(Glass Onion: A Knives Out Mystery; Rian Johnson, 2022)
Para este punto de su carrera queda claro que a Rian Johnson le encanta jugar con las expectativas de su público. Fue esto lo que hizo que Star Wars: Los últimos Jedi se sintiera tan fresca dentro de una franquicia atorada en la imitación y reverencia al pasado (y también lo que hizo enojar a un reducido pero muy ruidoso grupo de fans). Fue también lo que hizo que se sintiera tan cómodo en Entre navajas y secretos, un homenaje a los misterios de asesinato de Agatha Christie. Johnson revitalizó un género lleno de giros y sorpresas añadiéndole sus propios giros y sorpresas.
Glass Onion: Un misterio de Knives Out, secuela directa de Entre navajas y secretos, plantea entonces un curioso desafío. ¿Cómo sorprender a un público que, con el antecedente de esta primera película, ya espera bastantes acertijos y rompecabezas narrativos? Congruente con su jocoso e irónico sentido del humor, Johnson confía en que lo que menos esperamos es lo más obvio. La película abre con un rompecabezas literal que sus personajes deben descifrar: una caja de madera con una serie de acertijos que, al resolverse, revela una críptica invitación.
Esta invitación es enviada por el milmillonario de la tecnología Miles Bron (Edward Norton) a su círculo íntimo de amigos, todos celebridades o muy reconocidos en sus respectivos campos. Claire Debella (Kathryn Hahn) es una gobernadora estatal en campaña para el senado de Estados Unidos, Lionel Toussaint (Leslie Odom Jr.) el jefe de ciencias de la megacorporación de Miles, Birdie Jay (Kate Hudson) una supermodelo convertida en diseñadora de modas, Duke Cody (Dave Bautista) un influencer que transmite contenido machista en YouTube, y Andi Brand (Janelle Monáe) la exsocia de Miles y cofundadora de su compañía. Los cuatro llegan a Grecia con sus respectivos acompañantes: Birdie Jay trae consigo a su asistente Peg (Jessica Henwick) y Duke a su novia Whiskey (Madelyn Cline). A punto de abordar el yate que los llevará a la isla privada de Miles, el grupo se encuentra con que Benoit Blanc (Daniel Craig), el famoso detective y el único personaje que regresa de la primera película (como el Hercule Poirot de Christie, Blanc se mueve de caso a caso) también ha recibido una invitación.
La llegada a la isla de Miles trae consigo otra obvia burla de su género. Hay un asesinato y Blanc y compañía deben resolverlo, más o menos. La muerte de Miles es un elaborado juego que él mismo ha ideado para entretenerlos. Esto, no obstante, añade una juguetona capa de parodia al drama real. Conforme pasamos más tiempo con ellos, nos damos cuenta de que cada uno de los “amigos” de Miles tiene un motivo creíble para quitarle la vida, y distintas oportunidades para hacerlo.

Como hizo con Entre navajas y secretos, Johnson convierte a su amplio elenco de personajes en un microcosmos de la élite estadounidense. En Miles Bron, Johnson sintetiza el pensamiento y propaganda de muchos tecno-oligarcas. Miles repite el hueco evangelio de la disrupción de Silicon Valley (perfectamente encapsulado por el lema de Facebook: “muévete rápido y rompe cosas”). Podemos pensar en él como una amalgama de Elon Musk, Mark Zuckerberg y Steve Jobs. Su séquito de compañeros “disruptores” lo ven como un líder nato cuyo genio a primera vista parece estupidez. La trama de Glass Onion poco a poco remueve las capas de esta ilusión, para llegar a la idea de que lo único que la sostiene son las historias que se repiten de ellos y su cercanía a otras personas con poder.
Glass Onion es una película muy de su momento, y uno puede pensar que se volvería obsoleta con el próximo par de ciclos de noticias. Situada en los primeros meses de la pandemia de COVID-19, sus personajes y situaciones parecen sacadas directamente de este periodo de aislamiento en el que no nos quedaba otra forma de contacto que nuestros aparatos conectados a internet (la introducción de Benoit Blanc lo encuentra jugando Among Us en una llamada por Zoom, por ejemplo).
La plausible familia Thrombey de la primera película da lugar a una serie de caricaturas, pero, ¿es Glass Onion más absurda que eventos recientes? Veo a sus personajes y pienso en Musk comprando Twitter para convertirse en su principal piñata, en Sam Bankman-Fried encarcelado en las Bahamas y acusado de fraude después de encabezar una de las principales compañías de criptomonedas, en Andrew Tate arrestado en Rumania después de ser humillado por Greta Thunberg. Tal vez Johnson estaba siendo demasiado generoso.

Glass Onion puede ser la película más boba, tal vez la más floja de Johnson. Una que parte de la idea de que las secuelas siempre son más grandes y tontas y lo toma como propósito. A su manera, éste es su principal juego mental. Johnson ha tomado la expectativa de un misterio complejo y creado una farsa que se deleita en lo superficial. Su hilo conductor es la estupidez y cómo las apariencias a veces en verdad no engañan. ¿El que la película no tenga nada debajo de la superficie un ejemplo de escritura pobre? ¿O un comentario sobre cómo los ricos actuales son iguales?
Uno se siente inclinado a confiar en las intenciones de Johnson porque su guion está lleno de detalles que se refieren a esta idea. Su título (“cebolla de cristal” en inglés) es una referencia a la canción que John Lennon escribió para confundir a quienes buscan demasiado significado en las letras de los Beatles, y es explicado en el contexto de la trama como un objeto de muchas capas pero finalmente hueco y transparente. Noah Segan aparece como un personaje secundario introducido de manera tan torpe que solo se puede leer como una parodia deliberada de esos personajes que aparecen al principio y cobran importancia después.
Confiamos en Johnson, también porque Glass Onion está hecha con esa paradójica mezcla de maximalismo y precisión que uno encuentra frecuentemente en sus películas. La música de Nathan Johnson (primo de Rian) comprende desde chillantes acentos de clavecín y cuerdas, así como un exuberante tema musical que nos adentra en el lujo de su ambiente. En la isla de Miles, el diseñador de producción Rick Heinrichs construye una ridícula mansión que refleja perfectamente la personalidad de su dueño: una obra de arrogancia más que de solidez, obsesionada con objetos caros, con todo y una literal cebolla de cristal que alberga su oficina. Y el director de fotografía Steve Yedlin se divierte con dramáticas revelaciones en el cuadro y captura los rostros de los actores con detenimiento, como sabiendo que los estaremos estudiando en busca de sus verdaderas intenciones.
Glass Onion no es tan emotiva o entretenida como Entre navajas y secretos. No hay personajes como su Marta Cabrera, con los que fácilmente nos venimos a identificar y a quienes ansiamos que les vaya bien. Entiendo cómo uno podría verla y sentirse víctima de un engaño, no de buena manera. Al mismo tiempo, no puedo negar lo mucho que me divertí con ella. Tan superficiales como son, Johnson ha confiado correctamente en su propia pluma y en las capacidades de sus actores para construir personajes que se vuelven memorables casi al instante y cuya fuerza de personalidad basta para cargar la película entera.
Nunca es esto más claro que con el mismo Benoit Blanc. Con su denso acento y modales sureños, uno siente a Craig entregándose totalmente al papel, al mismo tiempo que reconoce que es completamente ridículo. Uno siente que él y Johnson están en perfecta sincronía y uno percibe que el director ve en Blanc lo mismo a lo que él aspira en su cine: enternecedor y sin miedo a ser bobo, pero finalmente más astuto que cualquiera de sus pares. Después de ver Glass Onion, uno se queda con la impresión de que Rian Johnson debería seguir haciendo películas de Benoit Blanc. Y que tal vez alguien debería quitarle el celular de vez en cuando.
★★★1/2
Glass Onion: Un misterio de Knives Out está disponible en streaming vía Netflix.