En México, las salas de cine se encuentran abiertas de nuevo, pero la contingencia sanitaria por COVID-19 continúa. Si deciden ver Justicia implacable, o cualquier película en cines, asegúrense de seguir las recomendaciones de higiene y seguridad pertinentes.
(Wrath of Man; Guy Ritchie, 2021)
En esta época de consolidación mediática, donde los otrora grandes estudios cinematográficos vienen a convertirse tan solo en una parte más de algún conglomerado, uno busca en Hollywood las migajas de cine de autor que puede. Guy Ritchie no es un director que pueda decir que admiro mucho, pero la idea de ver una nueva película de él, incluso después de la insoportable Los caballeros, tenía cierto atractivo en estos tiempos desesperados. Una voz enfadosa sigue siendo una voz, después de todo.
La mayor sorpresa de Justicia implacable es que no solo es una película que terminé disfrutando, sino que es también una en la que los talentos de Ritchie están bien aplicados. En la que sus sellos no abruman el material sino que lo complementan. Se nota su marca, pero no su típica insistencia de demostrar que tiene una marca. Es una película enfocada y de pocas pretensiones, hecha con habilidad y me atrevo decir hasta madurez. El tono es inusual para él. Es una película sobre el submundo criminal, sobre los enredos de un numeroso elenco de personajes cuyas motivaciones se entrelazan, chocan y rebotan de maneras más o menos impredecibles. Pero en ninguna parte está su inmaduro humor negro o su frívola admiración por sus varios hombres duros.
Justicia implacable es la historia de un hombre duro, interpretado por un hombre duro que estuvo al centro de las dos películas que le dieron a Ritchie su renombre original. Jason Statham interpreta a Patrick Hill, quien al principio de la película empieza a trabajar en una empresa de transporte de valores. Pasa su capacitación sin pena ni gloria y se apega a las rutas en el camión blindado con una actitud estoica, que telegrafía su desinterés en hacer amigos. Sus compañeros, como suele ocurrir en las películas de Ritchie, tienen apodos jocosos. Están “Bullet” (Holt McCallany) y “Boy Sweat Dave» (Josh Hartnett). Patrick recibe el mote simple de H y se integra sin hacer una gran impresión. Esto hasta que en una entrega, Bullet es tomado rehén por unos asaltantes que buscan quedarse con el contenido completo del camión. Dave entra en pánico, pero H, con absoluta calma, provoca a los asaltantes antes de eliminarlos uno a uno con extrema precisión. H se convierte en una sensación dentro de la compañía, pero algunos, como su jefe directo Terry (Eddie Marsan) empiezan a hacerse preguntas sobre el misterioso héroe que acaba de integrarse a sus rangos.
La respuesta es un misterio con el que la película juega, a veces enredándose de más. La intriga a su alrededor motiva mucho de la primera parte. Aquí Ritchie recurre, como en muchas películas anteriores, al flashback. Los saltos revelan esta y otras piezas de información clave, pero también le roban cierta propulsión a la narrativa porque no hacen mucho más que explicar cosas que ya vimos, o preparar el desenlace colocando piezas que en el momento parecen no llevar a ninguna parte. El tono no ayuda mucho a volver todo esto entretenido. Se apoya tanto en la música de Chris Benstead, un rugido ominoso de cuerdas graves, que éste se vuelve monótono y redundante.

Pero los numerosos personajes introducidos, y sus cada vez más complicadas relaciones, crean la semblanza de una historia rica en la que distintas líneas se cruzan y un mundo criminal que se extiende más allá de lo que vemos. Y el tono serio y a ratos sombrío, contribuye a una idea mayor sobre sus personajes, H en particular. Están tan comprometidos a sus vidas de crimen y violencia que cualquier gesto de emoción se sentiría fuera de lugar. Incluso la venganza parece menos una pasión que una obligación o necesidad. Y es la misma crueldad del mundo que habitan lo que hace de esta actitud un requisito para sobrevivir. El casting de Statham es particularmente acertado. Como actor nunca ha explorado más allá de un rango limitado, pero es un rango que domina. Su rostro se mueve poco pero no es inexpresivo: transmite una fría determinación, una calma profunda y hasta preocupación y nostalgia en los momentos indicados.
Ritchie, a quien frecuentemente y no sin razón se le compara con un director como Quentin Tarantino, ha hecho su equivalente a Los ocho más odiados, una película en la que la mezquindad y la desconfianza juegan un papel más protagónico que la sacudida visceral o humorística provocada por la violencia. Justicia implacable no está, por supuesto, libre de violencia. Y aunque ésta es limitada, está bien ejecutada y empleada. El clímax destaca menos por la intensidad de los disparos o las persecuciones, sino por el ritmo y la forma en que entrelaza a los numerosos personajes involucrados en un elaborado plan. Eso y su ambientación en Los Ángeles invocan gratas memorias de Fuego contra fuego de Michael Mann.
Justicia implacable está atorada entre el pasado y el futuro de Hollywood de otra manera peculiar. La película es una coproducción de Miramax y MGM; el primero empezó como el estudio independiente fundado por los hermanos Weinstein y es ahora propiedad parcial del grupo qatarí beIN y ViaCom CBS, la última también la empresa matriz de Paramount; mientras que MGM, cuyos orígenes se remontan al final de la era silente del cine, acaba de ser adquirida por el gigante de la tecnología Amazon. El valor de este último acuerdo, según el vicepresidente de Prime Video y Amazon Studios Mike Hopkins, se encuentra en las películas y series de televisión que MGM ha producido a lo largo de su historia. Otra peculiaridad de la época de la consolidación mediática es la obsesión con marcas familiares, con un éxito pasado ya comprobado. Justicia implacable puede no ser extraordinaria, o tener un punto de venta más grande que el nombre de Ritchie, pero su existencia se agradece, pues es un tipo de película que cada vez es más la excepción que la norma.