En México, las salas de cine se encuentran abiertas de nuevo, pero la contingencia sanitaria por COVID-19 continúa. Si deciden ver Benedetta, o cualquier película en cines, asegúrense de seguir las recomendaciones de higiene y seguridad pertinentes.
(Benedetta; Paul Verhoeven, 2022)
Benedetta, la nueva película de Paul Verhoeven, está basada en el caso de real de Benedetta Carlini, una monja de la orden de los teatinos que vivió durante el siglo XVII, que se decía tenía visiones y que posteriormente fue condenada por mantener relaciones sexuales con otra mujer. Los eventos han sido cubiertos por el libro de la historiadora de Judith C. Brown, que la película utiliza como fundamento. Situada en la ciudad de Pescia, en la región de la Toscana de lo que ahora es Italia, la película abre con la pequeña Benedetta (Elena Plonka) siendo confiada a la abadesa Felicita (Charlotte Rampling).
Antes de formalizar el acuerdo, el padre de Benedetta y Felicita discuten sobre dinero. La abadía aceptará a Benedetta si él puede pagar una dote de 150 escudos de oro. Dos ideas importantes son introducidas en esta breve pero importante escena: que la iglesia católica es como tantas otras instituciones humanas preocupadas por el dinero (y por ende el poder) y que la entrega de Benedetta a la fe es como un matrimonio arreglado (con todo lo que eso implica).
La pequeña Benedetta tiene, desde el principio, una propensión hacia actos que parecen milagrosos. Cuando un grupo de bandidos asalta a su familia camino al convento, Benedetta dice escuchar la voz de la Virgen María en las aves. Casi al instante, una de ellas defeca en el ojo de uno de los ladrones; ante esto, el resto decide irse, claramente divertido por la ocurrencia. Una vez en el convento, orando ante la estatua de la Virgen, ésta cae sobre Benedetta, quien sale sin un rasguño, pero convencida de que la Virgen se quería acercar a ella.
Dieciocho años después, siendo Benedetta (Virginie Efira) ya una mujer adulta, al convento llega una joven llamada Bartolomea (Daphne Patakia). Bartolomea insiste en incorporarse a la vida religiosa con tal de recibir protección de su padre que abusa de ella y ahora la persigue. Bartolomea es patrocinada por una familia rica que se hallaba de visita y Benedetta se ofrece a servir como su guía. Actúa según le dictan sus enseñanzas, las cuales adopta de manera inocente y hasta con torpeza. Acepta, sin cuestionarlo, que el sufrimiento es necesario para acercarse a Dios, pero es solo hasta que es regañada por obligar a Bartolomea a meter la mano en agua hirviendo que entiende que la lección se refería a su propio sufrimiento y no al de otras personas.
Como monja, Benedetta aprende a pensar en sí misma como novia de Dios y efectivamente eso hace: en sueños se imagina corriendo por los campos a los brazos de un guapo Jesús, o a él blandiendo una espada para rescatarla de serpientes como el héroe de historias de caballería. Benedetta en general tiene un sentido del humor crudo y vulgar. Una tierna interacción entre Benedetta y Bartolomea ocurre con las dos en los baños, los sonidos de sus excreciones corporales muy presentes en la mezcla de sonido. Los sueños y visiones de Benedetta son retratados como sangrientas parodias de películas de acción, escenas que recuerdan a los clásicos que Verhoeven hizo durante su tiempo en Hollywood.

Benedetta se ha visto envuelta en controversias por su tratamiento de la vida sexual de sus personajes–siendo sus personajes monjas católicas, la controversia parece venir del hecho de que escoge tratarlas en primer lugar. Bartolomea y Benedetta pronto descubren una atracción mutua que eventualmente se manifiesta de manera física. Verhoeven no es tímido con el cuerpo de sus actrices, pero tampoco cae en la mirada lasciva o la explotación. Benedetta es una película erótica en el sentido de que entiende que el deseo viene menos de lo que se ve que de lo que se sugiere. Las miradas que intercambian Benedetta y Bartolomea delatan una intensidad contenida, el contacto físico más mínimo actúa como una poderosa liberación de la tensión.
Describir a Benedetta como una película sobre monjas lésbicas es técnicamente acertado, pero también una simplificación. Lo que para Bartolomea puede ser deseo físico o romántico, para Benedetta se sienten como revelaciones del mismo Dios. Él parece estar hablándole a través de Bartolomea. Benedetta no parece una persona en su propio derecho, su personalidad ha sido efectivamente borrada por su formación religiosa. La película, como resultado, se siente distante y frustrante al principio; esto después se convierte en una fortaleza, la incertidumbre se vuelve provocadora e inquietante.
Las visiones de Benedetta eventualmente se manifiestan en la forma del estigma, heridas en su cuerpo que aparecen sin explicación y que corresponden a las de Jesucristo crucificado. Esto la película lo maneja con una ingeniosa ambigüedad. El guion, de David Birke y Verhoeven, plantea la posibilidad de que sus heridas puedan ser hechas por ella misma (en objetos filosos encontrados cerca de ella). Pero uno duda en desconfiar de Benedetta, pues Efira interpreta su fe con férrea convicción y sinceridad. No hay momento en el que ella delate malicia o manipulación. Esa aparente pureza es suficiente para despertar la preocupación de la iglesia. La abadesa eventualmente se pone en contacto con un nuncio (Lambert Wilson) de otra ciudad. Él interroga a Benedetta, quien hábilmente desvía sus intentos de provocarla. Es la corrupción y vulgaridad de él la que emerge con más claridad.
Si Benedetta fuera una película sobre el triunfo de un espíritu malvado que actúa a través de su protagonista, dudo que hubiera sido tan poderosa. La existencia de los demonios, después de todo, no es incongruente con la teología cristiana. Su poder de transgresión se encuentra en la posibilidad de que Dios actúe en directa oposición a la iglesia quienes dicen ser sus emisarios en la Tierra, de que Benedetta pueda estar diciendo la verdad. La película la muestra, no como una mujer que atenta contra Dios, sino como una creyente verdadera que atenta contra el monopolio de la fe.