(Xquipi’ Guie’dani; Xavi Sala 2019)
Nótense los sonidos. A medida que Guie’dani (Sótera Cruz), de doce años, camina por el patio de su casa en la pequeña localidad de Xadani, Oaxaca, nos encontramos con abundantes señales de vida: insectos, aves y el ocasional cacarear de un gallo. Ella ha de dejar este lugar pronto. Su madre, Lidia (Érika López) acaba de conseguir un trabajo como empleada doméstica para una familia de clase media alta en la Ciudad de México. Con su madre enferma, sin nadie más que cuide de su hija ni otra forma de ganar dinero en el pueblo, Lidia ha de llevársela con ella.
Xavi Sala, director de El ombligo de Guie’dani y el editor Aldo Álvarez Morales toman una simple pero importante decisión al mostrar el viaje de las dos. Entre las imágenes del cambiante paisaje y los ojos curiosos de Guie’dani mirando a su alrededor aparece una escena de las dos comiendo en una estación de camiones. Es un pequeño detalle que nos dice lo largo del viaje, pero también lo ordinario de la situación. Guie’dani y Lidia no son las únicas pasando por algo parecido.
La casa a la que llegan parece una fortaleza. Los muros que dan a la calle son altos y blancos, coronados por una cerca electrificada. Valentina (Yuriria del Valle), la madre de la familia, está ahí para recibirlas. Lidia y ella (Guie’dani apenas y habla) intercambian saludos cordiales, enunciados con rigidez. Esto no es una crítica de las actuaciones como un comentario sobre la obvia diferencia de poder y privilegio en la relación de ambos personajes. Ambas mujeres lucen incómodas, pero tienen que hacer como si no pasara nada.
Lidia se entrega a sus tareas obedientemente; Guie’dani, quien no alcanzó a escribirse en la escuela ese ciclo, no encuentra mucho qué hacer más que ayudarle. La casa está llena de amenidades que llaman su atención: un piano, una mesa de billar y un tanque con peces exóticos, pero cada que su curiosidad la acerca naturalmente a ellos, Lidia la detiene. Previamente le dijo que ésta era su nueva casa, pero cada momento que pasa, cada que deben comer en la cocina en lugar del comedor (con todo y cubiertos separados), la convence de lo contrario. Una vez más, los sonidos: el vivo entorno del campo ha sido remplazado por el circular del aire acondicionado y no mucho más.
David (Juan Ríos), el padre de la familia sugiere que Guie’dani tome clases de español con el maestro particular de Adriana (Valentina Buzzurro), su hija, en lo que empieza el siguiente ciclo escolar. Lidia le agradece la oportunidad, pero casi por obligación; David no le da mucha opción de decir que no. La decisión parece que tiene menos que ver con el bien de la niña que con mantenerla distraída mientras se queda sola en la casa; llama la atención que no muestren tanto interés por enseñarle también a Lidia, cuyo español es técnicamente peor (fue Guie’dani quien tuvo que ayudarla a leer la dirección a la recepcionista del despacho de taxis). Es como si para la familia, Lidia, la empleada doméstica, no lo necesite en realidad y Guie’dani, al ser más joven, puede aspirar a un futuro “mejor”.

Presentando la película en el festival de Morelia, Sala, catalán, habló del lenguaje como su punto de entrada para la película. Aunque la comparación entre el catalán y el zapoteco que hablan Lidia y Guie’dani no es perfecta, es cierto que ambos se han enfrentado a la hegemonía del español como la lengua oficial de los países que enmarcan su territorio. Si a algo le presta particular atención El ombligo de Guie’dani, es a la forma en que el idioma está ligado a la identidad, y cómo uno reacciona cuando éste está bajo ataque.
Nada en la película duele más que la actitud que la familia asume al hablar del “dialecto” de Lidia y Guie’dani. Más que por malicia, ninguno de los miembros de la familia se da cuenta del daño que le hacen. No encuentran gusto en hacerla sufrir, simplemente no les importa y no se dan cuenta de que hacen algo mal. Cuando Guie’dani se atrasa en sus clases de español, uno entiende que no es por pereza o falta habilidad; es un grito ahogado, una forma de decir que se rehúsa a tolerar sus insultos aún si su actual situación no le permite hacer mucho al respecto.
Es un tema doloroso, pero la película no se regodea en su miseria. Guie’dani encuentra un poco de consuelo y esperanza en Claudia (Majo Alfaroh), la hija de la empleada doméstica de una casa vecina. No es sólo que Claudia tenga su misma edad y pronto se convierta en su única amiga. Ella es la única persona en esta nueva ciudad con un verdadero interés en su lenguaje; cada que Guie’dani le enseña una palabra en zapoteco, se vuelve a convertir en algo especial, en lugar de un obstáculo o algo que debe ser borrado. Claudia convierte lo que podría ser un drama monótono y serio a una historia de rebelión y amistad; un tributo al punto de vista joven, pues muchas veces son aquellos que no han tenido tiempo de internalizar los prejuicios que damos por sentado quienes pueden ver con mayor claridad las injusticias de nuestro mundo.
El ombligo de Guie’dani es una modesta y bien construida película que hace lo mejor de limitados espacios (transcurrecasi en su totalidad en el interior de la casa) con una intrigante premisa y un astuto y filoso guion. Su temática puede llevar a algunos a colocarle la aburrida etiqueta de “importante”, obviando sus momentos de ligereza y humor negro: la química tan enérgica entre Guie’dani y Claudia a la forma tan casual en que Valentina y su familia tratan a Lidia y a su hija como una extensión de los muebles y aparatos de su vida de clase media alta; el ingenio con el que coloca las piezas para su emocionante y liberador clímax y su sutil pero amarga última secuencia.