(American Made; Doug Liman, 2017)
Las últimas dos películas de Tom Cruise, Jack Reacher: Sin regreso y La momia, dieron la impresión de que la era de franquicias manufacturadas finalmente iba a acabar con una de las ultimas auténticas estrellas del cine estadounidense. Barry Seal: Hecho en América, hace mucho para disipar estos miedos; es una de las películas más provocadoras, entretenidas e ingeniosas que Hollywood ha producido este año. Todos los crímenes recientes de su estrella quedan perdonados. La actuación de Cruise, cabe mencionar, no es excelente. El actor desde hace tiempo se rehúsa a salir de su ya familiar modalidad de estrella de cine; aunque la película lo encuentra tratando de hacer un acento del sur de Estados Unidos, sus gestos y manierismos son los mismos que podríamos esperar de la más reciente secuela de Misión: Imposible.
La creación de personaje y su entrega al papel (sus arriesgadas acrobacias no entran dentro de esto) son casi inexistentes, la magia creada por los grandes actores nunca sucede, nunca dejamos de pensar que estamos viendo a Tom Cruise en pantalla. Al mismo tiempo, Barry Seal usa la estrella de Cruise con verdadera inteligencia. Es una película en la que la arrogancia y la imprudencia, características distintivas de los héroes de acción por los que Cruise se distinguió en los ochenta, son puestas en tela de juicio. Barry Seal comparte con Maverick, el héroe de Top Gun: Pasión y gloria, una sed de adrenalina. Pero la película más reciente está consciente de la vacuidad y frivolidad de su personaje, de la facilidad con la que se convierte en una ciega y obediente herramienta del imperialismo yanqui.
El guion de Barry Seal, por Gary Spinelli, está basado a grandes rasgos en la vida real de un narcotraficante convertido en informante de la DEA (la película, a través de la narración de Barry, trata de recordarnos constantemente que mucho de lo que vemos sí paso). El Barry de la película es un piloto que trabaja para la aerolínea TWA y complementa su salario introduciendo puros habanos de manera ilegal a Estados Unidos, todo hasta que un agente de la CIA llamado Monty Schafer (Domhnall Gleeson) se le acerca con una oportunidad para servir a su país. Son los últimos años de la década de 1970 y la Guerra Fría todavía no da señales de terminar. La misión de Barry, si elige aceptarla, será volar sobre Nicaragua y tomar fotografías aéreas de los rebeldes Sandinistas que se esconden en la selva y amenazan con establecer un gobierno comunista en plena América Central. Barry acepta de inmediato, la labor de espía promete más emoción que la que le da el anejar los controles de un avión comercial.

La labor de Barry es comparativamente fácil en un principio hasta que, durante una parada en Colombia, el mismísimo Pablo Escobar le acerca con una lucrativa propuesta que involucra introducir cocaína a los Estados Unidos. Es el peligro, más que el dinero, lo que parece capturar el interés de Barry. El cartel de Medellín necesita un piloto capaz de despegar sobre una pista recortada en la cordillera de Los Andes, hazaña que muchos pilotos han intentado sin éxito. Barry lo logra, por supuesto, en una tensa y espectacular secuencia.
Barry Seal se parece a un típico vehículo de Tom Cruise en todo menos en estilo. El director Doug Liman y el cinefotógrafo César Charlone, de Ciudad de Dios, hacen de la película una experiencia visual ágil, cruda y vibrante. Barry Seal ocasionalmente muestra la soltura e intimidad de una película casera, jugando libremente con el tiempo y de vez en cuando ignorando las reglas básicas de continuidad. Sus colores son de los más vivos que se han visto en una película estadounidense filmada en formato digital. Este estilo ayuda a que la película se sienta aterrizada y realista aun cuando la trama se complica cómicamente y Barry se convierte en el Forrest Gump de la era de Ronald Reagan. Además de sus contradictorias funciones para el cartel y la CIA, Barry también sirve como mensajero para un traidor comunista en Panamá y como traficante de armas para los Contras de Nicaragua (los rebeldes que se levantan contra los sandinistas una vez que llegan al poder).
Barry Seal tiene mucho de absurdo e increíble. Una secuencia muestra una redada cuádruple en la que agentes del FBI; la DEA; la Agencia de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego y la policía estatal se disputan el arresto entre miradas confundidas y expresiones perplejas. Otra más encuentra a Barry estrellando una avioneta en medio de una zona residencial y escapando en la bicicleta de un niño mientras su cara se encuentra cubierta de cocaína. Es evidente que la película no tiene miedo de divertirse de su propia ridiculez. A medida que Barry se hace más y más rico, la película toma una actitud más relajada hacia la realidad. Barry, quien por órdenes de Schafer se estableció con su esposa Lucy (Sarah Wright) y sus hijas en una casa a punto de desmoronarse en un minúsculo pueblo de Arkansas, termina con tanto dinero que cuentas bancarias, maletas y el suelo de su patio no le alcanzan para esconderlo. En una escena, Barry abre un clóset y bolsas y bolsas de dinero caen sobre él, como lo harían en una caricatura.

Como El lobo de Wall Street de Martin Scorsese, Barry Seal se presenta como un frenético reportaje sobre una improbable, larga saga criminal y un extravagante y excesivo estilo de vida. Si la película de Liman nunca alcanza la resonancia emocional que logró Scorsese es en parte porque su protagonista nunca revela un defecto que lo haga verdaderamente fascinante, a su tragedia le falta potencia. Flanqueado por un elenco de conspiradores y narcotraficantes, Barry Seal es mostrado como inocente y puro. Y si se sigue saliendo con la suya, no es por su inteligencia, sino porque desde el principio tuvo la suerte de meterse con la gente correcta.
Barry Seal es pragmático, pero rara vez cuestiona a los demás y no le interesa saber más de lo que necesita. Es “el gringo que siempre cumple” y el tipo que confunde Nicaragua con El Salvador en un mapa. Sí, la película se divierte con sus aventuras, pero no es tonta; cuando Barry finalmente le cuenta a Lucy de sus actividades, la cámara se concentra en la mirada horrorizada de ella conforme se da cuenta de cómo su vida y las de sus hijas han sido puestas en peligro. Cuando Barry intenta tener su momento de redención en la forma de un inspirado discurso, la película lo corta justo antes de que pueda llegar a su conclusión. Dado que Barry nunca está en control de su historia, no puede decidir cuando ésta termina de contarla.
El chiste más astuto de Barry Seal es lo estúpida que termina siendo su tragedia. Barry paga por hacer el trabajo sucio, pero los que lo contrataron para hacerlo nunca lo hacen. Ésta una historia en la que el narco termina despachando la justicia que las instituciones legales de Estados Unidos no se atreven a cumplir. Nótese el personaje de Jayma Mays, una tenaz e inteligente fiscal que ansía poner a Barry tras las rejas, sólo para verlo escaparse por órdenes de superiores. Dado que Barry Seal está dirigida con estilo, dado que su historia está contada a un emocionante ritmo, dado que Tom Cruise hace a su personaje tan carismático y simpático en la superficie, es fácil pasar por alto que Barry Seal tiene un verdadero villano, y éste es el intervencionismo estadounidense. De forma no muy sutil, la película denuncia la tendencia de Estados Unidos de jugar ajedrez con otros países como una estrategia condenada a fracasar, cuyas soluciones sólo se convierten en los problemas de la administración siguiente mientras socavan las mismas instituciones que dice estar defendiendo. A primera vista, Barry Seal: Sólo en América parece una glorificación del narcotráfico, pero para reconocer su perverso humor es pertinente preguntarse quién sale mejor librado de ella, y a quién se le ocurre la brillante idea de vender armas ilícitas a Irán para seguir financiando una guerra condenada en Centroamérica.