(Nobody; Ilya Naishuller, 2021)
Otro día para matar, la película por la que el guionista Derek Kolstead es mejor conocido, trata de un asesino retirado que regresa a los golpes y los tiroteos después de un altercado con un familiar de un mafioso ruso. Nadie, la película más reciente de Kolstead, trata de un asesino retirado que regresa a los golpes y los tiroteos después de un altercado con un familiar de un mafioso ruso. No hay nada de malo en seguir una fórmula, lo más importante es qué hace uno con ella. El problema con Nadie es que se siente menos como una nueva variación sobre un concepto familiar y más como un primer borrador rechazado.
Bob Odenkirk interpreta a Hutch Mansell, un oficinista de la empresa metalúrgica del padre de su esposa. Todos los días se levanta temprano para hacer ejercicio, se sirve su café, toma el autobús para llegar a su trabajo y en la noche regresa a su esposa Becca (Connie Nielsen) y sus dos hijos. Es una vida tranquila, si algo repetitiva. El montaje que abre la película muestra con un ingenioso armado cómo ésta se convierte en una monótona y desgastante rutina. Esto hasta que una noche una pareja se mete a su casa con la intención de robar, toman su reloj y algunos dólares y golpean a su hijo adolescente Blake (Gage Munroe). En algún momento Hutch tiene la oportunidad de golpear a uno de ellos con un palo de golf, pero se detiene en el último momento y los deja huir.
El día siguiente es un desfile de humillaciones. Su vecino y el hermano de su esposa fantasean sobre lo que hubieran hecho en su lugar; cómo con golpes o una pistola hubieran resuelto el problema. Hutch lo toma todo de manera estoica. Es hasta que su hija menor Sammy (Paisley Cadorath) menciona que los ladrones pudieron haberse llevado su brazalete de gatitos quees decide tomar cartas en el asunto. Nadie se toma su tiempo antes de mostrar la inevitable violencia. En su búsqueda, Hutch llega a un sitio de tatuajes donde hombres fornidos y armados se preparan para golpearlo hasta que uno de ellos lo reconoce y se esconde detrás de una puerta reforzada. Es un momento cómico bien ejecutado que en un principio sugiere (algo erróneamente) que la película tiene algo más en su arsenal que acción descerebrada.

Las secuencias de acción están en general bien llevadas a cabo y la primera de ellas es excelente. Después de confrontar a la pareja de ladrones y descubrir que tienen un bebé enfermo, Hutch se arrepiente y toma el autobús de regreso hasta que un grupo de hombres ebrios se sube y empieza a acosar a una joven. Habiendo rechazado la oportunidad de vengarse, Hutch descarga sus impulsos justicieros en ellos. Es aquí que la película revela que Hutch es un asesino entrenado y el director Ilya Naishuller lo hace sentir potente mostrando cómo los golpes conectan (en lugar de cortar para ocultar los huecos en la coreografía, como hacen muchas películas de acción) y colocando la cámara suficientemente cerca para convencernos de que es Odenkirk y no un doble de acción quien los está repartiendo y recibiendo.
La pelea se mantiene creativa porque deja que los combatientes jueguen con los elementos del autobús–Hutch golpea a uno de ellos con una barra para sostenerse, ahorca a otro para con un cable para pedir paradas al conductor–pero también permite mostrar un lado humano de Hutch ya que lo vemos cometer errores: se golpea con las partes del autobús y no ve cuándo uno de ellos le encaja un cuchillo. Hutch es una máquina de matar, pero una que está algo oxidada.
La pelea es, lamentablemente, un momento que la película nunca logra superar. La primera parte trata atribuirle a Hutch cierta ambigüedad moral: su gran momento justiciero no tiene que ver con reparar el daño o proteger a su familia, sino con volverse a sentir como un hombre en el sentido tradicional de la palabra. Una película más incisiva habría cuestionado sus motivos, Nadie simplemente le da alguien más malo con quien enfrentarse. Uno de los hombres del camión resulta ser el hermano de Yulian Kuznetzov (Aleksei Serebryakov), un mafioso ruso que ahora busca vengarse de Hutch.
Sobra decir que Odenkirk está sobrecalificado para el papel de Hutch. Por mucho tiempo conocido principalmente como actor cómico, Odenkirk brilló en su participación dramática en la serie Breaking Bad como el abogado sin escrúpulos Saul Goodman, tanto que su papel se expandió al protagónico de su propia serie Better Call Saul. Su personaje ha de ser uno de los más moralmente complejos de la llamada época de oro de la televisión. Uno no espera esa misma riqueza en una película de acción como ésta, pero el casting es astuto.

Aunque Odenkirk es apenas unos años mayor que Keanu Reeves, su personaje es radicalmente diferente a su John Wick, a pesar del ADN compartido por ambas películas. Vemos muy poco de la vida familiar de Hutch, pero su porte cuenta la historia de alguien que poco a poco se agota de una vida recorrida por pura inercia. En los momentos de acción, es intimidante a su manera, apoyándose en su lado más frío y confiado y soltando un poco de humor cuando se encuentra bajo presión.
El mayor problema con Nadie no es que es una película sobre reclamar la masculinidad mediante cantidades absurdas de violencia. Es que ni siquiera es un ejemplo muy bueno de ello. Su ingenio culmina con su elección de su estrella y el doble sentido de su título (se refiere a que Hutch es a la vez un oficinista y padre de familia como tantos y un asesino gubernamental ultrasecreto). Su sentido del humor se reduce a acompañar la violencia de jazz o swing y sus elenco de asesinos no tiene más personalidad que la novedad de ver a un matón ruso que también es negro, o al nonagenario Christopher Lloyd disparando una escopeta.
El presupuesto de la película también la pone en un lugar incómodo. Es muy pequeño como para permitirle hacer algo tan espectacular como las últimas películas de John Wick, pero tampoco es demasiado pequeño permitirle salirse con la suya con algo particularmente extraño, personal o fuera de lugar, como una película de explotación de antaño. Nadie es brutalmente eficiente en su capacidad de entregar una dosis más que saludable de puñetazos y balazos en poco más de hora y media. Pero el final deja una sensación hueca, no porque le falta una conclusión adecuada, sino porque en realidad no hay nada importante que merezca concluir. Nadie es una película tan anónima como si título sugiere.