En México, las salas de cine se encuentran abiertas de nuevo, pero la contingencia sanitaria por COVID-19 continúa. Si deciden ver Cruella, o cualquier película en cines, asegúrense de seguir las recomendaciones de higiene y seguridad pertinentes.


(Cruella; Craig Gillespie, 2021)

Uno de los conceptos más difíciles de definir en la cultura pop es el camp, aunque la referencia más útil se encuentra quizá en el trabajo de la escritora estadounidense Susan Sontag. Para Sontag, el camp, más que un estilo, es una sensibilidad que tiende a lo extravagante y al artificio; el mundo filtrado a través de la pura estética. El camp ve el mundo en comillas, como una interpretación teatral. Se parece al cinismo y a la ironía, pero en el fondo cree en el poder de sus convicciones dramáticas. Aspira a la seriedad y se convierte en camp precisamente porque no logra satisfacerlas del todo.

Cruella seguramente no es la primera película de Disney que pueda llamarse camp, pero es quizá la primera que lo usa como referencia y trata deliberadamente de emularlo. De ahí se deriva su mayor problema. Su narrativa teje emociones mezquinas y fáciles de entender en una telenovelesca serie de giros en la trama y su realización una mezcla incoherente y desarticulada de estilos (un lustroso y pulido musical de gran presupuesto; la provocación anti-sistema del punk). Pero hay límites a lo que puede hacer y esos límites están por supuesto dictados por su mandato corporativo. Aunque Mickey Mouse se vista de drag, de punk o de rockero glam, Mickey Mouse se queda.

El camp se caracteriza por un nivel de ambición que frecuentemente supera sus capacidades. Como sustituto de ambición, Cruella tiene un arsenal de talento que solo cien o más millones de dólares pueden comprar. Se pueden decir muchas cosas malas sobre Cruella, pero no se puede decir que no tiene pedigrí. Es dirigida por Craig Gillespie, cuya película Yo, Tonya, biografía de la patinadora sobre hielo Tonya Harding, le valió a Margot Robbie su primera nominación al Oscar. Tiene un diseño de vestuario a cargo de Jenny Beavan, quien obtuvo dos premios de la Academia por películas tan dispares como la pieza de época de James Ivory Un romance indiscreto y la ciencia ficción apocalíptica de George Miller Mad Max: Furia en el camino. También reúne de nuevo a la actriz Emma Stone con el guionista Tony McNamara, ambos partes fundamentales del retrato que Yorgos Lanthimos hizo de una rivalidad por los afectos de la reina Ana de Inglaterra en La favorita.

Gillespie, Beavan, Stone y McNamara parecen haber sido convocados con la rígida instrucción de replicar aquello por lo que eran más conocidos. Stone y McNamara para darle drama y humor a una historia dos mujeres decididas a destruirse mutuamente. Beavan para entregar vestuarios extravagantes y de energía vagamente caótica. La aportación de Gillespie no es más que una copia de una copia. Cruella diluye aun más su competente imitación de Martin Scorsese, saturando sus dos horas y cuarto (dura apenas doce minutos menos que Buenos muchachos) con narración y música de los Rolling Stones en un intento de sugerir alguna complicada psicología criminal.

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El problema con Cruella no es que es una mala película, sino que es mala de maneras profundamente aburridas. Toma una idea absurda, pero su ejecución solo revela las motivaciones mercenarias detrás de ella. Cruella, como su título lo sugiere, es una especie de spin-off de 101 Dálmatas; efectivamente una precuela a la adaptación de acción viva de la película animada basada en el cuento de Dodie Smith. Es la historia de origen de la villana Cruella de Vil, la diseñadora de modas que trató de convertir a los héroes caninos de aquella película en un abrigo de piel. Aquí la conocemos como una joven antiheroína que trata de balancear su sueño de una carrera en la moda con un trauma y una venganza personales. Considerando que en 2019 Disney entregó un remake de El rey león que era prácticamente una recreación cuadro por cuadro pero en animación por computadora de la película original, Cruella cuenta como una de las cosas más atrevidas que Disney ha hecho con su masivo catálogo de propiedades intelectuales.

Cruella, en sus actuaciones, su vestuario y su narrativa, trata desesperadamente de ser camp. Se ve en las actuaciones de Stone y Emma Thompson, quien interpreta a la Baronesa, una diseñadora de modas mayor que empieza como su mentora y después su rival. Ambas exageran las patologías de sus personajes y manifiestan sus igualmente inflados egos con una parodia de absoluta confianza. Se ve en los vestuarios que, menos que vestidos, aspiran a ser espectáculos en su propio derecho. Se ve en el guion que trata de encontrar una explicación dramática y profunda a los elementos más triviales de Cruella: sus secuaces Gaspar (Joel Fry) y Horacio (Paul Walter Hauser, robándose cada minuto en pantalla como hizo en Yo, Tonya), su desprecio de los perros dálmata, su cabello blanco y negro, su automóvil y otros detalles que seguro me estoy perdiendo por no recordar adecuadamente la película original.

Pero el producto final se siente hueco, en parte porque uno puede sentir a los actores riéndose de cada diálogo que sale de ellos (el camp, dice Sontag, al final es generoso y tierno, “se deleita en lugar de juzgar”), en parte porque la película nunca es tan espectacular como debería. Como tantas películas contemporáneas de Disney, parece haber sido filmada con un ojo hacia la practicidad, a apegarse a un modelo cómodo y comprobado de fotografía, edición y efectos visuales. Los cuadros se limitan mucho a los personajes, usan lentes muy cerrados o con muy poca profundidad de campo; uno tiene que escanear los cortos planos de establecimiento para de verdad apreciar los vestuarios y el diseño de producción de un Londres que parece pasar de los vibrantes “swinging sixties” a la decadencia urbana del punk de un momento a otro. Hay un plano secuencia que nos lleva de las calles a los mostradores y pasillos de una lujosa tienda que parece moldeada en el famoso plano secuencia de Buenos muchachos, pero la cámara se desplaza con demasiada rapidez; en lugar de querer deleitarnos con la decoración y el movimiento, parece apurada por terminar esta hazaña técnica. ¿Es demasiado pedir que la película sea tan extravagante y salvaje como su protagonista dice ser? Cruella no es ni mala ni buena, pero tampoco es camp.


★★1/2