En México, las salas de cine se encuentran abiertas de nuevo, pero la contingencia sanitaria por COVID-19 continúa. Si deciden ver Viejos, o cualquier película en cines, asegúrense de seguir las recomendaciones de higiene y seguridad pertinentes.


(Old; M. Night Shyamalan, 2021)

Hubo un tiempo, algunos años atrás, en el que una nueva película de M. Night Shyamalan era un evento cinematográfico. El protegido, Señales y La aldea capturaron la atención de aquellos que esperaban un atmosférico y tenso thriller con un giro final asombroso como el de su éxito revelación El sexto sentido. Y hubo un tiempo, no mucho después, en el que una nueva película suya era recibida con nada menos que hostilidad. La dama en el agua, El fin de los tiempos, su adaptación de la aclamada serie animada de Nickelodeon El último maestro del aire y Después de la Tierra fueron recibidas como los disparates de un cineasta alguna vez excelente o como ejemplos de lo peor que el cine tenía que ofrecer.

En años más recientes, Shyamalan ha desarrollado una reputación menos hiperbólica y más congruente con sus verdaderos talentos.  Los huéspedes, Fragmentado y Glass nunca fueron la obra de un mesías del cine comercial ni lo peor que le haya pasado a éste. Fueron magras y eficientes películas de suspenso; ocasionalmente astutas y refrescantes por la creatividad que los presupuestos limitados parecían estimular en él (Jason Blum, reconocido por convertir películas de terror de unos pocos millones de dólares en éxitos internacionales, fue uno de los productores de éstas tres).

Viejos encaja perfectamente en esta etapa de su carrera. Tiene un amplio elenco de rostros reconocibles, pero la verdadera estrella es el gancho sobrenatural de su premisa. Como muchas de sus películas, éste se puede explicar en pocas palabras, pero gran parte del placer es verlo cobrar forma. El inicio ve a Guy (Gael García Bernal) y Prisca (Vicky Krieps) Cappa llegar con su hijo de seis y su hija de once, Trent (Nolan River) y Maddox (Alexa Swinton), a un hotel paradisíaco en una costa tropical. Desde el principio son colmados de lujos y atenciones; no sabiendo qué hacer entre tantas posibilidades, el gerente (Gustaf Hammarsten) los invita, junto con otros huéspedes selectos, a una playa aislada que es parte del complejo. Se les une Charles (Rufus Sewell), un doctor que viene acompañado de su madre Agnes (Kathleen Chalfant), su esposa Chrystal (Abbey Lee) y su hija pequeña Kara (Kyle Bailey). Más adelante llegan Patricia (Nikki Amuka-Bird) y Jarin Carmichael (Ken Leung), otra pareja.

Los adultos cargan con sus pleitos personales, no obstante los niños se la pasan de maravilla. Pero señales ominosas aparecen una a una: primero descubren a Mid-Sized Sedan (Aaron Pierre), un rapero con sangrado en la nariz que dice que su compañera se encuentra desaparecida y después Agnes empieza a tener síntomas severos que parecen derivarse del pánico. Revelar la causa no es decir mucho; ya lo dijeron el tráiler y los memes que han proliferado cerca de su estreno (éste es mi favorito). Por una extraña ocurrencia geográfica, la playa hace que las células de sus cuerpos envejezcan a un ritmo mucho más acelerado. En cuestión de algunas horas Trent, Maddox y Kara han llegado a la adolescencia (ahora interpretados por Alex Wolff, Thomasin McKenzie y Eliza Scanlen, respectivamente).

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La premisa es definitivamente absurda, pero Shyamalan es astuto al no tratar de aterrizarla en el naturalismo, sino en su propia realidad excéntrica que hace que los saltos de lógica aterricen con más suavidad. ¿Es lo que está pasando científicamente posible? Seguramente no, pero la explicación es entregada con una confianza que nos hace pensar que no importa. La rigidez de las actuaciones nos predispone inconscientemente a que algo salga mal y sugiere que sus personajes ocultan algo, cosa que es verdad para más de uno. El director de fotografía Mike Gioulakis hace una dupla extraordinaria con Shyamalan, construyendo tomas que inquietan, ya sea por su inmovilidad o su frenético movimiento. Hay usos de la dioptría dividida que no cumplen función más que sacarnos de nuestra vista normal. Los personajes frecuentemente se colocan en sitios que generan composiciones incómodas, pero estas frecuentemente tienen una lógica perversa; el corte que finalmente revela a los niños como adolescentes aterriza con una fuerza brutal.

Con estos elementos a su disposición, Shyamalan nos lleva a través de una secuencia prolongada de psicosis colectiva, a medida que los síntomas se vuelven más severos y salir de la playa una imposibilidad cada vez mayor. Pero el terror se deriva, no solo de los efectos físicos de la playa, sino también de la incertidumbre, de sus intentos infructíferos de procesar lo que pasa. La desesperación de que cada momento empeora su situación en maneras que no pueden notar hasta qué éstas se vuelven devastadoras e irreversibles.

La ambientación le da a Shyamalan varias oportunidades para mostrar su destreza con distintas situaciones de horror y suspenso. Uno de sus personajes trepa un acantilado tratando de escapar, otro se torna violento y usa un cuchillo para atacar a los demás, hay una cirugía improvisada que promete horror corporal (que la película finalmente se rehúsa a mostrar, robándole algo de su impacto), también un lento escape en el interior de una cueva oscura sin nada más que fósforos para orientarse. Cada una de estas secuencias es complicada de manera ingeniosa y entretenida por las reglas de la playa.

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Pero lo que finalmente hace a Viejos tan especial es que Shyamalan está operando, no solo como un hábil técnico cinematográfico estirando sus músculos en el horror y el suspenso, sino como padre y esposo. Las emociones están cuidadas tanto o más que los sustos y horrores. Particular atención se le presta al punto de vista de los niños. Desde temprano, la película sugiere que la relación de Guy y Prisca va camino a la separación; los dos discuten a puerta cerrada, esperando el fin de las vacaciones para darles la noticia de su separación, no sabiendo que los dos están del otro lado de la puerta, escuchando atentamente abrazándose el uno al otro, esperando lo inevitable.

Detalles como éste agregan mucho. Gracias a esto, la película es capaz de anclar el miedo de sus personajes en un sentir más profundo. Cuando el miedo inmediato se disipa, éste da lugar a reconfortantes pero sinceras observaciones sobre la familia y el paso del tiempo. El afecto incondicional de los padres que trasciende problemas domésticos y secretos que arrastran a cada momento. Y es que más que el peligro sobrenatural, lo que le da un ancla a la película es la preocupación por la seguridad de sus hijos y los interludios en que se enfrentan a etapas de la madurez que en circunstancias normales les tomarían varios años. Los hijos, mentalmente niños, se apuran a través de estas etapas guiándose por sus respectivas ideas de lo que es ser adulto (las actuaciones de Wolff, Scanlen y McKenzie siempre brillan con la inocencia infantil).

Viejos funciona mejor cuando no trata de ser más astuta que su público. Sus momentos de mayor ingenio emergen de manera orgánica y hasta los más cursis tienen una burda y simpática sinceridad. Shyamalan raras veces captura los matices del comportamiento humano (ni tampoco parece muy interesado en ellos) pero sí las emociones que están debajo de la superficie. Siendo una película de él, eventualmente sucumbe a un final que, aunque juega limpio con las reglas establecidas previamente, en realidad añade poco emocionalmente. Pero es un momento característicamente suyo, apto para una película en la que su voz se siente de principio a fin. Es imperfecto, pero uno lo espera con ansias; sin él, Viejos no sería del todo una película de M. Night Shyamalan.


★★★1/2