En México, las salas de cine se encuentran abiertas de nuevo, pero la contingencia sanitaria por COVID-19 continúa. Si deciden ver Candyman, o cualquier película en cines, asegúrense de seguir las recomendaciones de higiene y seguridad pertinentes.


(Candyman; Nia DaCosta, 2021)

Candyman de Nia Dacosta contiene una visión únicamente urbana del horror. Su monstruo titular nace en la ciudad y de ella deriva su poder. Esta fascinación queda clara desde el principio con los inquietantes créditos de apertura, que con una simple decisión creativa nos muestran los edificios de Chicago como imposiblemente altos, atravesando más allá del cielo nublado. La idea de la ciudad como una máquina que trasciende la escala humana es transmitida poniendo de cabeza a estos típicos símbolos del progreso.

Como la película original de 1992 (a su vez basada en la historia de Clive Barker), esta nueva versión gira alrededor de Cabrini-Green, un complejo de viviendas de interés social que existió en el verdadero Chicago; fue construido entre 1942 y 1962 y parcialmente demolido entre 1995 y 2011. Pero el aparente fracaso de Cabrini-Green, así como su reputación como un sitio de crimen violento, pandillas y condiciones de vida inhumana, no puede atribuirse en realidad a sus residentes de mayoría negra. Lo cierto es que Cabrini-Green, como otros proyectos similares, tuvieron todo en contra desde el principio: las autoridades que los construyeron hicieron poco para mantenerlos; su mismo diseño parecía querer separar a quienes vivían ahí de las partes blancas de la ciudad. El consenso histórico es que hicieron poco para acabar con la insalubridad y segregación a la que buscaban responder.

La película de DaCosta añade una nueva dimensión que responde al cambiante contexto de la ciudad: la gentrificación. Su protagonista es Anthony McCoy (Yahya Abdul-Mateen II), un artista que vive con su novia Brianna (Teyonah Parris) en un espacioso apartamento en el centro de la ciudad. Ambos tienen carreras prometedoras y son socialmente móviles. Aunque ambos son negros, como artistas encajan también en el perfil de los adultos jóvenes que llegan a glamorizar y elevar las rentas de espacios previamente marginados.

El guion, a cargo de DaCosta, Win Rosenfeld y el productor Jordan Peele, comparte elementos temáticos con la filmografía previa de este último. Como los protagonistas de ¡Huye! y Nosotros, Anthony se siente al mismo tiempo enajenado y atraído por las expectativas de éxito de una sociedad en su mayoría blanca. Frustrado ante su propia falta de inspiración, Anthony busca las bases de su próximo proyecto en una leyenda urbana que surgió en Cabrini-Green. Deambulando por las casas abandonadas que quedan en la zona, Anthony se encuentra con William Burke (Colman Domingo), el dueño de una lavandería cercana que le cuenta la historia de Candyman. Sherman Fields (Michael Hargrove), un hombre local identificado por el garfio en su brazo derecho, regalaba dulces a los niños del área hasta ser acusado de poner una navaja en el de una niña. Su inocencia fue finalmente demostrada, pero no antes de que la policía lo matara a golpes. Es un relato que concilia las caras opuestas de Cabrini-Green: un vecindario infame por su violencia e inseguridad y también una comunidad en la que niños y familias trataban de llevar vidas más o menos normales.

También uno que Anthony encuentra fascinante o por lo menos convincente para el dueño de la galería en que trabaja Brianna. Existe un comentario astuto, casi referencial, en que Anthony decida convertir esta historia de violencia racista en un bien de consumo para una élite acomodada. Él, un artista negro, busca el reconocimiento creando una pieza que reafirme los prejuicios de los espectadores blancos. La película añade un giro inteligente: la crítica de arte que se acerca a observar su obra, Finley Stephens (Rebecca Spence), puede ser blanca, pero no queda nada impresionada; instantáneamente ve a través de sus intenciones–un detalle arquitectónico adicional es que Finley vive en Marina City, un atractivo complejo de edificios construido entre 1961 y 1968 para contrarrestar la salida de residentes blancos del centro de Chicago; casi una versión espejo de Cabrini-Green.

En la dirección, DaCosta parece valorar la quietud y la atmósfera más que los destellos de violencia, y la película de principio a fin está llena de planos bien pensados. Particularmente efectivo es su uso de los espejos: estableciendo desde el principio que Candyman puede manifestarse de manera sobrenatural diciendo su nombre cinco veces frente a un espejo, la película se apoya en ellos de manera recurrente. Uno responde a sus apariciones con el apropiado sobresalto, pero no menos inquietante es el suspenso previo.

Candyman tiene varias buenas ideas, pero finalmente sucumbe a una falta de enfoque. Su guion hace poco con los elementos que plantea y varios de sus hilos argumentales quedan en el aire. Una desviación a un grupo de niñas de preparatoria que deciden invocar a Candyman da lugar a una escena de suspenso y terror que funciona de manera aislada, pero que no logra justificar su lugar en la historia. Las reglas que rigen a su monstruo tampoco tan claras como en la película original, aun cuando la nueva versión dedica segmentos prolongados a tratar de explicarlo. El cómo y por qué mata se pierde en una constante avalancha de flashbacks animados y referencias que tratan de reforzar una mitología compartida. Pero donde la película verdaderamente tropieza es en sus propios personajes. El conflicto de Anthony sintetiza varias de las tensiones alrededor de la clase y la raza en Estados Unidos a través de la familiar pero efectiva historia de un artista que sucumbe a la ambición y a la locura. Pero hacia el final, muy abruptamente se convierte en el peón de alguien más y cede la batuta del protagonista a otro personaje. Lo que sea que la película trató de decir en un principio inevitablemente pierde su fuerza.


★★★