En México, las salas de cine se encuentran abiertas de nuevo, pero la contingencia sanitaria por COVID-19 continúa. Si deciden ver Babylon o cualquier película en cines, asegúrense de seguir las recomendaciones de higiene y seguridad pertinentes.
(Babylon; Damien Chazelle, 2023)
Las películas de Damien Chazelle tienen un filo y amargura que no siempre son reconocidos. Whiplash: Música y obsesión, La La Land: Una historia de amor y El primer hombre en la luna hablan de logros extraordinarios que son alcanzados solo a través de una enorme pérdida personal y humana. El joven baterista de Whiplash llega al nivel de habilidad y aclamo con al que siempre aspiró, pero solo a través de los constantes abusos de su maestro y el deterioro de sus relaciones interpersonales más importantes. Los dos amantes de La La Land (quizá el ejemplo más benigno de este fenómeno), triunfan en la música y el cine, pero para hacerlo deben separarse de su prometedora relación. Y en El primer hombre en la luna, aunque el astronauta Neil Armstrong logra la hazaña de caminar en la superficie lunar, nos quedamos con un recordatorio de la muerte de su hija y la sensación de emociones sin procesar.
Este tema está escrito en grande en Babylon, su más reciente película, ambientada en Hollywood durante la transición del cine mudo al cine sonoro. Chazelle regresa a la idea de Los Ángeles como ciudad de sueños y ambiciones, pero ahora su visión es al mismo tiempo más grande y más granular. Su historia sigue las distintas experiencias y destinos de individuos en distintos lugares de su jerarquía, así como la minucia de cómo la industria opera día con día. Su elenco de personajes ansía la fama o trata de mantenerla. Tenemos a Manuel Torres (Diego Calva), un joven mexicano que empieza como asistente de productores y directores; a Nellie LaRoy (Margot Robbie), una aspirante a actriz; a Jack Conrad (Brad Pitt), una estrella de cine silente; a Sidney Palmer (Jovan Adepo), un trompetista de jazz negro y a Fay Zhu (Li Jun Li), una bailarina de cabaret de ascendencia china.
Los caminos de los cinco se cruzan de una forma u otra en el bacanal que abre la película. En ella uno empieza a ver señales de lo que Chazelle (quien también escribió el guion) trata de decir sobre Hollywood, pero también que quizá no es el cineasta indicado para decirlo. Nos cuenta de exceso y decadencia mostrándonos el primer plano de un elefante defecándose, una joven orinando sobre un hombre obeso, una cava con toda clase de drogas, un hombre con enanismo montado en un pene de utilería (que avienta serpentinas que asemeja una eyaculación), relaciones sexuales en grupo y a Fay interpretando una canción cargada de doble sentido.

No obstante, el impacto se disipa demasiado rápido. En manos de Chazelle, sus imágenes chocantes y vulgares se sienten demasiado calculadas, como un niño que acaba de aprender una grosería e insiste en repetirla para impresionar a sus compañeros y espantar a los adultos a su alrededor, pero que no capta su verdadero significado. Son parte de una rígida y elaborada coreografía, ejecutada con demasiada precisión–el plano secuencia que nos lleva entre el mar de gente en la fiesta es definitivamente virtuoso–pero el deseo o vicio que los motiva nunca es verdaderamente palpable.
El ejemplo a seguir parece ser Juegos de placer de Paul Thomas Anderson (otro cineasta que despegó a una edad inusualmente joven), pues aquella película también sigue a distintas figuras de una industria angelina del entretenimiento (en su caso, la del porno) durante un periodo transicional (del celuloide al video). En la película de Anderson, uno siente una comodidad y familiaridad con su vulgar y frecuentemente tóxico medio, en parte porque él mismo creció en el Valle de San Fernando alrededor de esa época, pero también porque se notaba una afinidad con la gente que retrataba. Como director, Chazelle es demasiado respetable y de corte limpio; su Babylon está llena de personajes acartonados y carentes de carisma. Nunca cobran vida propia, se sienten huecos vehículos para cualquier punto que quería decir sobre Hollywood. Sentimos a Chazelle en una fría biblioteca repasando páginas y páginas de historia, no su experiencia de alguna pasión humana.
Babylon no funciona sin esta sensualidad y peligro. El título alude por supuesto a Babilonia, (pueblo pagano cuya destrucción el profeta Isaías anunció en la Biblia cristiana) pero también a Hollywood Babylon, libro de chismografía en el que Kenneth Anger relata las (supuestas) vidas secretas y sórdidas de las primeras estrellas del cine estadounidense–el poeta Don Blanding es a quien se le atribuye la descripción de Hollywood como una “Babilonia de celuloide”. Babylon se trata en teoría de una industria mordaz y asesina, que seduce a aquellos que llegan con sueños del estrellato y después los escupe, quitándoles todo, a veces hasta sus vidas. La película transmite esto con cierto nivel de humor. En uno de sus gags recurrentes, algún miembro del equipo de filmación es víctima de una negligencia fatal y sus compañeros, quienes apenas se inmutan, siguen con su trabajo.

Las mejores secuencias de Babylon son aquellas que muestran con detalle las partes móviles de una producción, la tensión y ansiedad de coordinar a tantas personas y piezas de tecnología para lograr algo que ocupa un par de segundos en una pantalla de cine. Chazelle se muestra mucho más cómodo mostrando cómo se hacen las películas dentro de su propia película. Un campo en lo que entonces eran las afueras de Los Ángeles donde transcurren varios rodajes simultáneos de películas silentes, o un estudio para una comedia sonora, proporcionan inclementes antagonistas: el inevitable ocaso del sol (que les da la única luz para grabar) o los voluminosos y torpes primeros equipos de grabación de sonido. Al final de ambas secuencias, uno siente que lo que se acaban de lograr es nada menos que milagroso.
Hollywood es una maquinaria rápida y el avance del “progreso” es implacable. Aquellos que no se pueden adaptar, ya sea por el timbre de sus voces, porque no pueden memorizarse sus diálogos o simplemente porque ya no le gustan al público, son descartados con indiferencia. Pero la asimilación tiene sus propios peligros. Babylon nos muestra una industria dispuesta a aceptar a personas de color, pero por la vía del ocultamiento o exotización de su identidad racial. Manuel, Sidney y Fay pueden triunfar siempre y cuando hagan la voluntad de sus superiores blancos, o adopten sus valores.
Visualmente, los trucos de Babylon son repetitivos y no muy originales. La fotografía de Linus Sandgren copia a Anderson para evocar la nostalgia y el inclemente sol de California: aberraciones de color alrededor de los contornos de sus personajes (como si hubieran sido capturados con lentes antiguos), cielos blancos con destellos de ámbar y tonos deslavados, vagamente azules (como la portada de un libro que ha sido expuesto mucho tiempo al sol). La cámara que se voltea bruscamente de un lado a otro, planos detalle de trompetas (conté tres en la fiesta que inaugura la película), recursos que vimos en La La Land aparecen de nuevo, pero no se sienten como sellos autorales, sino como síntomas de una agotada imaginación. Quien de verdad brilla es el compositor Justin Hurwitz, cuya música tiene un pulso y animalismo que se extraña en el resto de la película. Chazelle es inteligente en apoyarse en ella, a la que prácticamente le cede su lugar como motor de la película.

Quizá de manera más condenatoria, Babylon es demasiado sentimental e inocente como para convertirse en la crónica de libertinaje o crítica mordaz a la que aspira. La forma en que cierra las historias de Manuel y de Sidney raya en lo aleccionador (solo quien se rehúsa a comprometer sus principios termina salvándose de verdad). Y el pseudo-romance que surge entre Manuel y Nellie se lee como el sueño frustrado de un tímido adolescente: es la historia de una mujer cuyos traumas sugeridos la vuelven etérea y romántica y el bondadoso extraño que la ama a distancia.
Lento pero seguro, y con ayuda de un montaje de varios clásicos del cine comercial y experimental, la película cierra en una nota muy Chazelle. Sugiere que, a pesar de los horrores y maltratos endémicos a su industria, no hay magia como la de la luz y el movimiento en la pantalla grande. En la secuencia más audaz y experimental que Chazelle ha hecho hasta ahora, fragmentos de películas que van desde los experimentos de Eadward Muybridge a Avatar de James Cameron se mezclan con el flotar de los químicos del celuloide y la música de Justin Hurwitz nos lleva de vuelta al desborde sensorial de aquella primera fiesta. Es una secuencia radical también porque va en contra de todo lo que vino antes, nos pide sostener ideas contradictorias. Por su paralelo con sus películas anteriores, podemos entender y sentir lo que inspiró a Chazelle a querer contar esta historia.
Babylon es un viaje a los excesos de un Hollywood que ya no existe, no solo porque su narrativa habla específicamente del Hollywood de los años veinte y treinta. Como una superproducción con dosis de sexo y violencia, actúa también como una deliberada refutación a un Hollywood que parece cada vez más infantilizado y antiséptico. Su diagnóstico es correcto, pero la medicina no. Chazelle quiere llevarnos de vuelta a ese Hollywood de antes del Código Hays, donde las películas y las personas que los hacían gozaban de reputaciones como enemigos de la moral y la decencia dominante. Pero como director, es demasiado estricto y formal como para capturar su espíritu.