(Glass; M. Night Shyamalan, 2019)

Glass es, o por lo menos trata de ser, una película de superhéroes diferente. Cuando sus contemporáneos en el género tratan de asombrar (o por lo menos no aburrir) con efectos especiales y acción mayúscula, la nueva película de M. Night Shyamalan imagina qué sería de estos seres extraordinarios si trataran de llevar vidas cotidianas y cómo un mundo saturado de información pero carente en certeza los recibiría. Es inusualmente ambiciosa, también uniendo las historias de otras dos películas escritas y dirigidas por Shyamalan en su propio universo cinematográfico.

Años después ser el único sobreviviente de un aparatoso choque de trenes, con lo que descubrió que poseía una invulnerabilidad sobrehumana–eventos que vimos en El protegido de 2000–David Dunn (Bruce Willis) ahora administra un negocio de seguridad privada al lado de su hijo Joseph (Spencer Treat Clark). Vive en su casa de siempre, contaminada por tristes recuerdos tras la muerte de su esposa por leucemia. David lleva una segunda vida como un vigilante callejero conocido en los medios como el Centinela, castigando crímenes y protegiendo a la gente de Filadelfia, Pensilvania. Joseph lo ayuda desde su computadora a través de un auricular; es el Oracle a su Batman.

Detalles como estos son un ejemplo de Shyamalan haciéndole justicia a sus habilidades. En sus mejores películas ha demostrado ser un director capaz de tomar una premisa fantástica y concreta y desarrollarla con cierto realismo y melancolía. Glass en más de una forma se siente como una película de otro tiempo, una que dedica una secuencia completa a sus créditos de apertura y prefiere tomas estáticas o movimientos premeditados para aumentar el suspenso. Es refrescante ver una película de Hollywood en la que cada colocación de la cámara está planeada con tanto cuidado, buscando construir un espacio geográfico coherente en lugar de fragmentarlo a través de cortes excesivos. Es un recurso que utiliza para gran efecto, nunca mejor que en la introducción de David, cuando atemoriza a dos jóvenes que encontró golpeando por diversión a un hombre adulto.

La premisa de Glass es simple: ¿qué pasa si el Centinela se enfrenta contra la Horda–el villano de Fragmentado de 2017, un joven llamado Kevin Wendell Crumb (James McAvoy) que sufre de trastorno de identidad disociativo y cuenta con un alter ego llamado la Bestia que es tan invulnerable pero más destructivo que el mismo David? ¿Qué pasa cuando una fuerza imparable se encuentra con un objeto inamovible?

David y la Horda se enfrentan en la primera parte de la película, pero son capturados por la policía y la doctora Ellie Staple (Sarah Paulson, inquietante y cautivadora, sus ojos grandes amplificados por los primeros planos en que Shyamalan la encuadra), una psicóloga especializada en delirios de grandeza de gran envergadura. David y la Horda son internados en un hospital psiquiátrico junto con Elijah Price / Señor Glass (Samuel L. Jackson), un paciente de osteogénesis imperfecta y la perturbada mente maestra responsable del choque de trenes del que David salió ileso.

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Ellie tiene la tarea de convencerlos de que los superpoderes que ellos creen tener son en realidad invenciones suyas, productos de traumas sin resolver y una insalubre fijación por la narrativa de los cómics. Es una idea intrigante y hasta cierto grado efectiva, pues el universo construido por las tres películas en la ahora serie siempre fue algo plausible, abierto a una explicación no del todo sobrenatural. Y Shyamalan maneja el tono tan hábilmente que nos convence de que nosotros también queríamos creer ilusamente.

Y sin embargo la película nunca cumple su potencial porque no cuenta con un personaje con el cual identificarnos, ni les da una convincente motivación. El conflicto interno de David, o el juego de poder entre las distintas personalidades de Kevin–la actuación de McAvoy, quien hace de un inquieto niño de nueve años a una mujer seria mujer adulta, es la única verdadera razón para ver la película–se vuelven menos efectivas cuando no son el centro de la historia, como fueron en las películas anteriores. Price, cuyo alter ego le da su nombre a la película, se mantiene catatónico por mucho de ella.

Casey Cooke (Anya Taylor-Joy), la joven que sobrevivió a La Horda en Fragmentado, y la madre de Elijah (Charlayne Woodard), regresan; pero en lugar de ofrecer un necesario punto de vista externo, se convierten en dos piezas más con las que el guion tiene que hacer malabares. Hubiera sido efectivo presentar la historia desde la perspectiva de Ellie, quien al tener que demostrar a sus tres pacientes que no son superhéroes tiene una meta más o menos concreta. Pero esto no es posible, pues la película tiene que preservar uno de sus muchos giros narrativos para el final.

Aunque inicia con algo de promesa, Glass sucumbe a dos de los mayores problemas del cine de superhéroes contemporáneo: está más interesada en construir un universo compartido que en contar su propia historia y confunde el llamar atención a sus clichés con ingenio. El final, en su intento de sentar las bases para algo más, hace que la trilogía se siente como una muy alargada historia de origen. Las numerosas formas en que sus personajes tratan de señalar cómo lo que pasa se parece a un cómic, rápidamente se torna enfadoso. Glass trata de ser un tributo a la narrativa de los cómics, balanceando la distorsión que crean de nuestro mundo real con cómo ellas inspiran lo mejor de nosotros. Es un mensaje que debería sentirse triunfal, pero se pierde en una película más interesada en su universo que en la historia que quiere contar.

★★1/2