En México, las salas de cine se encuentran abiertas de nuevo, pero la contingencia sanitaria por COVID-19 continúa. Si deciden ver Titane, o cualquier película en cines, asegúrense de seguir las recomendaciones de higiene y seguridad pertinentes.
(Titane; Julia Ducournau, 2021)
Es difícil hablar de Titane sin primero mencionar su elemento más escandaloso y llamativo: es una película en la que una mujer tiene relaciones sexuales con un automóvil y posteriormente se embaraza. Pero más importante que esta singular decisión narrativa es lo que hay detrás de ella, el porqué y lo que parece querer expresar. Titane es el segundo largometraje de la directora francesa Julia Ducournau. Su ópera prima fue Voraz, otra película en la que el cuerpo de una joven se inclinaba compulsivamente a comportamientos tabú que servían como excelente gancho para una provocadora película de terror–en su caso, una joven recién ingresada a la universidad orillada hacia el canibalismo. Su cortometraje Junior, hecho antes que ambas películas, retrataba los cambios de la pubertad mostrando a su joven protagonista en un grotesco maquillaje prostético.
Titane continúa esta preocupación con el cuerpo femenino y la forma en que éste es percibido por la misma mujer y por otros. Su prólogo nos presenta a su protagonista Alexia (Adèle Guigue) como una niña de siete años, molestando a su padre (Bertrand Bonello) mientras conduce. Ella patea el asiento, él se distrae y termina chocando. En el hospital, imágenes gráficas nos muestran cómo a Alexia le colocan una placa metálica en la cabeza, arriba del oído derecho. Saliendo, ella abraza el carro, como agradecida. Podemos inferir una relación tensa entre padre e hija, incluso un marcado rechazo de ella hacia él, y una especie de salvación en la figura del auto.
Varios años después, Alexia (Agathe Rousselle la interpreta de joven adulta), es una bailarina en un espectáculo de automóviles. Un prolongado plano secuencia nos la muestra a ella y a sus compañeras bailando en apretados y reveladores vestuarios sobre la carrocería de autos modificados para un público principalmente masculino. Esta primera parte introduce la idea del cuerpo femenino como un objeto por la atención masculina–tanto los autos como las mujeres están en el espectáculo para consumirse con la mirada.
No hay reconocimiento de la humanidad de ellas: saliendo del espectáculo, un aficionado que dice estar enamorado de Alexia la sigue a su auto y la besa contra su voluntad. Ella responde apuñalándolo mortalmente con el palillo de metal que usa para detenerse el cabello. Bañándose después del incidente, Alexia parece invocada por uno de los autos; como poseída, ella se sube al asiento trasero y tiene lo que la película establece como relaciones sexuales con él.

Para este punto, la película ha venido a asociar la intimidad humana con la violencia, una invasión del espacio personal de Alexia al que ella responde con venganza. Alexia sale con Justine (Garance Marillier, en el papel de un personaje con el mismo nombre que los que interpretó en Voraz y Junior, curiosamente), una de sus compañeras con la que empezó a hablar en las regaderas. Van a casa de Justine y se besan, pero Alexia parece menos interesada en ella que en su dolor y en la sensación del metal en su cuerpo. Pasa de morder el arete en uno de sus pechos a matarla junto con sus compañeros de casa. Es una secuencia no carente de humor: en el fondo suena una canción pop en italiano que choca con la brutalidad de lo que pasa; en algún momento Alexia luce cómicamente frustrada cuando, de la casa que parecía vacía, salen otras personas una por una.
Alexia sospecha y finalmente se convence de que está embarazada. Éste, por supuesto, no es un embarazo cualquiera: sufre de mareos y ve crecer su vientre, pero también empieza a secretar un líquido negro que parece aceite de motor usado. Se da a la fuga. Consciente de que está siendo buscada y de que su retrato hablado está circulando en los medios, Alexia decide asumir la apariencia e identidad de Adrien, un niño que lleva varios años desaparecido y que para entonces tendría más o menos su edad. Se corta el cabello, se venda el vientre y el pecho y se azota la nariz contra un lavabo. Con el moretón, logra parecerse a cómo se vería el muchacho.
El engaño funciona demasiado bien, pues Vincent (Vincent Lindon), el papá de Adrien, está convencido de que está reencontrándose con su hijo después de tantos años. Vincent carga con sus propios problemas. Es jefe de bomberos, una profesión de por sí demandante y estresante. Aproximándose a la tercera edad, se inyecta esteroides para retrasar el envejecimiento; los moretones en su glúteo derecho delatan su hábito. Más adelante vemos que está separado de la madre de Adrien, quien por lo menos parece tratar de salir adelante después de la trágica desaparición del niño, escogiendo no vivir en una casa llena de recuerdos. Vincent pone a la joven que piensa que es su hijo a seguir sus pasos, entrenándola con el resto de sus subordinados. Ellos interpretan su silencio y su mirada perdida como señales de trauma, les toma tiempo encontrar algo inusual.

Titane trata este complicado planteamiento con una sensibilidad humana y un enfoque táctil. La violencia y los enredos de la trama sirven como punto de entrada a un estudio comparativo de los distintos comportamientos que se les enseñan a hombres y mujeres; en Alexia/Adrien, encuentra a alguien que no encaja en ninguno de los dos, pero los navega como puede. El plano secuencia en el espectáculo automotriz contrasta con una escena posterior en la que Vincent, Alexia como Adrien y los demás bomberos bailan en celebración, pues no cargan la misma tensión y rigidez. Las mujeres bailaban complicadas coreografías para el entretenimiento de otros, ellos bailan con soltura para el placer de ellos mismos. Quizá porque él ve a un hombre y no a una mujer, Vincent le extiende a Alexia/Adrien una simpatía que no veíamos con su propio padre.
La relación entre Alexia y Vincent podría haber tomado muchas direcciones, sobre todo una vez que el engaño se empieza a deshacer, pero termina siendo más tierna y sincera de lo que uno esperaría dado el shock value inicial de la película. Titane entiende lo solos e incompletos que se sienten en sus respectivas vidas; es a medida que reconocen esto en sí mismos y en el otro que encuentran una peculiar empatía y aceptación. Titane entreteje ese dolor emocional con un ojo para el dolor físico. Las escenas en las que Alexia venda su pecho y su vientre acentúan la evolución de su embarazo, y cada una duele más que la anterior. Como en sus trabajos anteriores, Ducournau exagera las transformaciones del cuerpo femenino a niveles monstruosos y transmite una sensación de terrible aislamiento cuando éste se vuelve menos que una imagen perfecta, es decir, cuando se comporta como un cuerpo humano.