(Alejandro Iglesias Mendizábal, 2017)

Sopladora de hojas es un amoroso tributo a una variedad específica de la adolescencia masculina. A los días que se van jugando futbol con los amigos, intercambiando anécdotas, bromas e insultos y fantaseando con la aventura y el sexo opuesto. Como Temporada de patos de Fernando Eimbcke y Güeros de Alonso Ruiz Palacios, es una película sobre un día en el que no pasa nada pero aun así lo cambia todo. El planteamiento es suficientemente intrascendente. Tres mejores amigos, Lucas (Fabrizio Santini), Rubén (Alejandro Guerrero) y Emilio (Paco Rueda) caminan de regreso a sus casas después de jugar un partido de futbol. Mientras pasan por el parque, Lucas se tira a un montón de hojas secas, algo que siempre ha querido hacer desde niño. Cuando llega a su casa, se da cuenta de que ya no tiene sus llaves. Lo más seguro es que se encuentren en el fondo del montón. Y es así que la película se convierte en una épica búsqueda por encontrarlas.

Como suele suceder en ciertas películas independientes, esta trivial persecución inevitablemente lleva a sus protagonistas a poner sus vidas en perspectiva. Para Lucas, encontrar las llaves es imperativo porque entre ellas se encuentran las del carro de su novia, en un llavero que ella le había regalado. Todo un “mandilón” según Rubén y Emilio, Lucas no quiere ni pensar en qué le pueda decir ella cuando se enteré que las perdió. A Emilio, las llaves perdidas le dan una razón para acercarse (para pedirle un rastrillo de hojas) a Georgina (Paulette Hernández), “la Muslitos”, su vecina y la chica por la que se muere por dentro–aunque por mucho de la película no se atreve a hacerlo. Y para Rubén, el pasar la tarde con sus dos amigos le permite no tratar con sus padres, que se la pasan preguntándole sobre la universidad, sin saber que él la ha dejado y se ha estado quedando con el dinero de la colegiatura.

Sí, Lucas, Rubén y Emilio están en edad de ir a la universidad, aunque, por las aventuras en que se meten, bien podrían estar en la secundaria o la preparatoria. El que legalmente sean adultos no quiere decir que sean maduros. Cuando a Emilio lo pica un insecto, los otros dos le hacen creer que se va a morir. Están bromeando, por supuesto, pero Emilio parece tomárselo muy en serio. Cuando se encuentra con una vecina barriendo las hojas entre las que podrían estar sus llaves, Lucas lanza una rabieta. Y cuando no saben cómo decidir una apuesta de diez pesos, a Rubén y Lucas les ocurre resolverla con un duelo de escobas. Las escenas de la película que ocurren dentro de las activas imaginaciones de los jóvenes no son menos infantiles: Lucas se imagina el ser arrestado por la policía, Emilio caminar con Georgina entre sus brazos y Rubén besuquearse con la mamá de Emilio.

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La fotografía en color (en contraste con Temporada de patos y Güeros, fotografiadas en blanco y negro) y la ágil narrativa en episodios (su título aparece acompañado de la leyenda “Una épica cotidiana en 9 partes”) de Sopladora de hojas le da a la película una naturalidad que nos invita a no tomarla tan en serio, por lo menos en un principio. Uno siente que la película se hizo en un espíritu de camaradería no muy diferente al que se nota en sus personajes. Escenas que podrían no cumplir otra razón que estirar el tiempo de duración–o en el caso de la visita de un misterioso vagabundo interpretado por Daniel Giménez Cacho, la de meter una estrella a la película–sólo hacen que su visión se sienta más específica y su mundo más detallado, como algo que el director y coguionista Alejandro Iglesias Mendizábal de verdad vivió.

Sopladora de hojas captura con detalle lo que se siente estar en un lugar específico en un momento específico. Sus tres personajes principales, a pesar de que se apegan a esquemas familiares del cine–Lucas es el líder carismático que siempre se sale con la suya, Rubén el tipo rudo y distante, Emilio el gordo tímido y de buen corazón–están ricamente delineados. Entendemos qué quieren y porqué, y podemos inferir por qué son como son. Lo mismo no se puede decir de los adultos y mujeres que habitan la periferia de la película. Es cierto que la película no se trata de Georgina, de la mamá de Emilio, de los papás de Rubén y de la novia de Lucas, pero sus caracterizaciones simplistas limitan lo mucho que podemos identificarnos con sus tres protagonistas. Sopladora de hojas, de alguna manera, es sobre cómo Lucas, Rubén y Emilio aprenden a ver a sus padres, a las mujeres y a ellos mismos como algo más, pero la película no nos da razones para pensar que los que los rodean son personas de carne y hueso. Está demasiado anclada a su punto de vista que no se da la oportunidad de reconocer los problemas con éste. Sopladora de hojas logra algo de melancolía con el contraste de las aventuras infantiles de sus personajes con el pendiente funeral de uno de sus amigos. Es un recurso trillado, pero funciona como catalizador para que sus personajes reconozcan, aunque sea por un instante, que el mundo se extiende más allá de lo que está inmediatamente a su alrededor. Pero al final, la película está tan enamorada de estos tres y sus juegos adolescentes que no les da una verdadera oportunidad de crecer.

★★★