(The Invisible Man; Leigh Whannell, 2020)
La primera secuencia de El hombre invisible, escrita y dirigida por Leigh Whannell y protagonizada por Elisabeth Moss, tiene una maravillosa quietud y propósito. A mitad de la noche, en una mansión minimalista sobre un peñón que da a la costa cerca de San Francisco, Cecilia (Moss) se levanta de la cama que comparte con su pareja, Adrian Griffin (Oliver Jackson-Cohen). No sabemos los detalles de su relación, ni siquiera bien quiénes son. Pero todo lo importante lo podemos intuir de la actuación de Moss y las particularidades de la situación; en cómo se asegura que él esté dormido, en cómo se desplaza sigilosamente por los amplios galerones de la casa, prepara su maleta, desactiva las cámaras de seguridad y se escapa brincando la pared. Vemos que ella es capaz e ingeniosa, qué el es controlador y quizá abusivo y que todo intento de ella de dejarlo por las buenas ha tenido horribles repercusiones. Donde muchas películas tratan la violencia, particularmente la violencia hacia la mujer, de manera fetichista, como una fuente de emoción visual, El hombre invisible logra sugerir estos horrores sin mostrarlos.
Pocas películas descansan sobre una sola actuación como esta versión de El hombre invisible. El de Moss es un trabajo audaz y deslumbrante, que seguramente no recibirá el reconocimiento que se merece por aparecer en una película de terror (muchas de las mejores actuaciones femeninas del último par de años han sido en películas de terror; Garance Marillier en Voraz, Toni Collette en El legado del diablo, Lupita Nyong’o en Nosotros, Florence Pugh en Midsommar: El terror no espera la noche). Su rostro y su lenguaje corporal nos muestran constante alerta pero también un profundo agotamiento. Moss se entrega por completo al papel de una mujer perseguida por el trauma y la película parte de cómo éste perdura aun cuando el peligro inmediato ha quedado atrás. Más que una película sobre una relación abusiva es una película sobre sus secuelas.
Cecilia se refugia en casa de James (Aldis Hodge), un policía y amigo suyo de la infancia, quien vive con su hija Sydney (Storm Reid), que está por entrar a la universidad. Hasta salir de la casa se convierte en una hazaña para Cecilia. Una mañana sale a recoger el correo cuando un hombre corriendo por la calle la hace apurarse de vuelta. Regresar a una vida normal es casi imposible, cada inconveniente se convierte en una prueba existencial. Después de una mala entrevista de trabajo, Cecilia se aísla aún más de su de por sí tenue red de apoyo.

¿Pero qué tiene que ver todo esto con el Hombre Invisible? ¿El de la novela de H. G. Wells o la serie de películas en la que esta versión está técnicamente basada? A las pocas semanas de escaparse de casa de Adrian–su escape es puntuado por un momento de violencia, cuando él rompe con un golpe el vidrio del carro de la hermana de ella, Emily (Harriet Dyer)–Cecilia recibe la noticia de que él a muerto, aparentemente por suicidio. Él le ha dejado una herencia de cinco millones, pero que ha de recibir en fracciones mensuales; uno de los muchos detalles maquiavélicos de la película es que hasta en la muerte él encuentra la manera de controlar y manipularla, antes de recibir el dinero ella tiene que escuchar a Tom (Michael Dorman), el abogado de Adrian así como su hermano distanciado, una nota que la obliga a revivir todo lo que sufrió. Pero después de que cosas extrañas empiezan a sucederle en casa de James, Cecilia se convence de que Adrian no está muerto y que él, un muy admirado genio de la óptica, ha fingido su muerte y creado un traje para volverse invisible y atormentarla psicológicamente.
Muchas películas basadas en conceptos fantásticos o de ciencia ficción pierden algo de su impacto una vez que se ven obligados a explicarlos. El hombre invisible es la rara película seria que usa lo ridículo de su concepto central a su favor. Cuando Cecilia trata de explicarle a Tom y a James lo que cree que está pasando, ellos reaccionan con la incredulidad que nosotros esperaríamos si alguien nos hablara de un traje para volverse invisible. Pero el momento es creíble como un síntoma del trauma de Cecilia, del miedo y el aislamiento que éste le provocan. La película funciona (incluso mejor) si no hay un “hombre invisible” como tal. Hasta uno de los clichés más odiados del cine de terror encuentra una razón de ser. El jump scare, esas imágenes o sonidos alarmantes que aparecen súbitamente, frecuentemente de una fuente trivial y separados de todo intento de construir atmósfera o suspenso real, aquí refuerza el sentimiento de persecución de Cecilia, la idea de que pequeños detalles puedes pueden hacerla revivir aquello de lo que acaba de escapar.

El cine es discutido con frecuencia en relación con el voyerismo, el placer prohibido de ver algo íntimo sin ser visto (el cine de ficción está por supuesto hecho con actores que saben que están siendo y van a ser observados, pero sostienen la ilusión de que existen en su propia realidad separada). Algunos de los maestros del medio, Alfred Hitchcock y Brian De Palma por ejemplo, crearon películas alrededor del acto de observar algo privado sin ser visto. Al invertir el concepto original de la novela de Welles, Whannell ha construido una película sobre la sensación de estar siempre observado. Él y el director de fotografía Stefan Duscio, muestran ciertas escenas desde una incómoda distancia, sugiriendo un observador que no es ninguno de los personajes en pantalla y crean composiciones con abundante espacio vacío, creando la sensación de que hay algo o alguien ahí, aun si no lo vemos.
En su anterior película como director, Upgrade: Máquina asesina, sobre un hombre tetrapléjico implantado con un chip que le permite controlar su cuerpo (¿o ser controlado por algo más?), Whannell ya mostraba una curiosidad por la tecnología y cómo nuestras vidas se han vuelto inseparables a ella. Uno también siente esta preocupación en El hombre invisible. Desde que Cecilia se toma el tiempo de desactivar las cámaras de la casa de Adrian, se nos sugiere un mundo de vigilancia constante e interconectada, en el que todos estamos tan observados como Cecilia se siente. Pero el rol de la tecnología es más bien incidental, una forma de resolver la trama. Whannell trata de llegar a un punto mas nunca lo concreta. Duscio ilumina El hombre invisible de manera muy similar a como hizo en Upgrade. La estética fría y en tonos neón encaja más con la influencia cyberpunk de aquella película, no tanto aquí, en lo que se parece más a un thriller psicológico.

El productor Jason Blum adoptó esta nueva versión de El hombre invisible después de que el rotundo fracaso de La momia de 2017 obligara al estudio Universal a reconsiderar la idea de reinventar su icónico catálogo monstruos cinematográficos en un universo interconectado al más puro estilo de Marvel. Blum, a través de su casa productora Blumhouse, ha sabido como pocos en el Hollywood de hoy explotar el potencial creativo y comercial del cine de terror. Sus películas, de presupuestos comparativamente minúsculos (El hombre invisible costó apenas 7 millones de dólares) le permiten tomar mayores riesgos que de vez en cuando producen espectaculares resultados (él fue uno de los productores de ¡Huye!, el debut de Jordan Peele que recaudó 255 millones de dólares en la taquilla mundial y fue nominado a cuatro Óscares). Pero la escala de su operación ocasionalmente funciona en su contra, como en Glass, donde el guion carecía de le creatividad necesaria para sostener sus pocas locaciones y falta de acción. La historia de El hombre invisible le exige a la película encerrarse o expandirse más; aunque la acción se desarrolla casi totalmente en las casas de Adrian, James y una especie de clínica, nunca se siente tan claustrofóbica como quizá debería, ni su mundo es tan interesante como para ahondar en él.
Pero, más que no, la película funciona por la fuerza del personaje de Cecilia y la actuación de Moss, y porque su ambiguo final reconoce lo que es verdaderamente importante sobre ella. Es una audaz desviación de la típica moral simplista del cine, y será seguramente fascinante ver cómo el público reacciona a la decisión final de ella. Porque la película no nos pide simpatizar con ella, meramente tener empatía por lo que ella sufrió para llevarla a ese lugar. Como en Aves de presa y la fantabulosa emancipación de una Harley Quinn, en El hombre invisible se reconoce un intento de ahondar en las complejidades del abuso, más que tratar la violencia que sufren las mujeres en un vacío. Ambas usan las convenciones de sus respectivos géneros cinematográficos a su favor, insertando observaciones pertinentes en efectivas piezas de entretenimiento, sin llamar la atención a su mensaje subyacente. El hombre invisible funciona porque las películas de terror operan en un nivel más primitivo que racional, y nos pide que nos acerquemos al miedo de su protagonista de esa manera.