(Wonderstruck; Todd Haynes, 2017)

Las películas basadas en los libros de Brian Selznick tienen un entendimiento instintivo del poder del cine. En la primera de ellas, La invención de Hugo Cabret, del gran director y aun mayor cinéfilo Martin Scorsese, la admiración por el séptimo arte es bastante evidente: el pionero del cine mudo y los efectos especiales George Meliés es uno de sus personajes principales y la relación entre las dos pasiones de éste, la magia y el cine, el tema que quizá más le interesa.

En el caso de Wonderstruck: El museo de las maravillas, la conexión es menos explícita, pero no menos poderosa. Las dos líneas de la película, separadas en el tiempo por cincuenta años, nos cuentan de manera paralela las historias de dos niños que no se conocen y nunca se encuentran como tal. Como el momento que el cine captura en película (o en formato digital) y el espectador que lo mira, los dos están separados por el tiempo, pero comparten un vínculo especial, trascendental. Las películas tienen una forma de hacernos sentir menos solos, vemos parte de nosotros en las personas que vemos en la pantalla, a pesar de que nunca están técnicamente ahí. Los dos héroes de Wonderstruck pasan mucho tiempo solos pero, la película nos recuerda, están compartiendo el camino de alguien más.

En 1977, Ben (Oakes Fegley) tiene doce años y vive en un pequeño pueblo de Minnesota con su tía y sus primos. Ben es huérfano, su madre falleció recientemente y el paradero de su padre es un total misterio. A ella él la extraña profundamente. Una noche se escabulle a su vieja casa y ve a su prima en su viejo cuarto. Por la silueta, la confunde con su madre. Ben le levanta la voz, cómo si ella estuviera tratando de remplazar su imagen. En 1927, Rose (Millicent Simmonds), de más o menos la misma edad vive sola con su padre y sus sirvientes en una espaciosa casa.  Su madre no figura y su padre la ignora. En la única interacción que la película nos muestra, él le entrega forzosamente un libro para para estudiar, que ella prontamente hace pedazos y usa armar maquetas de los rascacielos de una gran ciudad.

Una cosa más une a los dos niños. Rose es sorda y lo ha sido por mucho tiempo. Una noche, mientras Ben contesta el teléfono, la línea es impactada por un rayo, dejándolo sordo también. Tal condición sólo refuerza la soledad que ya sienten. Es más difícil darse a entender con personas que nunca los entendieron de verdad. Por su propia cuenta, los dos niños deciden escapar a la ciudad de Nueva York. Él, sale en busca de su padre. Ella, detrás de la estrella de cine Lillian Mayhew (Julianne Moore), a quien ve todo el tiempo en la pantalla. Ben y Rose tienen pocas pistas, él un separador de libros con una nota y la dirección de una librería, ella un recorte del periódico que anuncia la participación de Lillian en una obra de teatro.

Wonderstruck El museo de las maravillas_1

Más que en las experiencias que Ben y Rose viven por separado, Wonderstruck se interesa en cómo éstas se parecen y contrastan entre sí. La ciudad de Nueva York cambia con el tiempo y los viajes de los dos niños en consecuencia. Es un placer ver las diferencias en la composición de la ciudad y en la actitud de la gente. El principalmente blanco Nueva York de 1927 contra la urbe multicultural de los setentas. Ver cómo un transeúnte se detiene para salvar a Rose de una carroza y cómo nadie le hace caso a Ben cuando a éste le roban su cartera. Sus viajes los llevan a veces a los mismos lugares, y entre más coinciden, más parecen acercarse más el uno al otro. Hay una secuencia brillante que encuentra a los dos en el Museo Americano de Historia Natural. La película entrecorta entre ellos como si las leyes del tiempo y el espacio se colapsaran y los dos pudieran estar finalmente juntos.

Éste es uno de muchos toques que el director Todd Haynes añade a la película. Algunos de los más llamativos son una pesadilla psicodélica en la que Ben es perseguido por lobos y el montaje en que él recibe el impacto del rayo. Pero Wonderstruck de principio a fin derrocha amor por el cine; él y su director de fotografía Ed Lachman (quien fotografió entre otras cosas su reciente obra maestra Carol) recrean, no sólo las distintas épocas, sino también las películas de las distintas épocas. La aventura de Rose, con impactante fotografía en blanco y negro, cortes que operan bajo la lógica del cine mudo y un acompañamiento musical que prácticamente comenta las acciones que suceden, hace eco a clásicos silentes como Amanecer F.W. Murnau. La de Ben, con una decolorada y granulosa fotografía a color, captura el bullicio y suciedad de Contacto en Francia de William Friedkin y Perdidos en la noche de John Schlesinger.

Hay algo inverosímil sobre el final de Wonderstruck, en el que una enorme coincidencia trata de unir las historias de Ben y Rose. La cantidad de explicación que se necesita definitivamente funcionaría mejor en un libro; en la película, un simpático conjunto de maquetas tratan de añadirle dinamismo visual a algo que parece anticinematográfico por naturaleza. No funciona del todo, pero tampoco desentona. La forma en que se unen los cabos sueltos se puede sentir rebuscada, el mensaje metafórico se entiende y hasta conmueve. Ben y Rose no han encontrado lo que salieron a buscar, pero al final están mucho menos solos. Las grandes películas pueden hacernos sentir así. Wonderstruck lo hizo.

★★★★