y comprensiva mirada al día a día de alguien que debe vivir rodeado de la muerte, puntuada por un inexplicable y prácticamente insultante final. Después de Lucía y Chronic, en su paciente presentación de episodios traumáticos, pueden considerarse películas realistas, pero difícilmente resultan creíbles. Las hijas de Abril, con una trama con tantos giros y vueltas como una telenovela y que usa un bebé como Los cazadores del Arca Perdida usa el Arca de la Alianza, es quizá la película menos realista de Franco. Pero es su más creíble.
En sus películas anteriores, Franco hacía del azar y la arbitrariedad los principales agentes motivadores de la historia, sus personajes meras víctimas de cualquier tragedia a la que el guion quisiera someterlos. En Las hijas de Abril, Franco ha convertido a sus personajes en los encargados de repartir traiciones y mezquindades; las tragedias que ocurren en la película nacen de sus ambiciones, sus rencores y sus deseos. Las hijas de Abril nos muestra el interior de sus personajes de una manera que Después de Lucía y Chronic no siempre lograron, y sus observaciones sobre la condición humana resultan mucho más conmovedoras y complicadas. El planteamiento de la película es simple. Valeria (Valeria Becerril) y Clara (Joanna Larequi) son dos medias hermanas que viven en una casa frente a la playa. Valeria, de diecisiete años, está embarazada de su novio Mateo (Enrique Arrizon), y Clara, la mayor de las dos, trabaja en una imprenta pero apenas le alcanza el dinero para sus gastos y las consultas médicas de su hermana. Un día, sin anunciarlo, se aparece Abril (Emma Suárez), la madre de las dos, para ofrecer apoyo moral como económico.
La relación entre madre e hijas no es carente de fricción. Uno se pregunta qué paso entre ellas que se dejaron de hablar por lo que parece haber sido un buen tiempo. Pero aunque Abril lleva tiempo ausente, Valeria y Clara lucen verdaderamente felices de verla. La madre rápidamente reasume su rol, acompañando a Clara con la nutrióloga y ayudando a Valeria a navegar las complicadas emociones que debe estar sintiendo; Abril se embarazó de Clara a su misma edad y por eso entiende por lo que debe estar pasando. Pero las cosas se complican una vez que nace la bebé Karen; a Abril se le hace claro que Valeria, quien colapsa en llanto al parecer sin razón, y Mateo, bien intencionado pero incapaz de conseguir un trabajo que le permita sostener una familia, son incapaces de criar una niña. Ellos sólo juegan a ser padres, paseando a la niña en la playa y dejándole a Abril la tarea de cambiarle el pañal cuando lo necesita. Lo que hace Abril al respecto, no me parece prudente revelar. Tampoco lo que esconde el aura de incertidumbre que rodea a la madre desde el principio.

El ya acostumbrado estilo de Franco contribuye en gran medida a crear este ambiente. En el cine de Franco, escenas se desarrollan sin cortes y con los movimientos de cámara mínimos e indispensables. Es un estilo que obliga al espectador a sentirse como un observador pasivo y dificulta reconocer las emociones de un momento en particular. Esto no siempre funciona a su favor, pues Las hijas de Abril podría beneficiarse de un toque menos frío y más emotivo. Lo melodramático de la trama, así como la presencia de Emma Suárez (la titular Julieta en la última película del director español), invitan a uno a preguntarse qué haría Pedro Almodóvar con material como éste. Al mismo tiempo, el toque distante de Franco surte efecto en otras áreas. Las hijas de Abril obliga al espectador a hacer de detective con las motivaciones de sus personajes y deducir por qué hacen lo que hacen. Esto suena como hacer trampa, como obligar al espectador a hacer el trabajo de la película, pero nos invita a involucrarnos activamente en sus personajes, pues nos acercamos a ellos con una mente inquisitiva. Franco nos muestra un pedazo de la vida de sus personajes, pero estos momentos en apariencias aislados y mundanos poco a poco revelan psicologías congruentes y extrañamente simpáticas. Si a lo largo de la película podemos anticipar lo que van a hacer sus personajes, no es porque la película lo anuncia de antemano, sino porque de verdad los llegamos a conocer.
Las hijas de Abril no es una película ligera, pero si muestra a un director capaz de mayor ligereza. Con ella, Franco rompe el estereotipo del director mexicano que es más reconocido en festivales internacionales que en su tierra natal: su película es un pulido y a veces escandaloso suspenso disfrazado de cine de arte. No es perfecta; el personaje de Mateo, una pieza clave de la historia, queda mayormente inexplorado y el de Clara, que en un principio sirve como sustituto maternal para Valeria, termina por desvanecerse sin ceremonia. Mejor servidas por el guion se encuentran Valeria y por supuesto Abril, cuyas acciones revelan poco a poco y de manera fascinante rencor y celos, una melancólica sed de juventud y una personalidad controladora y dominante. Las hijas de Abril funciona mejor cuando sus personajes están en control de sus propios destinos, o deben imponerse sobre los deseos de otros. Y es un tenso y sorprendentemente emocionante cuento de suspenso y una tierna y agridulce mirada a la maternidad y la manera en que los vicios pasan de una generación a otra.