(The Post; Steven Spielberg, 2018)
The Post: Los oscuros secretos del Pentágono abre con un hombre al que de repente le crece la conciencia. Daniel Ellsberg (Matthew Rhys), un analista militar asignado a acompañar a las tropas de Estados Unidos en Vietnam, acaba de sobrevivir una mortífera emboscada a manos del Viet Cong. La información que había recopilado en su viaje ya lo había convencido de la verdad, pero el incidente lo hizo sentirla en carne propia: la guerra es imposible de ganar y jóvenes soldados estadounidenses muriendo por nada. Robert McNamara (Bruce Greenwood), el secretario de defensa durante la administración de Lyndon B. Johnson y el hombre que le dio su tarea, está de acuerdo, pero sólo en privado; Estados Unidos en realidad no tiene planes de retirar sus tropas de Asia. Esto no puede seguir, piensa Ellsberg; es así que decide sacar las 7 mil páginas de su reporte confidencial sobre los tejemanejes de Estados Unidos en Vietnam con la intención de filtrarlos a los medios.
The Post no es la historia de Ellsberg. Hay por lo menos cinco personajes que tienen más protagonismo que él, pero él es el personaje perfecto para introducirnos a esta historia. Él encarna mejor que ninguno de sus participantes la indignación hacia un gobierno que dice representar algo al mismo tiempo que sus acciones dicen todo lo contrario. La película, aunque se sitúa en 1971, se siente particularmente relevante. Steven Spielberg, el director de la película, dijo “cuando leí el primer borrador del guion [de Liz Hannah, después pulido por Josh Singer], esto no era algo que podía esperar tres años o dos años; ésta era una historia que sentía que necesitábamos contar hoy.” Al centro de The Post se encuentra un presidente de Estados Unidos envuelto en sospechas de corrupción y conspiración, y que públicamente trata de desprestigiar a los periódicos. Difícil que eso no suene familiar.
La importancia de la prensa libre es incontrovertiblemente el tema principal de The Post. Es un amoroso tributo a las personas que se dedican a publicar las noticias. Como otras películas sobre el periodismo, el más reciente ejemplo importante siendo En primera plana, The Post es un drama con muy poco tiempo para el drama. Sus personajes están demasiado ocupados para meterse en esas cosas. Los mueve una fervorosa dedicación a su profesión y la aplastante presión de mantenerse al ritmo de los hechos. Los eventos y revelaciones importante motivan la trama más que los personajes mismos. Pero éstos igualmente se ven obligados a tomar decisiones importantes con repercusiones enormes. El héroe de la película es el Washington Post, pero lo más parecido que tiene a un protagonista es Katherine Graham (Meryl Streep), la dueña del periódico, quien debe navegarlo a través de una crisis. Tras la muerte de su esposo, quien heredó la publicación del padre de ella, Katherine debe guiar la compañía en su ingreso al mercado de valores.

Katherine quiere que la compra avance, pero en sus términos. Quiere mantener el espíritu de lo que su esposo y su padre construyeron, que sea un ejemplar de buen periodismo, usando las ganancias de la venta para los salarios de sus reporteros. Pero en ese momento a nadie le importa mucho el Washington Post. Los mismos empleados lo ven como un periódico local incapaz de competir con otros como el New York Times–la primera opción de Ellsberg para filtrar sus documentos. Al momento de la compra, el editor Ben Bradlee (Tom Hanks) está buscando la forma de cubrir la boda de la hija del entonces presidente Nixon. Todo cambia cuando el Times publica sus primeras notas sobre los papeles de Ellsberg, pero son rápidamente frenados por Nixon mediante una orden judicial. Bradlee lo ve como un ataque a la libertad de prensa pero también como una oportunidad de oro. Si el Times está legalmente impedido de publicar la historia, el Washington Post puede hacerlo en su lugar.
Lo que sigue no es necesario describir a profundidad. Bradlee despacha al asistente de edición Ben Bagdikian (Bob Odenkirk) a conseguir los papeles del mismo Ellsberg. El resto de la película encuentra al equipo del Post registrando los documentos, encontrando una historia y tratando de sortear una potencialmente devastadora demanda, todo mientras Katherine trata de evitar que estas preocupaciones lleguen a los compradores y los miembros de la compañía. Todo esto podría ser aburrido si no fuera porque la película sabe que no es aburrido. Spielberg aborda The Post como una película sobre un atraco, en la que el proceso, ver cómo las piezas van cayendo en su lugar, es de por sí fascinante. The Post nunca pierde de vista que la labor periodística es una constante carrera contra el tiempo y que el que los papeles no se salgan a la luz acerca a Estados Unidos un poco más a la tiranía.
Dado que la película básicamente consiste en personas haciendo su trabajo, no hay mucha oportunidad para que de verdad conozcamos a sus personajes a profundidad, por lo menos no socialmente. Vemos parte de la vida privada de Ben Bradlee, pero el punto de vista es mínimo y su cónyuge Antoinette (la genial Sarah Paulson), nunca se siente como algo más que la típica esposa que su marido coloca en segundo plano. Si no fuera por Katherine Graham, The Post sería una película totalmente dominada por hombres. No es sólo el tiempo en pantalla que se le dedica o el que ésta sea interpretada por Meryl Streep; Graham es un personaje en verdad fascinante. Ella duda de sí misma y se cohíbe, pero en el fondo cuenta con la tenacidad para manejar a los accionistas y al club de chicos en la redacción del periódico. Ella se mantiene firme cuando Bradlee trata de presionarla para convencer a McNamara, un amigo cercano de ella, de que le filtre el reporte de Ellsberg. Cuando un miembro de la compañía cuestiona su capacidad de liderazgo, ella desvía el ataque con una mezcla de burla y magnanimidad. Al mismo tiempo, Katherine está demasiado chapada a las reglas de la época; en el fondo muy probablemente preferiría que su esposo estuviera a su lado encargándose de todo. La Katherine de Streep muy probablemente se reiría si se le llamara un ejemplo de empoderamiento femenino. Ella sólo trata de operar un periódico.

The Post no es sólo una gran historia, es una gran historia contada de forma brillante. La simpleza de sus películas, el poco espacio que dejan a la ambigüedad, es algo que a Spielberg se le ha criticado mucho. Sus películas siempre dicen exactamente lo que tratan de decir, y para muchos esto es un problema. Es interesante contrastar a The Post con Las horas más oscuras, con la que compite en la categoría de mejor película en los más recientes premios de la Academia. Aquella también es una película de época, basada en una historia real, y que se desarrolla principalmente en oficinas. Joe Wright, quien la dirigió, crea algunas imágenes impresionantes y una atmósfera rica, pero la película es fría y prácticamente la olvidé tan pronto se acabó. Cada toma era impecable, pero no hacía más que alejarnos de la historia, de sus personajes, y del peligro inminente.
Spielberg hace todo lo contrario. Cada toma de The Post está diseñada para sumergirnos en la historia. Nótese cómo en la primera parte de la película, el maletín que contiene los documentos de Ellsberg domina el cuadro y parece jalar la cámara en su dirección. Spielberg no nos deja olvidar lo importante que son. O cómo la luz cae sobre Bagdikian y Ellsberg cuando el segundo le muestra las páginas del reporte, postradas sobre las camas de una habitación de motel. O cómo la cámara sigue a Katherine cuando debe decidir si el reportaje publicar se publica o no. Sí, es obvio, pero es también la emoción justa que la escena, y la película, requieren. The Post es una película hecha para inspirar y para creer en la capacidad de los hombres y las mujeres para hacer el bien aun cuando se encuentran dentro de una institución corrupta. La vi en un constante estado de exaltación.
Cerrar la película con una referencia a Todos los hombres del presidente, por otra parte, quizá no era necesario.