Del 26 de agosto al 6 de septiembre se estará llevando a cabo la edición número 18 del Vancouver Latin American Film Festival, celebrando desde Canadá el cine de Latinoamérica. Aquí les comparto mi cobertura de las seis películas en la competencia de Nuevos Directores.
Negra
(Medhin Tewolde Serrano, 2020)
Existe un dicho, tan repetido como es falso, que dice que “México no es racista, es clasista”. Negra, El documental de Medhin Tewolde Serrano explora el racismo mexicano y la raza en sus numerosas contradicciones. El racismo como un sistema con una larga historia que se replica hasta la fecha, pero también como un conjunto de experiencia personales y los sentimientos que provocan en el nivel individual. La raza como una serie de prejuicios y expectativas impuestas por una sociedad, pero también como un proceso en el que uno mismo decide cómo reconocerse y presentarse ante el mundo. De manera fascinante, la película se pregunta ¿qué tanto control tiene una sobre su propia identidad?
El título de Negra a la vez sugiere algo específico y abstracto. Es un concepto que explora través de la experiencia de cinco mujeres afromexicanas: Asucena López, Geidy Mena, Helen Martínez, Mónica Morales y la misma Medhin. Ellas comparten lo que han pasado y sentido, pero también su forma de expresión mediante el arte: una es poeta y bailarina, otra dibuja y dos son cineastas. La presentación de la película es simple; se compone de una serie de testimonios, conversaciones e interacciones de la vida diaria (que cobran una dimensión particular cuando se les ve desde el lente de la raza), y a través de ellos emerge una narrativa orgánica de reconocimiento y empoderamiento.
Al incorporar las experiencias de varias mujeres, la película busca capturar una variada y diversa colección de vivires, pensares y sentires; contribuyendo a la idea de que no hay una forma única o correcta de ser “negra”. Quizá de manera inevitable, muchas de sus experiencias coinciden–desde las burlas de compañeros de la escuela a un sentimiento general de otredad simplemente por su tono de piel–y sus formas de articularlas recurren a un lenguaje común.
A primera vista, el hacer de la raza un concepto tan central al documental parece uniformizar las experiencias y negar la individualidad a cada una de estas mujeres. Un enfoque individual podría haber revelando más matices y profundidad, pero quizá pasaría por alto la realidad compartida de este problema. Es un hecho que lo hace parecer masivo e insuperable, pero también permite un sentido de comunidad y solidaridad entre las que lo viven. Negra a ratos se siente como un ejercicio terapéutico, usando recursos familiares para que sus sujetos confronten sus pasados y sus formas de pensar, pero también se siente como uno necesario, porque revela los complejos procesos mentales detrás de algo que puede ser tan fácil pasar por alto.
★★★1/2
Panamá
(Javier Izquierdo, 2019)

Panamá no es el primer largometraje de Javier Izquierdo pero sí es su primer trabajo de ficción y como tal muestra una astucia e ingenio en su manejo de los recursos aún si no es una gran película. Uno se emociona preguntándose qué podría hacer con más a su disposición. La complicada ilusión de una película de época (Panamá se ambienta en 1985) la construye con éxito. El ojo entrenado puede captar las limitaciones de la producción, pero incluso estos le dan un encanto austero, una casualidad y modestia que nos sumergen a su historia.
Panamá es la historia de dos amigos, o más bien la historia de dos hombres adultos que eran amigos de jóvenes y se vuelven a encontrar después de muchos años. José Luis Espinoza (Jorge Alejandro Fegan) y Esteban de Guzmán (Diego Coral) fueron al mismo colegio en Quito, Ecuador, antes de que sus vidas tomaran caminos radicalmente diferentes. Ahora se vuelven a encontrar, en lo que parece una extraordinaria coincidencia, en un cine de Panamá–específicamente durante una película de Woody Allen, un buen indicador del tono intelectual y existencial que caracterizará el resto de la película. Esteban invita a José Luis a comer y seguir platicando para ponerse al tanto; José Luis parece reticente, pero finalmente acepta.
La película mayormente se compone de las conversaciones entre los dos. Fegan y Coral interpretan a los dos amigos de manera convincente; uno se deja llevar por sus pláticas como lo haría con sus propios viejos amigos, aun sin la posibilidad de participar. El guion de Javier y Jorge Izquierdo hábilmente mezcla lo político con lo personal. A medida que los dos hablan de lo que han hecho en todos estos años, también revelan sus opiniones sobre las reformas neoliberales a lo largo de América Latina, los pueblos indígenas y el imperialismo estadounidense.
Sus posturas son radicalmente diferentes, y a través de ellas, uno conoce a cada uno más a fondo. José Luis, distanciado de su padre, un político reconocido en Ecuador, es crítico del régimen del conservador León Febres Cordero, mientras que Esteban habla positivamente de Ronald Reagan y su tiempo viviendo en Estados Unidos. Hay una palpable tensión en las conversaciones, como un acalorado debate que en cualquier momento podría salirse de control.
Panamá no es una película instantáneamente gratificante. Por mucho de su duración uno siente que las conversaciones no llevan a ningún lugar. Los movimientos de cámara son prácticamente inexistentes y los planos son bastante simples, sin necesariamente dramatizar mucho lo que sucede. Uno se cuestiona el punto de sus muchas tangentes, pero la película finalmente las guía hacia una resolución con una dosis de intriga y una moralidad espinosa que le da un círculo completo a las ideas que introduce sobre la amistad masculina, sus matices y complicidades.
★★★
Fendas
(Carlos Segundo, 2019)

El título de Fendas (“hendiduras” en portugués), aparece en la película como una referencia a la forma de los ojos. Hendiduras a través de las cuales “atraviesa el infinito, por donde saltan pasado, presente y futuro,” dice en algún momento su protagonista Catarina (Roberta Rangel). Catarina es una investigadora en física cuántica recientemente llegada a una universidad en Rio Grande do Norte, en el noroeste de Brasil, y su línea de trabajo la lleva a analizar los sonidos que de alguna forma aparecen en las variaciones de luz.
Fendas es una película etérea y curiosa. Hay una relación directa y cercana entre su estilo la investigación científica de Catarina. La película, así como las imágenes y sonidos que ella estudio, piden a gritos una interpretación; hacer sentido a algo que puede o no estar ahí. Su mundo es uno casi místico en su soledad. La universidad misma parece un pueblo fantasma. Además de su investigación, Catarina también da clases a un salón de un solo estudiante. Otras veces, Catarina va a lugares retirados, mirando hacia el mar y grita su correo electrónico a nadie en particular. Estos momentos son los más conmovedores de la película porque apelan a un deseo de conexión humana. Son desesperados pero vulnerables intentos de llegar a otra persona, o algo más allá.
Ocasionalmente, en su quietud y contemplación, uno encuentra cierta paz y calma. Una toma de la escalera en espiral en el interior de un faro, otra de un observatorio que evoca la arquitectura de Oscar Niemeyer, convierten espacios casuales en relajantes paisajes por la forma en que se les mira.
Fendas es, de alguna manera, una película sobre sentirse perdido y solitario. Sobre descubrir una forma de conectar que está simultáneamente alrededor de todos pero es también indescifrable. ¿Al final de qué se trata la película? ¿Es sobre los límites del mundo o de nuestra propia percepción de él? ¿Sobre estar tan presente que uno se aleja del mundo que otros experimentan?
Pero pocos momentos de la película evocan este sentido de curiosidad y maravilla que el principio sugiere. Intencional o accidentalmente, el director Carlos Segundo impone un estilo que nubla la emoción y sus ideas, lo que sea que quiere decir. Hay discusiones breves sobre los principios de la ciencia, vagas referencias a la política de Brasil. Las películas se completan en la interpretación del espectador, pero ese es solo parte del proceso. En Fendas, uno siente que la película quiere el espectador haga todo el trabajo.
★★1/2
Cosas que no hacemos
(Bruno Santamaría Razo, 2020)

Cosas que no hacemos, de Bruno Santamaría Razo, nos introduce de manera tan casual a su historia que al principio no es fácil saber cuál es esta. Confía en la capacidad del espectador de unir los puntos, y es una forma acertada de aproximarse a alguien que está descubriendo esa historia por sí misma.
En los manglares de Nayarit, un paramotor operado por un hombre vestido como Santa Claus deja caer bolsas con dulces sobre una pequeña localidad. Los niños que lo ven corren para atraparlos. ¿Pero son ellos los protagonistas? ¿Se trata la película de sus fiestas? Momentos después, un grupo de ellos está aprendiendo un baile con ayuda de Dayanara, una joven trans haciendo todavía el rol de muchacho. Después de su introducción, ella viaja a un lugar aislado y retirado para ponerse un vestido, maquillaje y tomarse fotos.
Eventualmente se vuelve claro que, si el documental tiene una protagonista, ésta es Dayanara, porque es ella a quien siempre termina regresando. Pero hay también numerosas tangentes, desde los preparativos para las fiestas locales, a los muchos juegos de los niños, a las secuelas de un tiroteo en la cancha de basquetbol que sirve como plaza. Estos momentos son momentos capturados con poesía y sin explicación. Cuando los niños corren por las calles, la cámara los sigue al nivel de su ojo, como queriendo jugar con ellos. Los anuncios en altoparlante, anunciando la proyección de una película o los tanteos de agua, se convierten en una voz autoritaria, incorpórea que domina el pueblo. La narración es reservada para momentos específicos y precisos, cuando Dayanara quiere compartir algo verdaderamente íntimo.
Cosas que no hacemos nunca fuerza su historia en direcciones bruscas. Cuando Dayanara finalmente “sale del clóset” a sus padres, el ambiente es menos de hostilidad y más de tensión; es posible reconocer que ellos mismos están tratando de procesar algo sobre alguien a quien siempre quisieron. Al dedicarle tanta atención a Dayanara como a quienes la rodean, se refuerza la idea de que la identidad individual y la identidad comunitaria están estrechamente vinculadas. Que el género es de alguna manera “performativo”, pero que todo comportamiento humano también requiere de cierto nivel de interpretación y ritual. Que tanto como Dayanara añora con una vida fuera de su comunidad, hay mucho de ella que no se puede separar de ahí.
★★★★
La frontera
(David David, 2019)

No es ningún secreto que los países llegan a aplicar políticas, particularmente las que tienen que ver con sus fronteras, sin tener verdadera consideración por los que serán más afectados por ellas. La política es poder, y en la administración de ésta, muchos son dejados caer entre las grietas. La frontera, el primer largometraje del director colombiano David David, captura desde sus primeros instantes la desconexión entre los que dictan la política y los que la viven. Las noticias en la radio nos informan del cierre de la frontera entre Colombia y Venezuela. Lo primero que vemos es una pareja en una camioneta en un camino de terracería que es asaltada por dos hombres y una mujer embarazada.
La mujer es Diana Ipuana (Daylín Vega Moreno) y los dos hombres son su esposo Chevrolet (Nelson Camayo) y su hermano Jorge (Yull Núñez). Son indígenas wayuu que viven cerca de la frontera y asaltan a los transeúntes para subsistir. Pero una tarde que Diana no los acompaña, Chevrolet y Jorge mueren en un fallido intento y ella debe arreglárselas sola.
Por unos instantes parece que la película se va a dejar consumir por la miseria de Diana. Ella es interrogada por las autoridades y más adelante, casi es violada por un guardia que la encontró recogiendo agua de un arroyo. Pero su historia pronto se intersecta con la de otros. El azar lleva a su casa a Miguel (Alejandro Aguilar), un misterioso fugitivo herido, y después a Chelis (Sheila Monterola), una mujer que viaja de Valledupar a Maracaibo para reunirse con su hijo.
Uno no tarda en sentir un afecto particular por los tres, pues la película retrata con tanta atención sus dinámicas de familia, aun si se trata de una familia improvisada. Chelis en particular, extrovertida y carismática, envuelve la retirada casa en abundante conversación, aun si de vez en cuando dice algo fuera de lugar. Pero la llegada de estos dos extraños es finalmente agridulce; habiendo perdido Diana sus dos últimos familiares más cercanos, Miguel y Chelis son también señal de los cambios externos que la empujan lejos de sus raíces. Los paisajes con los que sueña Diana, preciosos y cargados de su propio simbolismo, dan lugar a paralelos bíblicos. Chelis, quien parece que puede adivinarlo todo con tocar su vientre, anticipa el nacimiento de su bebé para el 24 de diciembre.
★★★1/2
La casa de los conejos
(Valeria Selinger, 2020)

Es técnicamente correcto decir que La casa de los conejos recrea una de las épocas más cruentas en la historia de Argentina a través de los ojos de una niña de siete años. Pero es también una película sobre la infancia con todo lo que esto implica; llena de de alegrías e imaginación como de angustias y miedos.
Cuando Laura (Mora Iramain García) se tiene que mudar con su madre Ana (Guadalupe Docampo) a vivir con otros miembros de la guerrilla argentina, ella apenas entiende cómo o por qué. Son semanas antes de que Jorge Rafael Videla asuma el poder y se establezca la dictadura militar en el país, pero la persecución de sus oponentes políticos ya ha empezado. Ana es una militante fugitiva y en el refugio que le proporciona la casa del matrimonio Mariani-Teruggi en la ciudad de La Plata (la película está basada en hechos reales) se dedica a la imprenta clandestina de la revista Evita Montonera.
Alrededor de Laura, los compañeros de Ana crean una sensación de solidaridad y protección. En un principio todos se esfuerzan por presentarle todo como un juego. Laura necesita un nombre falso para pasar desapercibida, pero Ana, Diana (Paula Brasca) y Cacho (Patricio Aramburu) lo hacen parecer divertido.
El enfoque de la película, no obstante, es todo menos condescendiente. La directora Valeria Selinger ve a Laura, no como una inocencia infantil que debe protegerse a toda costa, sino como una niña curiosa que lentamente se construye una idea de cómo funciona el mundo a su alrededor, aun si hay cosas que inevitablemente están fuera de su comprensión.
En sus juegos, uno de verdad puede ver cómo funciona su mente; qué hay detrás de su fijación con el hombre que construye la pared falsa detrás de la cual se esconde la imprenta, o con la guapa vecina y su enorme colección de zapatos y vestidos. Cuando uno de sus descuidos hace que los adultos que viven con ella pierda la paciencia, la película nos hace sentir minúsculos como ella se sentiría, al mismo tiempo que nos permite entender la angustia mortal y el miedo que ellos mismos deben de sentir ante el inminente golpe de estado.
Detalles técnicos en la fotografía y la producción son fáciles de pasar por alto porque el concepto detrás de la película es fascinante y porque ésta se entrega con tanta atención al punto de vista de su protagonista. Al transmitir con compasión y empatía lo que se vivió ahí, La casa de los conejos nos hace sentir más intensidad lo que se perdió.