En México, las salas de cine se encuentran abiertas de nuevo, pero la contingencia sanitaria por COVID-19 continúa. Si deciden ver Sobre lo infinito o cualquier película en cines, asegúrense de seguir las recomendaciones de higiene y seguridad pertinentes.
(Om det oändliga, Roy Andersson, 2022)
Sobre lo infinito se compone de una serie de viñetas que, a primera vista, tienen poco o nada que ver la una con la otra. Algunas, como la imagen de una pareja abrazada (Tatiana Delaunay y Anders Hellström), flotando por las nubes, podemos interpretar como sueños o fantasías con poco lugar a dudas. Otras, como la de una oficinista (Kristina Ekmark) viendo por la ventana de un edificio de varios pisos, son tan reales que resultan aburridas y sin incidente. Algunas son escenas diarias de lo que parece un tiempo presente: una joven (Olivia H. Sjölund) riega una planta frente a una barbería y un muchacho (Ville Elfving) se le queda mirando mientras pasa. Otras aluden directamente a momentos históricos bien conocidos: Hitler (Magnus Wallgren), acompañado de otros generales nazis, escucha los bombardeos desde el interior de su búnker. Algunas tienen un ligero toque cómico, como cuando un mesero (Jan Steen) le sirve vino a un hombre (Florencio Urbano) en un restaurante y desborda la copa sin darse cuenta. Otras son oscuras y violentas, como la de un hombre (Pablo Fernandez-Moreno) llorando mientras sostiene un cuchillo en la mano y abraza el cuerpo ensangrentado y sin movimiento de quien parece ser su hija (Nicole Wahlstedt).
Un par de personajes recurren. Un sacerdote (Martin Serner) que ha perdido la fe, un hombre (Jan-Eje Ferling) que se ha encontrado a un viejo compañero de la escuela que actúa como si no lo conociera. La narración de una mujer (voz de Jessica Louthander), nos lleva de un episodio a otro. A veces describe lo que pasa de manera redundante, pero en otras abre las posibilidades del significado: la escena de la niña apuñalada, por ejemplo, es descrita como “un hombre que quiso salvar el honor de su familia pero después se arrepintió”.
Cada secuencia es llevada a cabo con un estilo por el que su director Roy Andersson se ha caracterizado desde su Canciones del segundo piso de 2000, (aunque en realidad lo vino puliendo durante una larga y rentable carrera en publicidad; sus comerciales no tienen el arte, pero sí la artesanía, de sus posteriores películas). La cámara se mantiene siempre fija, con un lente amplio, colocada ligeramente por encima del punto de vista de sus personajes. Los cortes son reservados para pasar de una escena a otra, por lo que las acciones fluyen en tiempo real. No obstante, las imágenes son dinámicas y nunca planas, pues los puntos de fuga dentro de la composición exageran la sensación de profundidad–nótese cuando un personaje se mueve entre el fondo y el frente, o cuando se colocan enfrente o detrás de otros.

Experimentamos una sensación de omnisciencia. Contemplamos desde una distancia, en lugar de compartir las experiencias de sus personajes. Los escenarios son tan inmaculados que sentimos que estamos viendo a personas atrapadas en miniaturas. Son objetos para ser estudiados. Un absurdo cómico es creado por el hecho de que vemos momentos potencialmente emotivos, como una pareja mayor (Bengt Haglund y Marianne Timoleon) visitando la tumba de su hijo, presentados con la misma frialdad y rutina que un hombre revisando debajo de su colchón antes de dormir.
Andersson nos da simultáneamente mucho y muy poco qué contemplar. Poco porque nunca nos da (lo que típicamente entendemos como) una historia completa, apenas los fragmentos o migajas de muchas. Y mucho porque cada cambio de escenario nos da personajes nuevos y situaciones que hemos de aceptar con ojos frescos; nos obliga constantemente a reiniciar nuestras expectativas. Y porque (en las películas como en la vida diaria) hasta las acciones humanas más banales tienen matices y significado: una motivación, la experiencia informada de la persona que las realiza. Podemos preguntarnos de dónde vienen y hacia donde van, aun si nunca lo vemos.
Los escenarios de Sobre lo infinito tienden a la banalidad, a cosas que podrían sucedernos y casi instantáneamente olvidarnos de ellas. Pero al adoptar un estilo que les roba toda emoción superficial y al ponerlas en contraste con momentos radicalmente distintos, Andersson los vuelve extrañamente emocionantes e impredecibles. La mayor sorpresa suele ocurrir cuando el giro que esperamos no viene. Una escena en la que un trío de mujeres jóvenes (Josefin Sandberg Johansson, Emma Clara Strand y Rebecka Enholm) empieza a bailar espontáneamente frente a la terraza de una cafetería, es de una alegría tan simple que solo podemos esperar que algo más pase–algo malo quizá, pues la viñeta previa mostró el preludio a la ejecución de un hombre (Lars Flensted-Walejj). Cuando el baile termina, quizá nos damos cuenta de que no tuvimos oportunidad de apreciar el momento por preguntarnos por lo que iba pasar. Momentos de la vida se nos escapan de las manos de la misma manera. ¿Qué tan presentes estamos en nuestras vidas?

Si Sobre lo infinito cuenta con un propósito o unidad, lo hemos de buscar en actitudes que se repiten, más que en una narrativa. La indiferencia entre individuos es una de ellas, y Andersson regresa en varias ocasiones a espacios donde es probable que desconocidos se encuentren. En una estación del tren, a una mujer con un bebé se le rompe un tacón, mientras un hombre solo le da una que otra mirada mientras lee su periódico. En un autobús, el sacerdote llora su propia falta de propósito y uno de los otros pasajeros (Ulf Hellsing) se burla de él. En un bar durante las fiestas decembrinas, un hombre (Rune Bengtsonn) trata de iniciar conversaciones hablando de lo maravilloso que es todo, pero los demás bebedores lo ignoran. El paisaje retratado es solitario y desesperanzador, con raros pero preciosos momentos de luz. Una mujer (Hanne Grinaker) que espera en la plataforma de un tren la llegada de un hombre (Vegar Fjelly), a quien abraza con afecto. Una pareja (Lisa Blohm y Pär Fredriksson) compartiendo una botella de champaña. Un hombre (Mariusz Sus) que se detiene en plena lluvia para ayudarle a su hija (Aurora Önneby) a atarse las agujetas de los zapatos.
Estamos conectados en nuestra desconexión. Encarnamos los vicios y virtudes de personas que no conocemos, a las que nunca nos acercaríamos. Andersson ha encontrado el estilo perfecto para llamar atención a aquello que no creemos que compartimos. ¿Qué tanto se parecen la ambición imperialista de Hitler con la envidia que un hombre siente por un viejo conocido cuya vida cree mejor que la suya? La pregunta surge porque vemos estos escenarios en tanta proximidad uno del otro y porque Andersson los presenta de manera tan casual que se sienten como parte de un mismo todo. Si los retratos de la humanidad de Andersson continúan convenciendo es porque entiende que ninguna experiencia puede por sí sola capturar lo que es ser humano.