En México, las salas de cine se encuentran abiertas de nuevo, pero la contingencia sanitaria por COVID-19 continúa. Si deciden ver Drive My Car, o cualquier película en cines, asegúrense de seguir las recomendaciones de higiene y seguridad pertinentes.
(Doraibu mai kā; Ryūsuke Hamaguchi, 2022)
Hay una imagen de Burning de Lee Chang-dong que se repite en Drive My Car de Ryūsuke Hamaguchi. Una mujer sin ropa, delineada por la luz del sol que apenas se asoma por el horizonte (un atardecer, un amanecer), en un golpe de inspiración que parece un trance (un baile, una historia que se le acaba de ocurrir), mientras un hombre, una pareja sexual reciente, la mira. Ambas películas son adaptaciones de cuentos de Haruki Murakami, y sus premisas pueden describirse con el título de una sus colecciones: Hombres sin mujeres. En la superficie se tratan del misterio que es la mujer; en el fondo, hablan de cómo ese misterio es una invención del observador, una negación a verla en términos humanos y en toda su complejidad.
En Drive My Car, el hombre es Yūsuke Kafuku (Hidetoshi Nishijima) y la mujer es su esposa Oto (Reika Kirishima). Ambos son del tipo creativo, él un actor y director de teatro y ella una guionista de televisión, y se apoyan mutuamente en sus proyectos: él transcribe y da retroalimentación de las historias que a ella se le ocurren en la cama; ella graba los diálogos de sus montajes, que él escucha a manera de repaso mientras conduce en su Saab 900 rojo.
Drive My Car tiene una duración de casi tres horas, pero no es una película lenta. Mucho pasa antes de los créditos de apertura, pero los eventos fluyen con casualidad y domesticidad. Hamaguchi los captura de tal modo que ninguno da la impresión de ser más importante que aquel que vino antes. Oto le presenta a un compañero de trabajo, un actor joven llamado Takatsuki (Masaki Okada). Yūsuke es invitado a Vladivostok, pero su vuelo se cancela a último momento; cuando regresa a casa, encuentra a Oto teniendo relaciones sexuales con otro hombre, quizá el mismo Takatsuki. Yūsuke decide hacer como si no hubiera pasado nada. Días después tiene un accidente automovilístico y es diagnosticado con glaucoma, lo que limita su capacidad de manejar.
La mayor parte de la película se sitúa dos años después. Yūsuke ha sido invitado a una residencia artística en Hiroshima para montar una versión de El tío Vanya de Antón Chejov. Para poder repasar los diálogos según su método, solicita un lugar que esté a una hora de distancia conduciendo. Pero por las reglas de la institución debe usar los servicios de un chofer. Él se resiste, pero los directivos no le dan opción y acepta ser conducido por Misaki Watari (Tōko Miura), una joven seria y callada. Es una intromisión en su típicamente solitario ritual. Se ve obligado a ceder el volante, y a invitar a alguien más a este espacio privado. La situación es especialmente delicada porque su rutina involucra la voz grabada de su esposa, ahora ausente. Más que un repaso teatral, es un espacio de memoria y reconexión con alguien que ya no está con él. En el interior de su auto, las palabras de Chejov se convierten también en las de ella. Diferentes diálogos, además de su significado dentro de la obra, despiertan diferentes sentimientos dentro de él.

El planteamiento básico de Drive My Car le permite jugar de distintas formas con la realidad, la ficción y el lenguaje y explorar el rol de estos en las relaciones humanas. Las obras de Yūsuke son multilingües y los actores se comunican en sus idiomas nativos. Para su montaje de El tío Vanya, él recibe a candidatos de varias partes de Asia. Papeles clave son llenados por Janice Chang (Sonia Yuan) una joven de Taiwán; Roy Lucelo (Perî Dizon), un hombre de Filipinas; Lee Yoo-na (Park Yu-rim) una joven muda de Corea del Sur, entre otros. La obra es preparada combinando japonés, mandarín, tagalo y lengua de señas coreana. La implicación para la obra, y para la película por extensión, es que la comunicación humana va más allá del lenguaje verbal y escrito. Que el significado y la conexión pueden encontrarse aun si no se comparten estos códigos–más adelante, dos personajes que no tienen idiomas en común son vistos en una relación.
Para el papel de Vanya, Yūsuke elige a Takatsuki, quien ha aplicado también. Es una decisión un tanto perversa. Para el papel principal, y uno que el mismo Yūsuke ha interpretado previamente, ha elegido a un hombre que de alguna manera usurpó su lugar dentro de la relación de pareja. El contexto de la relación de director y actor le permite ejercer cierto poder y control sobre él–Takatsuki se nota incómodo por la diferencia de edad que hay entre el personaje de Vanya y él. También le da a Yūsuke una excusa para acercarse a él y quizá, a través de los recuerdos de su amorío, conocer un lado de su esposa que le es todavía extraño.
La relación más importante, no obstante, es la que emerge entre Yūsuke y Misaki. No es una relación romántica, ni siquiera una amistad hecha y derecha, y tampoco se siente como un intento de emular el vínculo de padre e hija (aunque Misaki menciona haber sido criada solo por su madre y Yūsuke el haber tenido una hija que falleció y ahora tendría la edad de Misaki). Pero es tanto o más íntima que cualquiera de éstas, quizá por el espacio que les da la rutina de conducir. El flujo de sus conversaciones, casual e indirecto, les lleva a esa disposición y comodidad para compartir lo que sienten, airar traumas que terminan pareciéndose y revelaciones a las que no llegarían de otra forma. Sobre esa negación masculina a mostrar lo que uno siente de verdad, a tratar de guardarlo aun cuando lo carcome a uno por dentro. Sobre abrazar el lado complicado y conflictivo de las personas y no refugiarse en ideas imaginadas. Sobre darle un nuevo sentido a lo que nos dejan los que ya no están. Lo mismo puede decirse sobre Drive My Car, una película que toma un camino pausado, con curvas y varias desviaciones, sin una trama urgente y con suficiente material para dos películas por lo menos, pero que llega a profundidades que pocas películas podrían.