(Pedro Almodóvar, 2022)

Hay algo que separa a Pedro Almodóvar de otros realizadores de melodramas y es su conocimiento y creencia en el género. En tratarlo, no como vulgar y amarillista, sino con el reconocimiento de que nuestras vidas reales muchas veces sí tienen esa densidad de enredos y complejidades, de eventos escandalosos e inverosímiles. Su narrativa pareciera deberle tanto a otras películas como a esa plática que suele surgir entre mujeres mayores que conocen (o imaginan) mejor que nadie los secretos de quienes las rodean. Es quizá por eso que sus personajes femeninos, independientemente de su edad, se sienten mejor delineados que los de cualquier otro autor cinematográfico masculino.

Madres paralelas, su película más reciente, es decididamente seria y sombría, con una temática que inclinaría a otros cineastas a la solemnidad y a la timidez. Pero es también una en la que la comedia negra, el suspenso y el erotismo que caracterizan su trabajo se encuentran a flor de piel, en las dosis adecuadas. La historia abre con Janis (Penélope Cruz), una fotógrafa profesional, y Arturo (Israel Elejalde), un reconocido antropólogo forense, y fluye con característica rapidez. En el pueblo natal de Janis hay un sitio que, se sospecha, sirvió de fosa común para diez de sus residentes, entre ellos el bisabuelo de ella, asesinados por falangistas durante la Guerra Civil Española. Janis le pide a Arturo su apoyo para realizar una excavación. En el espacio de un corte, los dos están teniendo relaciones sexuales. En el espacio de otro, ella está embarazada.

Es en la sala de maternidad del hospital donde Janis conoce a Ana (Milena Smit), una adolescente, también embarazada. Ambas describen sus situaciones como un accidente, aunque solo el de Janis fue uno afortunado. Aunque separadas por sus edades, están vinculadas por este proceso: la película entrecorta entre sus respectivos partos, dando la sensación, no solo de que estos ocurren al mismo tiempo, pero también uno al lado del otro, sin nada que las separe. Solo se volverán más cercanas.

Janis quiere volver a trabajar, pero queda insatisfecha con la joven que ha encontrado para cuidar de su pequeña Cecilia, una au pair irlandesa que no se toma el cuidado de la bebé con la seriedad que amerita. Ana esperaba contar con el apoyo de su propia madre, Teresa (Aitana Sánchez-Gijón), hasta que ella, quien siempre ha aspirado a ser actriz, recibe el papel de la protagonista en un montaje de Doña Rosita la soltera de Federico García Lorca, una oferta a la que no puede renunciar. Por circunstancias complicadas, Janis y Ana se encuentran de nuevo y deciden apoyarse mutuamente.

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La trama involucra situaciones típicas de una telenovela: infidelidades, pruebas de paternidad, extorsiones. Pero Almodóvar las presenta de tal manera que nunca se sienten forzadas. El ritmo de las revelaciones se siente vertiginoso, pero las escenas individuales fluyen a un ritmo pausado, como de la vida diaria. Como conocer a alguien y agarrarles confianza antes de conocer sus secretos más íntimos. Personajes que muestran características de villanos, como Arturo o la madre de Ana, terminan revelando matices que los vuelven comprensibles y humanos.

El sello de Almodóvar aparece, no solo en cómo su narrativa se desenvuelve. Rossy de Palma y Julieta Serrano, colaboradores frecuentes (las dos compartieron créditos en Mujeres al borde de un ataque de nervios y ¡Átame!) aparecen en los márgenes: Rossy de Palma como la agente y mejor amiga de Janis y Julieta Serrano en un papel breve pero muy emotivo como una enferma terminal del pueblo de Janis y una de las pocas con recuerdos de uno de los fallecidos.

El diseño de producción y de vestuario le dan otra capa de vida y estampa autoral: esa estética simultáneamente inmaculada, como sacada de una revista, y totalmente habitada, que nos cuenta del carácter de sus personajes. Con colores fuertes que brincan de la pantalla sin volverse chillones o chocantes. José Luis Alcaine, el director de fotografía, mantiene un enfoque profundo que permite apreciarlos con detalle y que los actores puedan moverse con libertad por el espacio. Sus composiciones son exactas más que llamativas; la cámara tiende a mantenerse al nivel de ojo, nunca exagerando las emociones, dejando que los personajes hablen por sí solos. El formato digital le añade una capa de realismo e inmediatez.

Madres paralelas termina con un aire de ausencia. Los distintos hilos de drama y coincidencia convergen en un final decidido y melancólico. Sus distintas líneas argumentales encuentran unidad, no por lo que termina pasando, sino por las ideas y emociones que comparten: el tema común de la búsqueda de familia, en el pasado y en el futuro. Su mayor conflicto lo provoca un acto de egoísmo, humano y vulnerable; resuelto finalmente por el reconocimiento de que una estaría cometiendo el mismo daño del que se busca proteger. Madres paralelas entrelaza el trauma nacional con el trauma personal: es una historia sobre hacer la paz con la tragedia pasada, pero nunca olvidarla.


★★★★


Madres paralelas está disponible vía streaming en Netflix.