(Ernesto Contreras, 2018)

Más que el código que usamos para comunicarnos, un idioma es una forma de ver el mundo. Cada palabra tiene su propia historia y el todo en conjunto la visión de una cultura única. Esto es algo en lo que pienso frecuentemente. He vivido toda mi vida en México y el español es mi lengua natal. Pero dado que también crecí cerca de la frontera con Estados Unidos y mucha de la cultura que consumo es en inglés, me doy cuenta de que mi forma de pensar a veces salta de un idioma a otro. Siempre que escribo una de estas reseñas lo hago lo hago con un traductor en una pestaña de mi computadora porque la idea que me viene a la mente muchas veces no corresponde al idioma en que estoy escribiendo. Muchas veces encuentro las palabras en español para lo que mi mente me dice en inglés. Tantas otras encuentro unas que se aproximan pero que no expresan precisamente lo que quiero decir. El idioma en el que escribo no tiene palabras para lo que pienso en ese momento.

La idea de que cada idioma es diferente y por lo tanto vale la pena preservar es central para Sueño en otro idioma, la nueva película de Ernesto Contreras. Martín (Fernando Álvarez Rebeil), el personaje que sirve como punto de entrada a la historia, es un lingüista que llega a un retirado pueblo cerca de la costa de Veracruz con la misión de preservar el zikril (creado específicamente para la película), una lengua indígena de la que solo quedan dos hablantes. El dilema de Martín no es ajeno a la antropología o a cualquier persona que se introduce a una cultura alejada con la intención de ayudar. Sus intereses pueden ser nobles, pero no necesariamente son aquellos de los del pueblo. Aunque viene con la intención de preservar su cultura, paradójicamente no puede hacerlo sin sacudir un poco las cosas.

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Martín tiene una tarea difícil porque los últimos dos hablantes del zikril, Evaristo (Eligio Meléndez) e Isauro (José Manuel Poncelis) son dos hombres mayores que viven peleados el uno con el otro. De jóvenes estuvieron enamorados de la misma mujer, se pelearon y no se han vuelto a dirigir la palabra desde entonces. Este conflicto se convierte en el bastante convencional esqueleto dramático de la película. Sí, la sobrevivencia de una lengua indígena pende sobre la reconciliación de un malentendido romántico (o por lo menos eso parece). Éste no es el único elemento trillado de la película. Evaristo tiene una nieta joven y bonita llamada Lluvia (Fátima Molina) que al principio se le une en su rechazo de Martín. El cliché dicta que de la tensión entre ella y Martín florezca un romance y esto es precisamente lo que sucede.

Siendo justos, la relación entre Martín y Lluvia se desarrolla con naturalidad y le permite a la película explorar el papel de los idiomas desde otro punto de vista. Lluvia, quien habla un inglés rudimentario que enseña al pueblo con ayuda de la radio comunitaria, piensa irse a Estados Unidos tan pronto como pueda. Aunque ha vivido al lado de aquella cultura toda su vida, no comparte la admiración de Martín por el zikril. Ella es portavoz de las necesidades materiales, (al principio de la película se las ingenia para que Martín les regale a ella y a su abuelo una televisión nueva) pero la película nos hace entender su forma de pensar. Para Martín, el zikril es una lengua preciosa por su rareza y, aunque la película no ahonda mucho en esto, también una vía al reconocimiento académico. Lluvia señala, no sin razón, que el inglés lo habla medio mundo y el zikril sólo dos personas. Si un idioma es una forma de conectar con los demás, ¿qué tanto le sirve uno que sólo hablan su abuelo gruñón y el amigo con el que lleva años peleado?

La fragmentada relación entre Evaristo e Isauro le a la película su verdadero núcleo emocional. A través de flashbacks, Sueño en otro idioma nos cuenta como los dos se enamoraron de María (Nicolasa Ortíz Monasterio; Hoze Meléndez y Juan Pablo de Santiago interpretan a los jóvenes Isauro y Evaristo, respectivamente) y el papel central que el idioma jugó en este triángulo amoroso. Isauro, quien nunca aprendió a hablar español, no se da a entender con María, quien no habla zikril. Al final, Isauro termina hecho a un lado, mientras que Evaristo y María forman una familia. Que esta relación se muestre como algo que pasó hace mucho tiempo nos permite pensar en el idioma como una ventana al pasado. El mismo zikril, así como cualquier idioma y los recuerdos de Evaristo e Isauro, es una reconstrucción de la realidad, no la realidad misma.

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Las ideas que Sueño en otro idioma coloca sobre la mesa son complementadas por una técnica cinematográfica en ocasiones deslumbrante. Los sonidos de la jungla, como la lluvia y los animales, hacen que el territorio zikril se sienta como un ente vivo, con voces siempre cantando a coro. La fotografía de Tonatiuh Martínez usa la pantalla horizontal y cuidadas composiciones para crear una rica atmósfera y no como un recurso que todas películas tiene que emplear para verse “como películas”. Hay tomas que recuerdan el trabajo del estadounidense Terrence Malick y al tailandés Apichatpong Weerasethakul por cómo encuentran una belleza casi espiritual en los ambientes naturales.

La película funciona mejor en momentos como este, cuando no siente la necesidad de tomar al público de la mano, cuando deja que el poder de sus imágenes de verdad nos guíen a través de su historia. A mitad de la película aparece una imagen tan breve pero tan impresionante, que nos dice tanto sobre la cultura que crea y sobre las ideas que ésta tiene de masculinidad y religión. Esta imagen juega un papel central en la relación de Evaristo e Isauro y admiro a la película por no sentir la necesidad de explicarla. Al final, sin embargo, Sueño en otro idioma es una mancuerna de lo inexplicable con lo convencional, de lo poético con las fórmulas ya bien establecidas del drama.

Esto no siempre funciona a su favor, especialmente cerca del final, cuando la película finalmente nos muestra el zikril traducido al español por medio de subtítulos. Entiendo el razonamiento de hacer que este idioma que por tanto tiempo fue un misterio, por fin esté al alcance del espectador. Pero es un momento que sugiere, quizá sin querer, que se puede saltar de un idioma a otro sin perder mucho. La idea de que los idiomas son únicos, se confunde. Es una pequeña traición, pero también una innecesaria porque la escena, una de las más cautivadoras de la película, ya había dejado más o menos claro lo que estaban diciendo gracias a otro lenguaje, aquel del cine.

★★★