(Love, Simon; Greg Berlanti, 2018)

Lo que hace a Yo soy Simón una película tan especial es que no tiene nada de especial. Cuenta la historia de un adolescente gay y las dificultades que éste enfrenta para aceptar su sexualidad y salir del clóset, pero lejos de darse los aires de importancia de muchas otras películas sobre personajes LGBT en el cine, películas en las que cada día se siente como una lucha por los derechos civiles, Yo soy Simón se desarrolla con la ligereza de una película de John Hughes. El que sea la primera comedia de un gran estudio sobre un romance adolescente gay nos dice: “esta historia es normal ahora,” y es difícil no dejarse conmover por este logro. Pero el que la película no aspire a ser más que una típica comedia adolescente es a la vez su mayor acierto y su mayor problema.

Simon Spier (Nick Robinson) es un muchacho de diecisiete años que vive en un anónimo suburbio de Estados Unidos con una familia de ensueño. Su padre Jack (Josh Duhamel) y su madre Emily (Jennifer Gardner) son la clase de personas que lo aceptarían a pesar de todo; Simon los describe como “para nada el típico hombre machista” y “tan liberal como se puede”. Sus amigos completan un encantador y simpático círculo social. A Leah (Katherine Langford) y Nick (Jorge Lendeborg Jr.) los conoce desde pequeños. A Abby (Alexandra Shipp) apenas la conoce unos meses, pero le tiene casi tanta confianza. Hasta el director de su escuela, el señor Worth (Tony Hale), es una benévola aunque a veces enfadosa presencia (para Simon, a mí me encanta ver a Buster Bluth en la pantalla grande).

Siendo ésta una película sobre jóvenes el bachillerato, sus personajes no tardan en hacer evidente su atracción hacia otros. A Nick le gusta Abby, y aunque se llevan de maravilla, no se atreve a invitarla a salir. Leah está enamorada de alguien, pero no se atreve a decir quién. Simon nunca ha sentido lo mismo por alguien más. Ha tenido noviazgos, pero nunca fue capaz de corresponder lo que sus novias sentían. Cuando uno de sus compañeros de la escuela comparte que es gay a través de una publicación anónima, Simon queda intrigado. Le contesta con un correo electrónico y se pasa todo el día siguiente esperando ansiosamente una respuesta. Simon y “Blue”, como el muchacho se hace apodar en línea, inician una correspondencia íntima. Simon se enamora de él a pesar de que nunca lo conoce en persona.

Yo soy Simon

Uno de los mayores aciertos de Yo soy Simón es cómo presta atención al papel que juega la tecnología en la vida de los jóvenes de la actualidad, aunque el director Greg Berlanti no logra traducir el mundo digital al lenguaje cinematográfico (recurre constantemente a tomas de computadoras y mensajes de texto superpuestos a la pantalla). El señor Worth les insiste a sus alumnos que dejen sus celulares y experimenten el mundo real cada que se los encuentra en los pasillos, pero parece ignorar es que para ellos el mundo digital es tanto o más real que lo que pueden tocar; si Simon se puede enamorar a través del correo electrónico, ¿quién está verdaderamente desconectado del aquí y el ahora?

Desarrollar una relación a través de Internet, sobre todo una secreta, tiene por supuesto obvios inconvenientes. Mientras contesta un mensaje de Blue en una de las computadoras de la escuela, Simon la deja desatendida y no nota que uno de sus compañeros, Martin (Logan Miller) ha tomado la oportunidad para espiar y copiar sus correos. Martin está enamorado de Abby y sabe que ella y Simon son amigos muy cercanos: si Simon no le ayuda a Martin a salir con ella, Martin revelara sus correos al resto de la escuela. Martin es tan buen lugar como cualquier para abordar las pequeñas pero nada sutiles referencias políticas de Yo soy Simón. En una fiesta de disfraces, uno de los amigos de Simon se disfraza de “Obama después de retirarse”. Martin, la misma persona que, reitero, trata de intimidar a alguien con sus correos electrónicos, imita la voz de Donald Trump en el mensaje pregrabado de su celular.

Yo soy Simón ofrece un tratamiento fiel y sin prejuicios de la adolescencia, pero su subtrama de chantaje constantemente amenaza con descarrilar la película. No es necesario ver a Simon ser víctima de chantaje cuando ya es alguien que trata de descifrar su sexualidad, y se pregunta cómo ésta cambia su forma de ver a las personas que lo rodean. Su relación con su padre, por ejemplo, es especialmente complicada. Él es amoroso y confiable, pero bromea constantemente sobre Simon viendo pornografía o embarazando a una muchacha. Las bromas son bien intencionadas, pero crean en Simon una idea de lo que se espera de él; la idea de que de si no se apega a ello, su padre terminaría decepcionado.

Yo soy Simón_2

De manera refrescante, Yo soy Simón es una historia, no sobre una persona gay tratando de que el mundo lo acepte, sino sobre una persona gay tratando de aceptarse a sí misma. La película reconoce el complicado proceso de tratar de formular la propia identidad. Hay una simpática secuencia en la que Simon se imagina empezando a vivir como “un gay de verdad” hasta que empiece la universidad en Lo Ángeles. Su fantasía involucra un cuarto tapizado de posters de íconos gay, y un colorido número musical tan pronto sale de su apartamento. Es un momento absurdo e hiperbólico, pero que muestra la imagen que él tiene (consciente o no) de lo que es ser gay y cómo esta idea puede hacer difícil identificarse como uno.

Esta es la clase de película que quería ver, una que se introduzca más a la forma de pensar de su protagonista y no tanto a los clichés del cine adolescente. El guion de Isaac Aptaker y Elizabeth Berger, basado en la novela de Becky Albertalli, para bien o para mal, usa el chantaje de Martin como esqueleto para la historia. Una ventaja es que le da al viaje emocional de Simon, armado mayormente de una serie de encuentros simpáticos con personas que ya lo quieren, un conflicto externo y una estructura más o menos firme y familiar. Una desventaja es que este esqueleto termina abrumando y convirtiéndose en la historia (que la película al final no sabe cómo resolver, tratando torpemente de redimir a Martin). Yo soy Simón es una película a veces simpática y conmovedora y me agradaron partes de ella, pero hubiera preferido ver a Simon ser Simon en lugar de verlo involucrarse en una telenovela. Al mismo tiempo, es difícil imaginar que una película mucho menos convencional tenga el mismo alcance que el apoyo de un gran estudio le proporciona a su mensaje de aceptación y empatía.

★★1/2