(María Novaro, 2017)

Las películas de María Novaro siempre han tenido algo de jovial y juguetón. No digo esto para trivializar su obra, sino para destacar la manera gradual y expresiva en que nos introduce a emociones e ideas más complejas. Su primer largometraje, Lola, trataba de una vendedora ambulante y madre soltera en la Ciudad de México después del terremoto de 1985. Mostraba muchas de sus penas y los a veces agresivos hombres a su alrededor, pero abría con una ráfaga de alegría pura; una secuencia en la que Lola y su hija pequeña jugaban a ser cantantes de rock. Danzón, su segunda película y aquella por la que es quizá mejor conocida, tomó un enfoque similar, explorando la identidad y soledad de su protagonista, así como su entorno, usando como punto de entrada el baile del mismo nombre.

Ni Lola ni Danzón eran dramas típicos, pero hay algo sobre Tesoros, su más reciente película, que va más allá. No es necesariamente mejor que ambas, pero su rechazo de una narrativa lineal y de un protagonista fijo, su entrega casi completa al azar y su juego con las fronteras entre la ficción y el documental, la hacen un trabajo audaz. Al mismo tiempo, hay una cierta simpleza y familiaridad que hace su experimentación más digerible. Tesoros tiene sus bases en el cine infantil de aventuras, en forma y en espíritu. Se parece tanto a Los goonies como a la obra de Terrence Malick. Esto es, por supuesto, una simplificación, pero creo que da una idea de la premisa y sensación de la película.

Tesoros abre mostrándonos a tres niños y es narrada por una cuarta, pero no es la historia de ninguno de ellos en particular. Dylan (Dylan Sutton Chávez), Andrea (Andrea Sutton Chávez) y Lucas (Lucas Barroso Tillinger) llegan con su madre (Mara Chávez) y su padre (Martin Sutton) a vivir en el pueblo de Barra de Potosí, en la costa de Guerrero. Precisamente qué los lleva ahí nunca queda explícito; la película se enfoca en el punto de vista de los niños, para quienes los motivos de los adultos tantas veces son un misterio.

De manera indirecta, la película trata el constructo social de la raza. El padre de Dylan, Andrea y Lucas es inglés y los “güeros”, sobre todo Andrea, que es la mayor, tienen ciertos prejuicios sobre la comunidad. Cuando Aranza (Aranza Bañuelos García), una niña local, acompaña a Andrea a su salón de la primaria rural donde estará tomando clases, la cámara se detiene en sus manos, tomadas una de la otra, como para resaltar la diferencia en sus tonos de piel.

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No se siente accidental, pues la trama misma de la película está informada por la historia misma de América. Una noche, Dylan cree ser visitado por el pirata inglés Francis Drake, de quien se cuenta que alguna vez tuvo un escondite en Barra de Potosí, donde guardó un tesoro. Durante el siglo XVI, Drake, o “el Draque”, era infame por asaltar los barcos españoles que viajaban de las colonias españolas y llevar sus riquezas a la corona de Inglaterra. Esto es solo una historia parcial y Tesoros lo reconoce, pues ¿de dónde venían las riquezas de España sino de la explotación de las tierras del “nuevo continente” y el desplazamiento y opresión de sus poblaciones nativas?

Como su título sugiere, Tesoros es una película sobre qué es lo que encontramos valioso. El nombre de Barra de Potosí, una comunidad verdadera en el municipio de Petatlán, no podía ser más adecuado: está derivado de la ciudad boliviana, cuya industria minera la convirtió en sinónimo de riqueza durante la colonia española. A medida que Dylan y el resto de los niños buscan la equis debajo de la cual se encuentra el tesoro del Draque, la película nos muestra dos caras complementarias del pueblo. Palmeras, aguas cristalinas, arena blanca y vida marina; pero también su economía. La recolección cocos y sal para su venta, la pesca, hoteles con alberca, restaurantes frente a la playa y paseos en lancha. Es un recordatorio de que el pueblo sigue inscrito a una sociedad que es más grande que ella y que su sobrevivencia depende también de su capacidad de convertir la naturaleza en algo “productivo”. Las colonias europeas en América prácticamente se han extinguido, pero no necesariamente las dinámicas que introdujeron. Hasta la fecha nos seguimos debatiendo los límites entre la conservación de la naturaleza y el progreso económico.

Tesoros es una película enamorada de la naturaleza, pero no lo hace de una manera obvia o moralista. Jacinta (Jacinta Chávez de León), una hija de científicos que está leyendo cuando no observa con atención su ambiente, le da a la película su narración, pero también, de manera indirecta, su voz. Cada escena tiene una espontaneidad e incertidumbre; las actuaciones del elenco mayormente infantil se sienten todo menos ensayadas, los sonidos de la naturaleza son invitantes como abrumadores. Gerardo Barroso y Lisa Tillinger fotografían la película con una sensibilidad documental, con la cámara moviéndose curiosa e inquieta. Reconocen que, para sus protagonistas, este mundo se siente fantástico (en lo que es un guiño intencional o una genial coincidencia, el perro de Jacinta se llama Toto, como el de Dorothy en El mago de Oz, mientras que la canción “La Sirenita”, compuesta por Ignacio Peñuñuri, recurre en distintas formas, como el tema musical de una película de aventuras), pero no nos busca convencer inmediatamente de sus belleza o importancia. Es un mundo que descubrimos con sus pequeños héroes.

★★★★

Tesoros está dispomible por streaming en Amazon Prime Video.