(Guillermo Amoedo, 2018)

El guionista y director Guillermo Amoedo ha cultivado una carrera extrañamente versátil. Vale la pena familiarizarse con su filmografía por lo menos para conocer una de las redes de colaboración más inusuales en el cine contemporáneo. Uno no esperaría mucha coincidencia entre las comedias románticas de Nicolás López Qué pena tu vida (y sus numerosas secuelas), y las películas del provocador de terror Eli Roth Caníbales y El lado oscuro del deseo, pero al parecer Amoedo colaboró en los guiones de todas ellas–y como si no fuera suficiente, López dirigió Aftershock, en la que Amoedo colaboró en el guion y Roth protagonizó al lado de la actriz Lorena Izzo, quien estelariza todas las películas mencionadas en este párrafo.

Conocer todo esto me sorprendió tanto como la misma El habitante, el tercer largometraje de Amoedo como director y una película con muchos más giros de los que uno esperaría en una típica película de terror. Empieza con tres hermanas; María (María Evoli), Camila (Vanessa Restrepo) y Anita (Carla Adell); que se meten a la casa de un corrupto senador de la república para robar el dinero que una de ellas necesita para saldar una deuda. Pero eso no es todo. Resulta que en el sótano de su casa, el senador José Sánchez-Lermontov (Flavio Medina) y su esposa Angélica (Gabriela de la Garza) mantienen a su hija pequeña, raquítica y con visibles señales de tortura, atada a una cama. Pero hay más. Según los esposos, la niña Tamara (Natasha Cubria) se encuentra poseída por un demonio, y están esperando la llegada de un sacerdote católico para que le practique un exorcismo. Pero las cosas no terminan ahí. Pero es todo lo que diré porque es tanto como aparece en el tráiler.

La primera hora El habitante pasa con más pena que gloria. La fotografía, a cargo de Erwin Jaquez, desde el principio llena la casa de la pareja de una atmósfera sombría. Amoedo no se da tiempo para generar una falsa sensación de normalidad o darnos a conocer a sus personajes lo suficiente como para que nos importe qué termina siendo de ellos. El elenco no ayuda mucho al principio. Las cosas que suceden a su alrededor ser vuelven cada vez más atemorizantes, pero sus personajes siempre reaccionan con calma, tanto que es difícil creer que están en verdadero peligro.

El habitante_1

Aunque está basada en una idea ingeniosos, a El habitante parece costarle trabajo llenar una hora y media de película. Con la excusa de encontrar el dinero, las tres hermanas vagan por la cosa encontrándose con susto trillado tras susto trillado. Hay detalles, como un reproductor de música que se prende sólo, que detonan flashbacks a la infancia traumática de las tres. Hay malentendidos y revelaciones dramáticas que en realidad no cambian mucho el rumbo de la historia. Y la ambigüedad que su premisa naturalmente sugiere pasa desaprovechada. ¿Qué tan seguras están las hermanas de que la hija de José y Angélica de verdad está poseída? El guion nos anuncia la respuesta desde muy temprano, y las tres hermanas no pueden evitar sentirse estúpidas por no darse cuenta de esta muy obvia conclusión. Para cuando uno de los flashbacks nos muestra un violento asesinato con salpicaduras de sangre que parecen animadas por computadora, sentí que la película había tocado fondo. O por lo menos eso pensé.

El habitante se vuelve mejor entre más se concentra en el personaje de María. Y es que María Evoli, a quien vimos en la perturbadora Tenemos la carne de Emiliano Rocha Minter, mantiene nuestro interés aun cuando la película flojea. Es una efectiva protagonista de terror: sus ojos grandes sugieren dulzura e inocencia, pero sus acciones y determinación una fortaleza y resistencia considerables. Entre más personal se vuelve lo que sucede a su alrededor (al principio sólo estaba ahí para ayudar a Camila), más cobran sentido los flashbacks y anteriores de la película.

Para cuando llega a su sensacional clímax, El habitante se ha convertido en una película sobre lo difícil que es mantener una creencia religiosa cuando esta se ha distorsionado por aquellos que la practican como institución–la religión católica juega un papel muy explícito en abusos que María sufre de pequeña. A través de perturbadoras imágenes (hay una toma que parece una referencia a los primeros planos del clásico silente La pasión de Juana de Arco, algo que definitivamente no esperaba) y un uso inteligente del silencio (la película se vuelve más aterradora entre menos ruidos chocantes utiliza), Amoedo nos muestra el viaje interior de María, cómo ésta se da cuenta si la fe de verdad le sirve de algo.

Quentin Tarantino dijo alguna vez de El exorcista que el mayor logro de aquella película no fue convencernos de que el diablo existía, sino que el catolicismo podría lidiar con él. El habitante no se compara con este clásico de William Friedkin; es culpable de muchos clichés y está dirigida, en su mayoría, de una forma convencional y hasta plana. Pero logra esto mismo, porque dice que la fe verdadera existe, no en los símbolos o en la Iglesia, sino en lo profundo de uno mismo.

★★★