(Jack Zagha Kababie, 2017)
Almacenados, de Jack Zagha Kababie, es una película muy divertida envuelta alrededor de una fundamentalmente triste, con la apariencia de una algo aburrida. Una trama que se desarrolla durante las horas de trabajo de un almacén de mástiles de aluminio que no recibe mucha actividad para empezar difícilmente suena como una receta para un cine emocionante y emotivo. Nin (Hoze Meléndez) es el nuevo empleado del almacén B de Astas y Mástiles de Aluminio Salvaleón, contratado como sucesor del señor Lino (José Carlos Ruiz), quien lleva 39 años con la compañía. El señor Lino está pronto a jubilarse y se encargará de capacitar al joven en los cinco días que le quedan en el trabajo. De él, Nin aprende que su trabajo consistirá en la carga y descarga de los camiones que ahí llegan, registrar la mercancía y contestar el teléfono. Pero cuando el primer día viene y se va sin que llegue ningún camión, sin mercancía que registrar y sin llamadas de la oficina, Nin empieza a sospechar que algo extraño sucede en el almacén. La respuesta no es nada siniestro. Almacenados es la clase de película en la que no importa tanto lo que pasa, sino lo que se revela en los momentos en que no pasa nada. De ahí que a primera vista parezca aburrida.
En parte porque se ambienta en un sólo espacio, se desarrolla principalmente a través del diálogo en lo que muchas veces parece tiempo real y porque la imagen de dos personajes esperando la llegada de algo o alguien que muy probablemente nunca vaya a llegar recuerda la premisa de la obra de Samuel Beckett Esperando a Godot, Almacenados inevitablemente invita comparación con el teatro. El recorrido que Nin hace todos los días en el metro de la Ciudad de México, un puente peatonal y una calle donde todos los días se posa un vagabundo (todo esto una manera efectiva de establecer el espacio y el ambiente) y el uso efectivo de los planos no hacen mucho para justificar que esta sea una película y no una obra de teatro. Y sí, los primeros diálogos tienen más en que ver con un texto dramático que con guion cinematográfico, aunque esto difícilmente es indicativo del resto de la película. En la primera escena que comparten, el señor Lino se dirige a Nin en lo que parece un monólogo elaborado, extenso y casi formal. Poco a poco nos damos cuenta que, si el personaje del señor Lino habla así, es más por su formación y ética laboral; y si ninguno de los dos se mueve mucho, es porque no tienen a dónde ir.
Almacenados poco a poco se revela como un cuidadoso estudio sobre las diferencias generacionales y de la edad, encarnadas por sus dos personajes principales. Las diferencias entre ser joven y ser viejo, entre aquellos que entran al mercado laboral en la actualidad y los que lo hicieron hace cuarenta años. Nin, desde el principio, bombardea al señor Lino con preguntas cuyas respuestas al veterano le resultan obvias. Nin, parece, no sólo busca que éste le explique los pormenores del trabajo, a diferencia del señor Lino, ve a su superior más como un compañero que como una inalcanzable y divina figura de autoridad (contrástese con la forma reverente, casi adoradora, en que el señor Lino habla de su propio jefe, el señor Salvaleón). El señor Lino ve su trabajo como una fuente de orgullo; el ser una parte útil, sin importar lo pequeña que sea, de un todo más grande, parece darle un propósito a su vida. El señor Lino es rígido, leal y atento a las reglas. Insiste en que Nin siempre vista su uniforme antes de marcar su llegada, y le prohíbe contestar el teléfono a toda costa. Cuando al segundo día Nin llega con una silla para sentarse (en el almacén sólo hay una, siempre para el empleado más antiguo), el señor Lino se ríe diciendo que en los once años que pasó como ayudante, nunca se le ocurrió hacer algo así. Eran otros tiempos. “Íbamos a lo que íbamos,” dice.

Nin, aunque ve el trabajo como un medio para un fin, no es incompetente o perezoso. El personaje que Meléndez interpreta aquí recuerda a su papel anterior en Los hámsters de Gil González Penilla. En ambas películas, Meléndez interpreta a estos jóvenes sin dirección con la mirada gentil de alguien fascinado por el mundo; personajes de verdadera inteligencia y potencial poco a poco obligados a conformarse e “ir a lo que van”. Las preguntas de Nin no revelan a alguien que quiere molestar nada más porque sí, sino una mente inquieta sin una meta hacia clara. La fricción entre el ingenioso pero desenfocado Nin y el cuadrado pero dedicado señor Lino hace de Almacenados una sutilmente fascinante película de pequeños conflictos. De sus interacciones, de la constante frustración del veterano y los imperturbables buenos espíritus del joven, del que cada uno poco a poco revele más de sí mismo, de ahí surge la comedia de la película.
¿Y lo profundamente triste? Almacenados nunca cae en lo tedioso y lo sentimental, y el guion de David Desola y la dirección de Zagha Kababie merecen crédito por la forma en que navegan este territorio complicado, por la forma en que permiten que sus observaciones emerjan naturalmente del trato entre Nin y el señor Lino. Pero lo que finalmente hace a Almacenados una película tan conmovedora y fascinante es el predicamento existencial que poco a poco se revela. Una revelación sorpresiva cerca del final que, si bien resulta algo absurda y casi inverosímil, logra poner en perspectiva todo lo que sucede antes. Almacenados tiene algunas preguntas inteligentes que hacer. ¿Lo que sea que hacemos a lo largo de una vida es verdaderamente importante? ¿o se la damos porque no podemos soportar la idea de haberle dedicado tanto a algo que nunca lo tuvo? Puesto de otra manera, ¿es mejor pensar en el trabajo como una misión noble que le da sentido a la vida? ¿O como un trabajo y sueldo como cualquier otro?