(Iván Ávila Dueñas, Natalia Beristáin, Carlos Bolado, Carlos Carrera, Ernesto Contreras, Daniel Giménez Cacho, Alfonso Pineda Ulloa, Alejandro Valle, 2016)
La habitación llega a salas de cine en un momento por demás delicado. La película, fuertemente arraigada a la historia de México, se estrena apenas un mes después del sismo del 19 septiembre y el movimiento de unidad y cooperación que ha aparecido en respuesta. La tragedia ha llevado a muchos a reflexionar sobre la actualidad mexicana y nuestro rumbo como país, y esto es de alguna manera lo que busca La habitación. Para muchos otros, las repercusiones son todavía muy inmediatas; imposible preocuparse en cuestiones que pueden sentirse tan abstractas y distantes como la identidad e historia nacional. En momentos de crisis el arte tiende preferir la diversión escapista por obvias razones, es comprensible entonces que muchos no graviten hacia una película que no ofrezca nada particularmente reconfortante o tranquilizador. La habitación es a veces dolorosa, en más de una ocasión un recordatorio de que muchos de los peores males que afligen a los mexicanos son perpetrados por nosotros mismos; pero también es una película hecha con inteligencia y tacto, y que bien puede servir para recordarnos como llegamos a donde estamos hoy.
La habitación se compone de ocho episodios que siguen la historia de una habitación de una casa de la Ciudad de México desde los últimos años de la presidencia de Porfirio Díaz hasta la actualidad. El concepto es a la vez ambicioso e ingenioso. Aunque la película cubre más de cien años de historia, la idea de desarrollarla en un mismo ambiente le da la oportunidad de cubrir varios segmentos a la vez que mantiene un claro enfoque narrativo (además de que hace muchísimo más viable una producción que ya involucra decenas de actores y escenografía de distintas épocas). Carlos Carrera, Daniel Giménez Cacho, Carlos Bolado, Ernesto Contreras, Alfonso Pineda Ulloa, Alejandro Valle, Ivan Ávila Dueñas y Natalia Beristáin se reparten la dirección de cada uno de los segmentos, pero si la película tiene una verdadera autora ésta es la guionista María Diego Hernández, quien se encargó de escribirlos.

En el primero de ellos, Ángela (Paulette Hernández), la esposa de un político importante en la administración de Porfirio Díaz, se baña y viste en preparación para las fiestas del 16 de septiembre en Palacio Nacional cuando nota que un joven, escondido en uno de sus armarios, la está viendo. El joven, Hilario (Kristyan Ferrer), es novio de Guadalupe (Ari Albarrán), la criada de Ángela, y espera unirse a las fuerzas que tratan de sacar a Díaz del poder. Para cuando inicia el segundo segmento, Díaz ya ha dejado la presidencia y Alfredo (Mauricio García Lozano), el esposo de Ángela, astutamente se incorporó al mando de Francisco I. Madero. Lo que no anticipó fue la sublevación de Victoriano Huerta, cuyos soldados lo rodean en su habitación en ese momento. El líder de las tropas, el hombre que debe decidir si Alfredo vive o muere (o cómo muere) es, en un perverso giro del destino, el mismo Hilario.
Genoveva (Aurora Clavel), otra de las criadas de Ángela, se ha quedado encargado del cuidado de la casa para cuando inicia el tercer segmento; ella le renta la habitación a una familia de ascendencia china. La matriarca (Kaori Momoi) se aferra a sus viejas tradiciones, pero su hija Iris (Eugenia Tempesta) está ansiosa por seguir adelante. Iris y su hija nacieron en México y eso las hace mexicanas, no importa lo que piensen los vecinos que, desesperados por la falta de trabajo, violentamente tratan de correrlas. En el cuarto, Ángela (ahora interpretada por la actriz francesa Irène Jacob) regresa de Francia para vender la casa a un exmilitar que puede o no ser el joven que la miró con deseo aquella noche. Para el quinto, la habitación se ha convertido en un pequeño apartamento. Es 1968 y Clara (Sofía Espinosa), no pierde la esperanza de que su hermano, quien desapareció durante la Matanza de Tlatelolco, siga vivo. Ella, todavía recuperándose de las heridas que recibió en la manifestación, se queda al cuidado de su bebé mientras su esposo Rubén (Francisco Barreiro), un agente del gobierno, participa en la inauguración de las Olimpiadas.
A mediados de los ochentas, el apartamento se ha convertido en el hogar de Eva (Alisarine Ducolomb), una pintora y ex payaso de circo que se la pasa rescatando a Blanca (Adriana Llabres), su vecina adicta a las drogas, de su esposo abusivo (Osvaldo de León), a pesar de que sabe que esto es futil. En el séptimo segmento, la casa, prácticamente destrozada, se convierte en el escenario de una batalla territorial entre dos grupos de niños de la calle. Y en el último, ésta se ha convertido en un asilo para jóvenes que huyen de la violencia a cargo de Valentín (Noé Hernández) y Mané (Úrsula Pruneda), con los que llega Javier (Raúl Briones), un retraído joven perseguido por el crimen organizado.

Más que los personajes, la mayoría de los cuales se limitan a un solo segmento, los cambios políticos y sociales de México son los que motivan los eventos de La habitación. Sus referencias históricas (los nombres de Félix Díaz, del PRI y de Luis Donaldo Colosio en los titulares de los periódicos, por ejemplo) son más que easter eggs para los aficionados a la historia de México; son a veces necesarios para entender lo que sucede con sus personajes (sirve como contexto para el tenso encuentro entre Alfredo e Hilario en el segundo episodio). Con un a veces perverso sentido del humor, La habitación logra llamar atención a las diferencias de clase y las hipocresías de la realidad mexicana: aunque en camino para celebrar la independencia de México, el estilo de vida de Alfredo y Ángela es claramente dictado por las costumbres francesas; la yuxtaposición de Clara colapsando por sus heridas mientras Gustavo Díaz Ordaz da su discurso en la televisión, por su parte, es simplemente devastadora. El desarrollo de la historia también permite reconocer sus diversos momentos históricos, no como hechos aislados, sino como parte de un continuo. La película invita a contemplar cómo la revolución mexicana dio lugar al gobierno hegemónico del PRI y cómo los niños sin hogar del penúltimo segmento bien pueden ser los sicarios del último.
Aunque La habitación es el trabajo de varios directores, su estilo siempre la hace sentir como un todo íntegro y no una serie de visiones dispares. No obstante, su trabajo de cámara en mano y sus colores opacos, característicos del realismo cinematográfico, encajan mejor en los últimos segmentos que en los primeros, en los que la casa luce más opulenta (la película, por cierto, es el trabajo de dos directores de fotografía: Guillermo Granillo en los primeros y Bogumil Godfrejow en los últimos). La habitación sintetiza el último siglo de la historia de México en la imagen de una casa en decadencia. Esta decadencia refleja los distintos males que sufren sus personajes, pero la película nunca se siente meramente cruel. Sus personajes siempre mantienen por lo menos un poco de humanidad y esperanza y lo que sucede a su alrededor nunca les quita su voluntad de salir adelante.