(Kingsman: The Golden Circle; Matthew Vaughn, 2017)

Como casi todas las películas de espías, Kingsman: El servicio secreto y su nueva secuela Kingsman: El círculo dorado, son inimaginables sin James Bond. La franquicia de Matthew Vaughn, basada en los cómics de y Dave Gibbons, le debe en sobremanera a la era del recién fallecido Roger Moore, aunque hasta el primer Bond en ir al espacio podría ver estas películas y acusarlas de ir demasiado lejos. Ambas películas de Kingsman copian íconos de aquella serie como los absurdos gadgets de alta tecnología, implausibles planes de dominación mundial y hasta un paracaídas con una bandera nacional (quien se pregunté por qué un agente secreto utilizaría algo tan impráctico está en la película equivocada), pero caminan la línea entre homenaje y parodia, a la vez recuperando la fantasía escapista y llevándolo a su más cómico y violento extremo.

No podría ser de otra forma. Aunque James Bond ha sido una figura constante en la pantalla grande por más de cincuenta años, sus primeras encarnaciones se sentirían como un total anacronismo en la actualidad. No porque Bond aparece durante la ya concluida Guerra Fría, sino porque sus películas son una fuente confiable de sexismo, homofobia y racismo (diluidos de lo que Ian Fleming, el creador de Bond, escribió en sus novelas). Los valores que James Bond alguna vez representó no se alinean con lo que ahora se espera de la cabeza de una franquicia cinematográfica multimillonaria. El James Bond clásico es ahora una estable propiedad de la parodia. Al mismo tiempo, es imposible negar que el personaje representa todavía una fantasía en sumo atractiva; el guapo y bien vestido espía que viaja por el mundo combatiendo el mal mientras cautiva a bellas mujeres es un ícono de masculinidad que no ha desaparecido del todo. El servicio secreto y El círculo dorado, aunque estúpidas películas de acción en apariencia, están conscientes de ello, y su genio, si puede llamársele así, se encuentra en su capacidad de navegar ingeniosamente entre celebrar la fantasía de James Bond y llamar atención a sus características más deplorables.

Su héroe, Eggsy (Taron Egerton), es la clase de joven que podría haber crecido adorando a James Bond. Un joven del Londres de clase obrera, Eggsy creció sin un padre, quien falleció cuando él era niño. Un muchacho problemático con una madre que gravita hacia novios que se aprovechan de ella, Eggsy no tuvo una figura paterna hasta conocer a Harry Hart (Colin Firth), un viejo colega de su padre y su boleto de entrada a Kingsman, una agencia secreta de espionaje. El que la pantalla de la organización sea una sastrería, y que el entrenamiento espía de Eggsy parezca incluir un curso intensivo en anticuados buenos modales y etiqueta, que éste pasara de ser joven contemporáneo a un “caballero,” crea una obvia pero sincera metáfora.

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La transformación de Eggsy en un ícono de un pasado más desigual y clasista sólo fue la primera etapa de una familiar fantasía de superheroísmo. Pero si El servicio secreto y su secuela resultan mucho más simpáticas de lo que parecen en papel es porque Eggsy rara vez es indulgente o egoísta. Egerton le da una fundamental gentileza y calidez; a Eggsy le importan su madre, sus amigos, sus compañeros, su novia. El mundo le lanza todo lo que un joven podría desear, pero él se mantiene extrañamente abnegado; es la clase de persona dispuesta a nadar a través de una alcantarilla para llegar a una cena con su novia. Si El círculo dorado puede mostrarlo insertándole un rastreador en la vagina de la novia de uno de los villanos y salirse con la suya es porque, a diferencia del frívolo James Bond, Eggsy claramente preferiría no hacerlo. La película puede mostrarnos una bella mujer que se muere por él, pero la escena no deja de girar alrededor de lo incómodo que se siente ante la idea de engañar a su novia.

Otra razón por la que la escena no es tan desagradable como podría ser (lo sigue siendo, un poco), es porque el mundo de la película, desde el principio, es casi totalmente ajeno a la realidad. El círculo dorado abre con una imposible pelea en un taxi entre Eggsy y un villano con un brazo robótico (otra referencia a una película de Bond de Roger Moore). El megalómano antagonista es una alegre y educada narcotraficante llamada Poppy Adams (Julianne Moore), que busca diseminar un virus mortal a través de TODAS LAS DROGAS DEL MUNDO desde una base secreta en medio de la jungla que es un facsímil de un pueblo estadounidense de los años cincuenta (piénsese Angkor Wat convertido en Disneyland). Los aliados de Eggsy son una organización paralela en los Estados Unidos que usa como pantalla una destilería sureña de whisky (o whiskey) en lugar de una sastrería; así como los Kingsman están basados en el cliché del espía flamante británico, los agentes de Statesman Tequila (Channing Tatum), Whisky (Pedro Pascal) y Champaña (Jeff Bridges) usan los westerns como guía de estilo; visten sombreros vaqueros y portan lazos de alta tecnología.

El círculo dorado es una película que sabe qué tan absurda es. Matthew Vaughn, como demostró en la primera película y en Kick-Ass: Un superhéroe sin superpoderes, tiene una manera de burlarse de su propio material sin reducirlo totalmente a un chiste. El maníaco, casi infantil, júbilo con que la película está hecha está al servicio de un guion ocasionalmente inteligente (de Vaughn y su colaboradora frecuente Jane Goldman). La fotografía es brillante y colorida, los efectos especiales se acercan al territorio de la caricatura, las acrobacias son físicamente imposibles y los escenarios están concebidos con tanta limpieza y poco detalle que parecen extraídos directamente de una libreta de dibujo.

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Sus personajes, sin embargo, nunca dejan de comportarse como si estuvieran en el mundo real, como si el peligro que enfrentan fuera lo más serio del mundo. Una escena construida alrededor de un personaje que sabe que va morir es verdaderamente emotiva, aun si al poco tiempo da lugar a una en que Elton John usa una bola de boliche para matar a un perro robot. El círculo dorado sólo da la impresión de ser caótica. Sus fantasías en apariencia incoherentes, están llevadas a cabo con un nivel de cuidado y destreza que supera a muchas películas supuestamente más adultas. Vaughn filma sus escenas con especial claridad y las une con juguetonas transiciones. Las escenas se integran con una suavidad y emoción que es característica de una página de un cómic.

Si tan sólo el esfuerzo que Vaughn le invierte a la imagen lo hubiera dedicado en el guion también. Él y Goldman rescatan la acción y diversión de la primera película pero no su enfoque. Como la estereotípica secuela, El círculo dorado comete el error de mostrar lo mismo pero más grande, estirando el tiempo de duración a casi dos horas y media. La primera mitad se desarrolla sin un objetivo claro. Los personajes nuevos introducidos a la historia son encantadores, pero sirven principalmente de relleno y le roban mucha de su inercia. La encargada de tecnología de Statesman (Halle Berry, en la segunda película de espías más caricaturesca de su carrera) y su equivalente en Kingsman Merlín (Mark Strong), tienen sus propias tramas secundarias. Lo mismo para la novia de Eggsy y para Harry Hart, de quien los reportes de su muerte fueron sido ampliamente exagerados. Hay un giro en la trama que parece una parodia de las complicadas lealtades que existen en muchas películas de espías, pero aparece ya entrada una trama demasiado elaborada, que uno sólo quiere que ésta llegue al grano.

No obstante, El círculo dorado sigue siendo una satisfactoria continuación a uno de los blockbusters más audaces e ingeniosas en salir del Hollywood contemporáneo. Es, por supuesto, una película con una mente dividida. Una película enamorada de un anacronismo pero que no opina que el mundo deba ser tratado como un club de caballeros. Su final encuentra a dos mujeres capaces e inteligentes, asumiendo posiciones de poder sobre hombres corruptos (uno de ellos, nada más y nada menos, que el presidente de Estados Unidos) al mismo tiempo que la alternativa que su villana ofrece a la guerra contra el narcotráfico (la legalización, no matar a la mayoría de la humanidad) es quietamente olvidada. Su final es emocionante, pero también un tanto incómodo. Kingsman: El círculo dorado es una película que sabe lo seductora que puede ser una idea como James Bond, pero también lo mejor que podría ser el mundo si no fuera así.

★★★