(Alejandro Sugich, 2018)
Cuando Iván (Alfonso Dosal) y Julieta (Natalia Varela) se conocen por primera vez, uno cuenta con que se terminen enamorando. Él es un joven DJ que graba sonidos de la naturaleza y la gente para su sonoteca personal, y ella una chelista española que acaba de llegar a la Ciudad de México (lleva arrastrando sus maletas y el estuche de su instrumento) para encontrarse con alguien que no da señales de aparecer. Iván y Julieta se encuentran por casualidad en la fuente de un parque y sus similares pero antitéticas profesiones se convierten en el centro de una juguetona, casi coqueta, conversación; bromean sobre cómo ella es una músico de verdad y él sólo un “pepenador de sonidos”. Harían una bonita pareja.
Luego las cosas se ponen un poco más personales. Cuando Julieta le cuenta que no tiene dónde quedarse porque su esposo no se ha comunicado con ella, él se ofrece a dirigirla a un hotel para que ella pueda pasar la noche. Al momento que Iván llega a la recepción con una bella y coqueta mujer española, a Luis (Pedro de Tavira), el administrador del hotel y amigo de Iván, le dan ideas. No es que Iván no haya pensado lo mismo, pero aunque claramente hay química entre los dos, él tiene cosas que hacer y todavía se está recuperando de una decepción amorosa. Sin embargo, Julieta no tiene a nadie más en México, y está más que dispuesta a pasar la tarde con él. Quién sabe qué pueda pasar.
Prometo no enamorarme está claramente endeudada con Antes del amanecer de Richard Linklater, otra película sobre dos extraños que se conocen por casualidad y comparten la tarde conversando y vagando por la ciudad mientras una tensión romántica esperadamente crece entre ellos. Cuando Iván dice que esa misma noche se va a Cartagena en avión para participar en un festival de música electrónica, podemos anticipar que todo lo que tiene que suceder lo hará (para apoyarnos del título de otra película de Linklater), antes de la medianoche. A lo largo de la película los vemos caminar por las calles de la ciudad de México–a veces en extensos planos secuencia, un recurso también tomado de Linklater–visitan una tienda de discos, comen comida china en el parque, y se meten sin permiso al lago de Chapultepec con una botella de vino.

Dado que los dos son músicos, no sorprende que la música sea el tema que más toquen a lo largo de la película, algo que no siempre funciona. Algunos de los diálogos, sobre el rol que juegan los sonidos en nuestras vidas o sobre cómo ciertos compositores clásicos fueron los primeros en hacer sampling, aspiran al humor o la profundidad sin mucho éxito, se sienten más como lo que dirían dos personas para rellenar un silencio incómodo. Una vez que Julieta reconoce que su esposo es el famoso conductor de orquesta Daniel Abad (Alfonso André), éste aparece en casi todas sus conversaciones–su introducción, cabe notar, es efectiva, pues le da a Iván un complejo de inferioridad; no sólo se empieza a pregunta si le gusta a esta bella mujer española, sino si le gusta más que su esposo genio.
Iván y Julieta hablan tanto sobre la música, a veces de forma repetitiva, que ésta se convierte en casi toda su personalidad. Una de las cosas geniales de las películas de Linklater que mencioné previamente es que uno podía conocer las vidas de sus personajes por los variados temas de los que hablaban y por la forma en que hablaban de ellos. Iván y Julieta están mejor dibujados que los personajes de la típica comedia romántica mexicana, pero no lo suficiente como para elevar una película que se basa casi totalmente en el diálogo. Quizá por eso el director Alejandro Sugich se siente en la necesidad de añadir adornos algo forzados, como sonidos de ambiente cada vez que uno de los dos menciona un sonido que recuerdan, o una entrevista en televisión con Daniel.
Pero a medida que la película se desarrolla, Iván y Julieta se sienten algo más cómodos el uno con el otro y nosotros con ellos. Coquetean abiertamente y bromean con soltura. En un inicio, Prometo no enamorarme, no promete mucho más que una comedia romántica con un disfraz hípster: sus personajes hacen referencias cultas al cine (Veneno para las hadas), la literatura (Iván compara a Julieta, no con la heroína de Shakespeare que se muere por amor, sino con Helena de Troya, quien se atrevió a cruzar el océano) y la música (obvio). Pero a medida que se desarrolla, demuestra que de verdad está dispuesta a ignorar los clichés del género como la confusión obligada que los separa cerca del final, o la certeza de que los dos terminaran juntos. Tanto como Julieta parece sentir una verdadera atracción hacia Iván, también parece seguir profundamente enamorada de su marido, por mucho que éste la ignore y frustre.

El rechazo duele. Duele porque nos niega la oportunidad de estar con la persona amada, o el objeto de nuestra atracción. Pero también duele en el orgullo, porque de una manera u otra nos dice que uno no es suficiente, no basta. Para el hombre enamorado de una mujer, duele especialmente porque la cultura le ha enseñado que es él quien debe estar en control de la situación. Si el sexo opuesto lo rechaza es porque no se está esforzando lo suficiente, porque no estás siendo suficientemente persistente. No es difícil ver cómo esta forma de pensar lleva a cosas horrorosas, precisamente la clase de cosas que finalmente están saliendo a la luz en, entre otras cosas, en la industria del cine.
Los chicos “sensibles” tienen sus propios mitos tóxicos. Muchos estarán familiarizados con el concepto de la “zona de amigos”, esta situación en la que alguien (típicamente un hombre) aguarda sentimientos románticos hacia otra persona (típicamente una mujer), quien los rechaza porque no comparte sus sentimientos. Uno solo necesita escuchar cómo el concepto es tratado en una conversación casual para darse cuenta de sus obvios problemas. La “zona de amigos” es algo en lo que uno típicamente se encuentra “atorado” por obra de la otra persona. Es una prisión, una celda, de la que se tiene que escapar a toda costa.
Pero las relaciones en la realidad son complicadas. Un intercambio mutuo entre dos personas igualmente complejas. Una chispa de atracción que aparece en un momento puede desparecer en el otro. Esto lleva a muchos a pensar que el otro juega con las emociones de uno, cuando en realidad está tratando de encontrarle sentido a sus propias emociones. Sí, tener una relación es bonito, pero el sexo y el romance no son las únicas razones por las que una persona gravita hacia otra. A veces sólo queremos compañía, ser escuchados, no sentirnos solos. A veces no sabemos lo que queremos. Puede que Julieta de verdad esté enamorada de Iván, puede que le convenga a ella quedarse en México con él. Puede que ella esté cometiendo un error, pero él no puede tomar esa decisión por ella.