(Portrait de la jeune fille en feu; Céline Sciamma, 2020)

Existen pocas cosas más cinematográficas que la mirada. El mismo acto de consumir cine requiere de ella, lo mismo el de colocar una cámara para capturar la realidad. Es ella la que rige la lógica de la mayoría de las reglas del montaje. Quizá por esto muchas de las grandes películas se dedican a expandir las posibilidades de la mirada, o interrogar lo que damos por cierto de ella. Porque al final la mirada es un acto complejo; pero es difícil reconocerlo como tal porque es tan instintivo y fundamental. A partir de ella percibimos y desarrollamos un nivel de certeza sobre el mundo que nos rodea.

Retrato de una mujer en llamas es una película hecha fundamentalmente de miradas. Más que en muchas otras películas, la clave para interpretarla (no descifrarla) es preguntarse quién mira a quién. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Cuál es la intención detrás de cada mirada? ¿Qué sentimientos nacen de ella? ¿Qué recuerdos? ¿Qué ocurre cuando tratamos de plasmar lo observado? ¿Recreamos la realidad con fidelidad siguiendo normas y convenciones? ¿O dejamos en ello un poco de lo que sentimos o no sentimos?

Su secuencia inicial se compone de una serie de miradas. Las miradas de un grupo de mujeres jóvenes, retratando a su maestra de pintura Marianne (Noémie Merlant), con sus manos en una posición que llegaremos a reconocer más adelante. Los ojos de Marianne se distraen por una vieja obra suya, un cuadro de una mujer mirando hacia el horizonte con un pedazo de su vestido en llamas. Marianne pregunta cuál de sus alumnas la sacó, esforzándose por contener un sentimiento profundo.

La pintura desencadena un flashback que compone la mayor parte del resto de la película. Marianne llega a una isla. Después de un arduo viaje en bote y de caminar por playas rocosas y un amplio bosque cargando sus artículos de pintura, es recibida en una casona aislada. Ahí no parece haber nadie más que Sophie (Luàna Bajrami), una joven sirvienta. Marianne pasa la noche en sus fríos y fantasmagóricos interiores. Está ahí con el encargo de pintar el retrato de la joven Héloïse (Adèle Haenel), para que un noble milanés decida si ha de casarse con ella.

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La madre (Valeria Golino) le da instrucciones más detalladas. Héloïse no quiere casarse y por lo tanto se ha rehusado a posar otros artistas. Marianne, fingiendo que es solo una compañera para sus caminatas, ha de pintarla en secreto y sin que Héloïse se dé cuenta. La madre, difícilmente una villana, justifica este subterfugio razonando que es lo mejor para su hija. Es Francia en el siglo XVIII; fuera del matrimonio o el convento ¿qué otra vida le permitiría la sociedad?

Para cumplir su tarea, Marianne deberá recurrir a miradas robadas. La película, tan consciente de esto, convierte a Héloïse en motivo de suspenso. Como si su apariencia fuera algo precioso, una profunda revelación. La película se divierte con ello. Sabemos que ella tiene entre sus prendas un vestido verde y por un momento pensamos que la vemos caminar por los pasillos en él, hasta que la cámara se mueve, revelando a Sophie cargando el vestido para dejárselo a Marianne. Retrato de una mujer en llamas no es una película cómica, pero tiene uno que otro gag visual como éste; un sentido del humor sutil que nos empieza a sugerir la riqueza e interioridad que sus mujeres poco a poco revelan en su soledad, lejos de las expectativas de la sociedad.

Cuando Marianne ve a Héloïse por primera vez, es una figura fantasmal, bañada en sombras y cubierta por una capucha. Marianne camina detrás de ella por los terrenos de la casa; finalmente la capucha se le cae, revelando su cabello rubio y ondulado. Marianne la ve correr en dirección de un acantilado; piensa que quiere morir pero ella solo quiere ser libre, de las pocas maneras en que todavía puede. Y finalmente le ve su rostro.

Marianne la mira cuando la conversación lo amerita o cuando Héloïse no se da cuenta. Pero algo más nace de esas miradas, aun si Marianne no está segura de qué es. Eventualmente ella termina la pintura, pero en ese tiempo ha venido a desarrollar una verdadera conexión con ella, una simpatía y afinidad con su situación. La pintura es deshonesta, no sólo porque la hizo sin su consentimiento, conspirando para acabar casarla con un hombre que ella no quería. Pero también, como la misma Héloïse señala una vez que el engaño sale a la luz, Marianne nunca se esforzó por mirarla de verdad. Pintó lo que debía y no lo que sus sentidos le decían. La recreó como un producto para el hombre milanés que busca una bella y dócil esposa; le imprimió una sonrisa complaciente en lugar de su intensidad y cautela particulares.

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Las palabras de Héloïse son un desafío en más de una forma, por lo que Marianne decide sabotear la pintura. La madre está enfadada, pero le encarga un segudo cuadro porque, para su sorpresa, Héloïse accede a dejarse retratar por ella. Marianne y Héloïse (acompañadas de Sophie) se quedan en la isla mientras la madre sale a atender asuntos externos y es entonces que la película finalmente puede convertirse en la historia de amor que ha venido sugiriendo.

Pero tampoco se precipita a ello. Retrato de una mujer en llamas captura este deseo emergente como un proceso, no lento, pero sí gradual. Se ve en la forma en que Merlant y Haenel, dirigidas expertamente por Céline Sciamma, interactúan la una con la otra. El diálogo, también a cargo de Sciamma, es elegante, acorde con la época sin caer en lo rebuscado; preciso al mismo tiempo que abre la puerta a la ambigüedad y la interpretación. Sus intercambios se desarrollan con pausas entre cada línea, tiempo que es dedicado a la actuación no verbal y, por supuesto, a las miradas; en el que uno puede ver cómo sus mentes pasan de un pensamiento a otro y se convierten en lo que eligen decir o no decir. En esas pausas donde uno puede ver nacer algo más íntimo y profundo. Un deseo.

Y entonces la película se convierte no solo en una película sobre las miradas, pero también sobre las sensaciones. La directora de fotografía Claire Mathon le imprime a cada escena colores fuertes y profundos. Los paisajes de la isla cobran una vida propia, así como una sutil nostalgia. Cada beso y caricia que las dos eventualmente comparten se convierte en una eternidad electrizante. Cada instante se siente profundo, sensual y mutuo; precioso no solo por lo que pasa sino por lo que inevitablemente se convertirá. ¿Qué futuro tiene un romance como el de Marianne y Héloïse? No les queda más que seguir con sus vidas separadas. No obstante escogen tenerse por la brevedad que les queda, tener el recuerdo de la otra, una última mirada, aun si eso significa atormentarse con lo que es y lo que pudo ser.

★★★★★

Retrato de una mujer en llamas está disponible para renta y compra digital en Cinépolis Klic.