En México, las salas de cine se encuentran abiertas de nuevo, pero la contingencia sanitaria por COVID-19 continúa. Si deciden ver Red Rocket, o cualquier película en cines, asegúrense de seguir las recomendaciones de higiene y seguridad pertinentes.


(Red Rocket; Sean Baker, 2022)

El trabajo sexual es un tema notoriamente difícil de tratar porque dentro de él se encuentran muchas verdades contradictorias. Por ejemplo, es cierto que si nos detenemos a analizar los mensajes implícitos en mucha de la pornografía encontramos ideas erróneas sobre el sexo y la intimidad, particularmente en lo que se refiere a las relaciones de poder entre hombres y mujeres a través de lo que es mostrado como placentero y deseable. También es cierto que en el infierno capitalista en el que vivimos, donde necesidades básicas son solo accesibles a precios inflados, el trabajo sexual ofrece una remuneración y flexibilidad que otros trabajos más convencionales y tolerados no pueden ofrecer. Pero esto no excusa cuando industria del porno se convierte en su propio infierno capitalista, cuando se sostiene también sobre la depredación y la explotación.

El trabajo sexual, particularmente desde la experiencia de las personas en los márgenes de la sociedad, es un tema que recurre en el trabajo del director estadounidense Sean Baker. Su película de 2012 Starlet tenía dos personajes involucrados en el video para adultos; Tangerine, de 2016, seguía a dos mujeres transgénero que se dedicaban a la prostitución; y la protagonista de El proyecto Florida, de 2018, era la hija pequeña de una bailarina exótica que, recién despedida, recurre al comercio sexual para pagar la renta del cuarto de hotel que les sirve como hogar.

El tema se repite en Red Rocket. Su nueva película es la historia de Mikey Davies (Simon Rex), un hombre que ronda la mediana edad y que regresa a su ciudad natal de Texas City, una comunidad costera cerca de Houston, después de 17 años de ausencia. Es claro que Mikey no se fue en buenos términos, pues cuando llega sin avisar a la casa de su expareja (pero todavía su esposa, técnicamente) Lexi (Bree Alrod), ella y su madre Lil (Brenda Deiss) amenazan con correrlo del terreno y llamar a la policía. Mikey se aparece con moretones y con solo 22 dólares en su bolsillo, pero con la intención de poner su vida en orden y voltear su suerte. Recorre los negocios locales buscando trabajo, pero todos sus empleadores potenciales lo rechazan citando su pasado profesional: su trabajo como el actor porno Mikey Saber.

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El rechazo social facilita en un principio identificarse con Mikey, y Rex le da un relajado y confiado carisma. Mikey no duda en presumir sus premios o las mujeres con las que ha compartido escenas, pero tampoco parece atormentado por el pasado. Habla como alguien seguro de cómo recuperarlo. Cuando obtener un empleo lícito parece imposible, Mikey se acerca a Leondria (Judy Hill), una traficante de mariguana local, y le ofrece sus servicios como vendedor al menudeo. Pronto Mikey empieza a ganar suficiente para pagar por sí solo la renta de Lexi y Lil, quienes ahora están encantados de tenerlo en casa. Él las consiente con donas y es en la tienda donde conoce a Raylee (Suzanna Son), una adolescente de diecisiete años que trabaja ahí. Mikey tiene lo que parece un flechazo o una brillante idea de negocios.

Mikey ve en ella a una muchacha preciosa con la que se quiere acostar y quizá hastra una relación seria, pero también su oportunidad de regresar al lucrativo mundo del porno. Raylee, o Strawberry, como también se hace llamar, es pequeña y delgada, con un rostro pecoso, cabello pelirrojo y una sonrisa que en conjunto transmiten la inocencia ansiada por una industria cuya obsesión por la juventud frecuentemente cae en romantizar el estupro. En sus citas, Mikey parece estarla poniendo a prueba: qué tan abierta está a ciertos actos sexuales y cómo responde a la cámara. Strawberry actúa con apertura e iniciativa. Es ella quien toma el primer paso románticamente, tomándolo de la entrepierna mientas platican. Pero igualmente tiene dudas sobre ingresar a este mundo, de acostarse con otros hombres y que Mikey como su pareja se acueste con otras mujeres. En la caracterización de Strawberry, la película encuentra un equilibrio entre mostrar su agencia sin condenar sus acciones, así como una dulzura genuina, una persona completa en lugar de solo una víctima de las manipulaciones de Mikey.

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Mikey encaja en un molde familiar. Su historia, en un principio, parece que se cuenta sola: la de un profesional fracasado que regresa a su pueblo natal para encontrarse a sí mismo, el amor y la esperanza para volver a la cima de su campo. Pero pronto se vuelve claro que no es un personaje simpático. Que desde el principio ve a Strawberry a través de los prejuicios de una industria de la que es a la vez producto y perpetrador. Más interesado en lo que puede sacar de ella, le vende una imagen romántica que no puede sostener. Tememos, no que se descubran sus mentiras, como haríamos con el protagonista de una comedia tradicional, sino que Strawberry no sé de cuenta de ellas hasta demasiado tarde.

Red Rocket se desarrolla en un trasfondo de precariedad. En contraste con El proyecto Florida, donde veíamos constantemente a los parques de Disney y sus espectáculos el fondo, la Texas City de Red Rocket es un paisaje dominado por las refinerías de petróleo, que parece ser su única fuente de empleo legítimo, lo único que la sostiene. Letreros de la campaña de Donald Trump, así como sus apariciones en televisión permiten ambientarla temporalmente en el preludio a la elección presidencial de Estados Unidos en 2016. Los personajes de Red Rocket, blancos en su mayoría, evocan la narrativa de cómo Trump logró apelar a las frustraciones económicas de los blancos pobres para obtener la presidencia.

Red Rocket está hecha con un estilo suelto que evoca el cine independiente más crudo. Está filmada en 16 milímetros: el grano del celuloide y las imperfecciones de los lentes le dan una suciedad pero también un esperanzador y casero romance. La cámara, típicamente estática, tiene saltos de energía en la forma de movimientos fluidos y rápidos, zooms bruscos, la clase de trucos que los cineastas de bajo presupuesto utilizaban como atajo al dinamismo. Las escenas fluyen con un ritmo suelto, a veces alargándose de más sin llegar a un punto claro, pero creando esa misma espontaneidad que hace que su mundo se sienta tan real y no solo una melodramática y condescendiente mirada a la pobreza. Una tensa confrontación, por ejemplo, se desvía a un pleito entre Leondria y su familia. Sería fácil reprocharle a Baker no hacer una película más concisa, pero estos momentos espontáneos parecen ser parte de su razón para hacer esta película. Está tan interesado en la comunidad como en Mikey. En el entorno complejo que informa sus acciones.


★★★★