En México, las salas de cine se encuentran abiertas de nuevo, pero la contingencia sanitaria por COVID-19 continúa. Si deciden ver La peor persona del mundo, o cualquier película en cines, asegúrense de seguir las recomendaciones de higiene y seguridad pertinentes.
(Verdens verste menneske; Joachim Trier, 2022)
Construimos nuestra identidad a través de las historias, narrativas ordenadas que nos decimos para darle sentido a eventos desordenados. La protagonista de La peor persona del mundo de Joachim Trier es una mujer joven incierta de quién es, en constante proceso de autodescubrimiento. La película, apropiadamente, adopta una estructura fragmentada, desordenada, rayando en lo caótico. En sus primeros minutos nos dice que se trata de una historia con doce capítulos, un prólogo y un epílogo. Todos conectados entre sí, pero cada uno con su propio inicio y final, momentos que nos muestran lados diferentes de ella, diferentes cajas y etiquetas para la misma persona.
Julie (Renate Reinsve) es una estudiante de medicina que, en un momento de claridad, decide abandonar la carrera para perseguir su verdadera vocación, la psicología. No, la fotografía. No, la escritura. Cada epifanía la lleva a vestirse diferente y a la banda sonora a cambiar abruptamente. La peor persona del mundo se convierte en varias películas diferentes en el curso de su vertiginoso prólogo. En una fiesta, ella conoce a Aksel (Anders Danielsen Lie), un autor de cómics conocido por un controversial personaje de ese humor adolescente que se piensa adulto. Pasan la noche juntos, pero a él le preocupa la diferencia de edades–él tiene 44 y ella apenas va a cumplir 30. Están en momentos diferentes de sus vidas y que por eso quieran cosas diferentes, dice. Pero ella está segura de que está enamorada de él, los dos deciden continuar su relación y Julie se muda con él.
La peor persona del mundo es una película sobre no tener un plan y sobre frustrarse cuando las cosas no salen de acuerdo con éste. Sobre no tener idea de quién uno es y tener que enfrentarse siempre a esa pregunta, a la presión social de tener una respuesta certera y correcta. A estas ansiedades se les añaden las de nuestro momento histórico particular: el internet y su flujo constante y caudaloso de información en la forma de las redes sociales y las noticias. Las imágenes parciales y bien cuidadas de otros en Instagram, recordatorios del cambio climático y otras crisis globales que, más que llamar a la acción, nos convencen de nuestra culpa e impotencia.

¿Qué haces ahora? ¿Cuál es tu línea de trabajo? La familia y conocidos de Aksel acorralan a Julie con estras preguntas más de una vez. En un momento de alienación, Julie se escapa de un evento de Aksel para colarse en una boda donde no conoce a nadie. Ahí puede contar cualquier historia sobre sí misma, decir que es la médico que alguna vez estudió para ser. Julie llama la atención de Eivind (Herbert Nordrum), quien a su vez despierta su interés porque no le hace las típicas preguntas de quién es y a qué se dedica. Una atracción mutua emerge, ven en el otro lo que sienten que les falta a sus respectivas parejas. Eivind ve a una joven liberada y sensual, Julie a alguien que no trata de intelectualizar todo lo que ella siente. Ambos quieren estar el uno con el otro, por lo menos esa noche. Se tocan, huelen el sudor del otro, intercambian humo de un cigarro y se ven orinar, comparten toda la intimidad que pueden siempre y cuando puedan decir que no engañaron a sus parejas. Se despiden, intercambiando solo sus primeros nombres, hasta que por las circunstancias se vuelven a ver.
Insegura todavía de a qué se quiere dedicar, Julie tiene aislados momentos de inspiración. Toma fotos con su teléfono o con la cámara en la que alguna vez invirtió su beca estudiantil. Escribe un ensayo titulado “El sexo oral en la era de #MeToo” que se trata precisamente de lo que su título sugiere. El guion de Trier y Eskil Vogt recurre a una abundancia de recursos y trucos para transmitirnos su sentir subjetivo. La narración omnisciente de una mujer mayor repite lo que pasa por su cabeza, dándole a cada momento un aire de distancia, convirtiéndose instantáneamente en un recuerdo evocado en el futuro en lugar de ser vivido. La fotografía es de corte realista, con cámara en mano y en constante movimiento. Sus escenas fluyen con el desorden y espontaneidad de la vida juvenil; una ruptura es tratada, no como un mero punto de giro en la trama, sino como una prolongada discusión que parece tomar toda una tarde. En otras ocasiones, la película se escapa totalmente de la realidad. En una secuencia que ocurre en su imaginación, el tiempo se detiene y ella corre por las calles de Oslo para encontrarse de nuevo con Eivind. En una alucinación provocada por hongos, Julie se ve en otro cuerpo, observada por Aksel y su padre distante.

Aksel y Eivind, los dos hombres más importantes de su vida, están tan bien delineados como ella. Son víctimas y reflejo de sus mismas ansiedades. Eivind, antes de conocerla, está atorado en una relación con una mujer que, al descubrir las raíces indígenas de su apellido, lo lleva a un estilo de vida híper-sustentable que solo lo hace sentirse culpable e inadecuado. Empleado de un café, él se convierte en el blanco de las inseguridades de Julie, ella le recrimina no tener inteligencia o ambiciones, flaquezas que ella ve en sí misma. Aksel, en un momento frustrado por la adaptación cinematográfica de su creación más popular, en otro sintiéndose atacado por las críticas de dos feministas en un programa de radio, llega finalmente a una triste revelación: ya no quiere vivir a través del arte y su legado, solo quiere vivir.
La verdadera estrella es por supuesto Julie y por ende Reinsve, una presencia de incomparable carisma. La pantalla se vuelve radiante por su sonrisa. Muestra una liberación y apertura al sexo, sin convertirse en un objeto de la fascinación masculina. Es igualmente cautivadora en sus momentos de incertidumbre, de asertividad, de vulnerabilidad e incluso de egoísmo. El rango de emociones de la película es también el de la vida: La peor persona del mundo es romántica, divertida (un momento de anhelo es acentuado por un gag levantado casi directamente de un episodio de Los Simpson), trágica, estresante y finalmente liberadora.
Su título, hiperbólico y melodramático, habla de esa preocupación exagerada con uno mismo. Ese impulso por menospreciarse, a compararse con amigos, familia (¿qué hacían mi madre, mi abuela, a mi edad?) y evaluarse injustamente en sus términos. Por definirse a través del trabajo, la pareja, los hijos o la ausencia de ellos. Derivados de esa presión externa a vernos, no como seres falibles, sino como nuestro propio proyecto, una historia que se contará después. Su final, de una profunda tristeza pero también de sutil esperanza, es una invitación nada sentimental a preocuparnos menos con la percepción de otros, la pureza y pulcritud de nuestro pasado. A reconocer que las otras personas llegan a nuestras vidas, nos acompañan y muchas veces se van, pero no son extensiones de nosotros y no nos definen. A hacer las paces con la indecisión, abrazar el azar y lo que no se puede controlar, a simplemente hacer y vivir. La peor persona del mundo llega a esto de una manera que se siente vivida y aprendida, no como una moraleja arbitraria agregada solo porque la película se tiene que terminar.