(Downsizing; Alexander Payne, 2018)

Pequeña gran vida es quizá la película más ambiciosa que Alexander Payne ha hecho. Es una historia original de ciencia ficción con un presupuesto considerable y efectos especiales que son al mismo tiempo deslumbrantes e imperceptibles, así como una oportunidad de explorar simultáneamente la vejez, el dinero y cómo los sistemas de poder repercuten en la gente estadounidense, temas que han recurrido a lo largo de su carrera. Quizá porque el mundo futurista que imagina está tan lleno de posibilidades tanto dramáticas como satíricas, la película casi colapsa bajo el peso de sus propias ambiciones. Hay un intento de por lo menos mencionar cómo problemas de la actualidad (racismo, migración, persecución política, desigualdad económica, calentamiento global) cambian en este entorno. Uno que otro personaje, como el bien intencionado inventor de una tecnología revolucionaria que termina mirando con impotencia y arrepentimiento cómo su creación es aplicada en el mundo real, son fascinantes en potencia, pero Payne y su coguionista Jim Taylor terminan no sabiendo qué hacer con ellos. Es como si se hubieran dado cuenta del potencial de la idea y, temiendo no poder hacer más de una película sobre ella, hubieran decidido hacerlas toda en una.

Las dos horas con quince minutos que dura Pequeña gran vida son un camino sinuoso e irregular, pero la película por lo menos llega al destino anunciado y las paradas son ocasionalmente asombrosas. En el futuro cercano, científicos de Noruega han descubierto una tecnología para reducir la masa orgánica de los seres humanos y encogerlos a una altura de doce centímetros. El descubrimiento promete ser enorme (juego de palabras es totalmente intencional); al reducir el espacio que los seres humanos ocupan y los recursos que necesitan, bien podría ser la solución a la sobrepoblación y al calentamiento global. Pequeña gran vida es inteligente en cómo muestra este descubrimiento poco a poco integrarse a la vida diaria. Cuando Jørgen Asbjørnsen (Rolf Lassgård), el científico noruego que descubre la miniaturización, la presenta ante expertos y científicos de todo el mundo, es anunciado como el salvador de la humanidad. Años después, la miniaturización está en todas partes, pero la vida sigue prácticamente igual con la excepción de una que otra noticia sobre Israel encogiendo a palestinos contra su voluntad.

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Dado que la vida en miniatura sólo cuesta una fracción de la vida en el mundo real, comunidades residenciales en miniatura han empezado a proliferar a lo largo de Estados Unidos prometiendo una vida de millonarios con unos ahorros módicos. Alentados por el prospecto, el terapeuta ocupacional retirado Paul Safranek (Matt Damon) y su esposa Audrey (Kristen Wiig) deciden someterse al proceso irreversible de miniaturización y mudarse al paradisiaco fraccionamiento de Leisureland. La sección de la película en la que Paul y Audrey consideran la opción de encogerse se siente como un prólogo extendido, pero es también una de sus partes más intrigantes y divertidas porque Payne construye un mundo detallado y coherente que inquietantemente se parece al que vivimos actualmente. La presentación de la casa muestra (por Neil Patrick Harris y Laura Dern) imita el sobreproducido, sutilmente autoritario, brillo de las charlas de mercadeo multinivel. Los términos legales y financieros de la miniaturización se negocian como en una hipoteca (en una escena muy divertida, el horror del proceso es explicado en lenguaje de abogados).

El detalle con que la película recrea este mundo se extiende al diseño de producción y los efectos especiales. Las comunidades en miniatura están llenas de reproducciones no del todo fieles de los edificios que vemos todos los días. La atmósfera general se conserva, pero con un sabor antiséptico, como si se hubieran construido con pinzas y pegamento en lugar de con materiales de construcción. El laboratorio en que se realiza la miniaturización es el lugar que más se siente como un escenario de una película de ciencia ficción, pero también es donde ocurre la mejor y más tensa secuencia de la película, la que precisamente nos muestra como Paul pasa de tamaño normal a medir más o menos la distancia entre la punta del pulgar y el dedo índice. El proceso es tan elaborado que no podemos de imaginar pensamos cómo un pequeño error podría llevar al desastre.

El resto de la película apenas puede sostener este nivel de emoción. Cuando Paul se encogió, también lo hizo mi interés en él. Audrey deja la película súbitamente, el primero de muchos momentos en que Payne traiciona el potencial de su historia con trucos de guionismo barato. Hay algo de melancolía en cómo Paul se adapta a una nueva vida sin su esposa. Tiene todos los lujos que pudiera desear, pero se siente incompleto. Una fiesta, organizada por su vecino Dusan (Christoph Waltz), un hedonista con una línea de trabajo éticamente dudosa, extrae algo de comedia negra de la depresión de Paul. Pero Pequeña gran vida se mantiene prácticamente inerte hasta que Paul conoce a Ngoc Lan Tran (Hong Chau), una activista vietnamita que fue encogida contra su voluntad por el gobierno y ahora trabaja como empleada de limpieza y vive en la mísera periferia del domo de placer que es la comunidad de retiro.

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A pesar de que Ngoc Lan Tran habla con un grueso acenta y la película usa su dominio de la cultura estadounidense como fuente de humor (un diálogo en el que ella cita las ocho diversas formas de coger que existen, dejando a Paul atónito), el personaje no se siente como un estereotipo. Tampoco como un ser humano de carne y hueso, pero nadie en la película lo es. Aunque la película la convierte eventualmente en el interés romántico de Paul, por lo menos la muestra capaz de tenacidad y vulnerabilidad y le da sus propias preocupaciones. Pequeña gran vida es menos generosa con los personajes latinos que hacen de sus vecinos en una casa móvil convertida en un enorme edificio de apartamentos. Los convierte en angelicales objetos para resaltar la bondad de Ngoc y después la de Paul.

Los estereotipos no hacen a Pequeña gran vida, pero sí la hacen sentir como una película del viejo Hollywood, que es curiosamente lo que la fotografía y la música también parecen buscar. Los limpios y económicos emplazamientos de Phedon Papamichael y la partitura orquestal de Rolfe Kent le dan el sabor de una película de antaño. El que Matt Damon ni siquiera trate de desaparecer en el papel de Paul Safranek se siente como un recordatorio más de una época en que la personalidad de una estrella era lo que en verdad vendía una película. Pequeña gran vida tiene fallas a veces muy evidentes, pero funcionó conmigo porque al final se da cuenta que estaba contando una historia sobre los últimos años de un hombre. Hay una enorme presión para aprovechar este momento al máximo porque es aquello para lo que uno ha trabajado toda tu vida. Pero ¿qué tanto de lo que decimos que queremos hacer con nuestras vidas es lo que de verdad queremos hacer? ¿Qué tanto influye lo que se nos dice que debemos hacer? ¿Qué tanto lo que se nos dice que debemos querer hacer? A estas preguntas, Pequeña gran vida encuentra respuestas satisfactorias y algo inteligentes. De haber seguido el modesto ejemplo de su héroe, Pequeña gran vida podría igualmente haber sido juzgada en términos más modesto: más como la película que es y no como la película que pudo ser.

★★★1/2