En México, las salas de cine se encuentran abiertas de nuevo, pero la contingencia sanitaria por COVID-19 continúa. Si deciden ver Una ronda más, o cualquier película en cines, asegúrense de seguir las recomendaciones de higiene y seguridad pertinentes.
(Druk; Thomas Vinterberg, 2021)
“¡Por el alcohol, la causa y la solución de todos los problemas de la vida!”
– Homero Simpson
Una ronda más de Thomas Vinterberg es de las películas más francas que se han hecho sobre nuestra complicada relación con el alcohol. Esto porque nunca parece tener una agenda o predisposición; se trata de un grupo de amigos que deciden hacer del alcohol una parte central de sus vidas y en su mayoría se siente como únicamente eso, como una serie de encuentros entre personas que se sienten reales y familiares. La película es una sorpresa porque tantas películas nos invitan a pensar en el alcohol de manera simplista, moral y condescendiente, una extensión del mensaje se repite socialmente. Hablamos del alcohol enfatizando sus propiedades adictivas, su carácter de vicio. Sus efectos inmediatos en nuestras capacidades cognitivas y las secuelas a largo plazo en nuestro cuerpo; el peligro de conducir en estado de ebriedad, de la cirrosis, etc. Pero precisamente por su capacidad de desinhibir, de ahí el mensaje contrario del alcohol como lubricante social. Como aquello que nos permite bajar la guardia y acercarnos a otros con mayor comodidad; entumecer las emociones que no queremos sentir en ese momento o hacer esas cosas gratas a las que no nos atreveríamos en otras circunstancias.
Ninguna versión es más cierta que la otra; lo más seguro es que la verdad se encuentre en algún lugar intermedio, o que englobe los dos extremos. Una ronda más habita cómodamente este espacio. La película sigue a un grupo de amigos cercanos, colegas maestros de una misma escuela. Martin (Mads Mikkelsen) da clases de historia, Peter (Lars Ranthe) de música, Nikolaj (Magnus Millang) de psicología y Tommy (Thomas Bo Larsen) es entrenador de fútbol. Los cuatro comparten el tener dificultades para motivar a sus estudiantes, entre otros problemas en sus vidas personales. En una cena para celebrar el cumpleaños 40 de Nikolaj, aparece como tema de conversación el filósofo noruego Finn Skårderud, específicamente su aparente teoría de que el ser humano nace con un déficit de alcohol del 0.05 por ciento. Es una idea que les parece atractiva aunque se trate en realidad de una malinterpretación de lo que él escribió. En los días siguientes los cuatro deciden poner a prueba la hipótesis tomando cada día desde temprano, en un principio solo lo suficiente para llegar a este moderado estado de ebriedad.

La trama entonces toma la forma de una crónica de los resultados de este experimento, algo así como un estudio antropológico. Inicialmente vemos cómo el alcohol los hace efectivamente más relajados y creativos. Martin, quien antes tenía problemas para hilar sus ideas en clase y hablar con confianza frente a sus estudiantes, los entretiene relatando los hábitos alcohólicos de algunos líderes mundiales (una tangente involucra un montaje de distintos líderes de estado bebiendo o actuando bajo la visible influencia del alcohol en el que Felipe Calderón está escandalosamente ausente). Lo mismo es cierto para sus compañeros, que igualmente idean métodos más creativos para enseñar o conectan en un nivel más humano con sus pupilos.
Tanto como una película sobre el alcohol, Una ronda más es una película sobre la juventud; la idea que sus personajes de mediana edad tienen de ella, pero también su relación con sus estudiantes que la viven en ese momento. A medida que el experimento empieza a dar resultados positivos y deciden aumentar la dosis, éste se convierte en una forma de regresar a ese estado eufórico y despreocupado. Éste la película lo captura desde su secuencia de apertura, que muestra una competencia en la que los jóvenes a punto de graduarse forman equipos para correr alrededor del lago al mismo tiempo que se terminan una caja de cerveza. Es este frenesí y liberación el que sus protagonistas mayores parecen querer capturar. Pero una idea que emerge de manera paralela es que, a medida que maestros y estudiantes crecen, se empiezan a ver menos como extremos opuestos en una relación de autoridad y más como iguales que vienen a reconocer su humanidad mutua. Al final, se trata menos de emular la juventud que de hacer paz con el paso del tiempo.
Una ronda más se siente tan vibrante y vivida porque Vinterberg, uno de los fundadores del Dogma 95, utiliza en ella los principios del movimiento aun si no se apega a todas sus restricciones. La cámara se mueve con una energía juvenil en su secuencia de apertura y con una temblorosa ansiedad durante los momentos más críticos de sus protagonistas. Apunta más al naturalismo que al realismo, y evita muchos clichés visuales aunque la película parece hecha totalmente con cámara en mano: los primeros planos con poca profundidad de campo se intercalan con otros más construidos, con distintas acciones simultáneas.

Al final el alcohol es tratado, no como una fuerza que corrompe ni como una metáfora para los vicios morales de sus personajes. No es una cura de la aburrida mediana edad ni tampoco un atajo a la iluminación. El estigma hacia su consumo inevitablemente juega un papel, primero con cierto sentido del humor: Martin, Peter, Nikolaj y Tommy tienen que esconder el experimento de sus familias y mirar a otro lado cuando la dirección escolar empieza a hacer preguntas sobre las botellas que empiezan a aparecer en sus instalaciones. Uno se siente inclinado a reírse al lado sus protagonistas, pero no a ver las preocupaciones de otros como huecas. El alcoholismo no es una inevitabilidad, pero sí es una posibilidad. Nuestra relación con la bebida es un reflejo de nuestras propias fallas, fallas que no son iguales para todos, pero que todos tenemos.
Hablar de la película se ve complicado por el hecho real del fallecimiento de Ida Vinterberg, hija del director, en un accidente automovilístico antes de la conclusión de la película. Los comentarios posteriores de Vinterberg revelan su influencia durante el proceso creativo. Cómo las experiencias de ella con la cultura del alcohol en la juventud danesa inspiraron parte del contenido y cómo fue ella quien finalmente lo motivó a hacer la película. Una ronda más originalmente iba a incluirla en el papel de la hija de Martin; en su estado final, fue filmada parcialmente en el salón de clases de ella y con la participación de sus compañeros. También está dedicada a su memoria.
Aunque el guion al parecer fue completado antes de su accidente, es un bello y apto tributo de un padre a su hija: desde su diálogo constante entre la adultez y la juventud, a su mirada a los distintos procesos de duelo que experimentan sus personajes (no necesariamente hacia una persona; a veces hacia las vidas que en algún momento imaginaron tener, pero que las circunstancias impidieron) para finalmente encontrar una medida de consuelo. El alcohol, por supuesto, no es la respuesta porque preguntas como ésta nunca tienen una sola respuesta. Pero sí tiene un lugar. El final de la película, elevado por el carisma y energía de Mikkelsen deja a uno con la sensación de que, a pesar de su complicado bagaje, Una ronda más es una celebración de la vida. Qué vida. Qué bella, bella vida.