En México, las salas de cine se encuentran abiertas de nuevo, pero la contingencia sanitaria por COVID-19 continúa. Si deciden ver La isla de Bergman, o cualquier película en cines, asegúrense de seguir las recomendaciones de higiene y seguridad pertinentes.
(Bergman Island; Mia Hansen-Løve, 2022)
Una pareja llega a Fårö, la isla en la costa de Suecia donde el director Ingmar Bergman vivió por muchos años y en la que realizó algunas de sus películas más importantes y conocidas. Él, Tony (Tim Roth), es también un director de cine reconocido invitado a una residencia. Ella, Chris (Vicky Krieps), llega decidida a escribir. Chris no es muy admiradora de Bergman. En la sala de proyecciones personal del director, los dos discuten, para frustración del proyeccionista, largo y tendido sobre qué película de él ver. A Chris le molesta la incongruencia que percibe en una vida cuya larga filmografía, además de su carrera como dramaturgo y director de teatro, solo podría ser posible a costa de sus esposas e hijos. No obstante, la idea de quedarse en la casa donde se filmó Escenas de un matrimonio (que la guía local presume como la película responsable de millones de divorcios) y trabajar en el estudio donde Bergman desarrollaba sus guiones, hace tambalear su relación y confianza en sus propios talentos.
Éste es el planteamiento básico de La isla de Bergman, una película hecha con afecto más no sumisa devoción hacia Bergman. Hay cierto humor en cómo la isla parece haberse convertido en una atracción turística como tantas, con tienda de regalos, concurso de trivia y un safari por sus locaciones más reconocibles. Chris deja a Tony solo en este recorrido para conocer la isla con Hampus (Hampus Nordenson), un estudiante de cine varios años más joven. Pero esto no es el conflicto tan grande que podría ser en otra película. Mia Hansen-Løve, quien escribe y dirige, construye la intimidad de Chris y Tony con espontaneidad y ligereza. Cuando se vuelven a encontrar Chris le cuenta sobre Hampus y él hace poco de ello.
Hansen-Løve construye a sus personajes con una vaguedad es casi preciosa. Sabemos poco de dónde vienen y hacia donde van. No sabemos si Chris y Tony están casados o no. No sabemos cómo se conocieron, aunque el vistazo que tenemos a una vieja película de él muestra a una actriz más joven que podría ser Chris. Y si la hija de ella es también hija de él, la película no ahonda en ello. Chris y Tony no parecen muy interesados físicamente el uno al otro; si estos es producto de su comodidad con los ritmos de una relación de varios años o producto de un pleito previo, también resulta inconcluso. Esto les da cierto aura de misterio y facilita perdernos en la fantasía que los rodea.
La isla de Bergman es, de alguna manera, una interrogación sobre el rol de las mujeres en las ficciones creadas por hombres. El vistazo a la película de Tony es seguido de una sesión de preguntas y respuestas en la que el moderador (otro hombre) hace una casual y romántica (pero algo superficial y hasta condescendiente) observación sobre lo que las mujeres parecen significar en sus películas. En una mirada que Chris le roba al cuaderno de Tony, ella ve cómo en sus escritos él tiene bosquejos de mujeres en posiciones sexuales y lo que parece tortura. Chris, sin necesariamente ser una víctima, es blanco de estos sentimientos complicados. Tony, preocupado con la producción de una película que está por filmar, no le presta la atención que ella demanda, cosa que a veces parece inocente distracción, a veces despecho. Also así como una rivalidad aparece entre ellos.

Eventualmente Chris logra idear una historia con toques de lo que están viviendo en ese momento. Ésta, la película también nos muestra. En ella, Amy (Mia Wasikowska) y Joseph (Anders Danielsen Lie) se reencuentran para la boda de una amiga después de haber tenido un romance cuando adolescentes. Las capas de ficción se apilan una sobre otra. Amy también es cineasta y en una de sus primeras conversaciones Joseph menciona que una de ellas tiene un personaje basado en él–uno podría perseguir los paralelos en la otra dirección, hablando del parecido entre Chris y la misma Mia Hansen-Løve, quien antes de convertirse en directora fue actriz en dos películas de Olivier Assayas y después su pareja.
La historia de Amy y Joseph es envolvente a su manera, no solo como su propio relato de amor y desamor sino por lo que permite preguntarse (no necesariamente lo que revela) sobre Chris, su creadora. ¿Está Amy basada en ella? Si es así, entonces ¿la historia es algo que le pasó? ¿Algo que pudo ser? ¿Una fantasía distante? ¿Qué significa esto para su relación con Tony? La isla de Bergman es una película sobre la relación que formamos con las historias ficticias, particularmente aquellas que creamos. Sobre la agonía de escribir, precisamente porque el acto obliga a la persona que escribe a confrontarse con algo profundo y vulnerable dentro de ella misma. Pero también sobre esa vida propia que cobran los personajes ficticios, lo mucho que el diálogo con ellos les da voz a nuestras emociones y experiencias más íntimas.
Más que un homenaje a Ingmar Bergman, La Isla de Bergman se siente como una continuación de las ideas que Hansen-Løve ha explorado en su propia carrera. Está hecha con su distintiva soltura y su mirada a la intimidad de pareja se siente propia a ella misma. La cámara, a cargo de Denis Lenoir, se mueve con fluidez y retrata los paisajes de Fårö con preciosas pero nunca ostentosas composiciones. Sus personajes los habitan naturalmente. El celuloide que utilizada tiene una calidez y un vagamente nostálgico verdor. Sus selecciones musicales son acertadas: piezas folclóricas en harpa que le dan a la isla una cualidad mística y canciones pop que en los segmentos de Amy y Joseph sugieren la intensidad y posibilidad de sus emociones más juveniles. Hay dos momentos particularmente efectivos cerca del final, uno que acentúa el suspenso cuando Chris se asoma al estudio de Bergman y descubre un intruso, otro más adelante que termina de romper la fina línea entre la ficción y la realidad. Hay poca utilidad en definirlas con rigidez; la película habita el placer de dejarse llevar con sus emociones, vengan de donde vengan.