En México, las salas de cine se encuentran abiertas de nuevo, pero la contingencia sanitaria por COVID-19 continúa. Si deciden ver Tár o cualquier película en cines, asegúrense de seguir las recomendaciones de higiene y seguridad pertinentes.
(Tár; Todd Field, 2023)
Pocas películas tratan de capturar un momento actual de manera tan decisiva como lo hace Tár de Todd Field. A primera vista, Tár resulta impenetrable si no estamos familiarizados con la abundancia de conceptos que pueblan lo que nebulosamente se entiende como el “discurso” en internet. Es sobre la discusión de separar el arte del artista. Sobre la política identitaria. Sobre la “cultura de la cancelación”, el #MeToo, lo “woke”, términos que pudieran no tener sentido para alguien que no pasa la mayor parte de su día en pleitos con extraños en alguna red social (una variedad de persona cada vez más pequeña en número, supongo). Lo que es bienvenido de Tár es que las palabras de moda son solo la superficie. Es una película que busca su significado más profundo y se atreve a interrogarlas e interrogar con ellas.
Al centro de la película tenemos a Lydia Tár, una brillante y aclamada conductora de música clásica interpretada por Cate Blanchett. Una estudiante de Leonard Bernstein y admiradora de Gustav Mahler, Lydia está en la cima de su carrera cuando la película empieza. Es la conductora de la Orquesta Sinfónica de Berlín, con la que ya ha grabado casi todas las sinfonías de Mahler, y está a punto de grabar la quinta y más conocida. Mundialmente es conocida por una serie de conciertos transmitidos en vivo durante la pandemia. También está a punto de publicar su libro de memorias.
Esto y muchos otros datos los conocemos en la primera escena propiamente dicha, una entrevista que Lydia concede a escritor de la revista The New Yorker Adam Gopnik (interpretándose a sí mismo, afirmando el compromiso de la película con la actualidad y la realidad). La entrevista, así como la extensa semblanza que la precede, no solo están ahí para inundarnos de información, pero también para darnos una primera entrada a cómo Lydia piensa y se comporta como persona pública. Lydia trata la entrevista como toda una interpretación dramática, tiene una relación estrecha con su fama y su reputación.
Nuestra primera impresión de Tár es la de una artista totalmente comprometida a su creación. El estereotipo del genio que descuida su lado humano, pues la grandeza creativa le demanda todo de su ser. Cuando la vemos dirigir, Field la introduce con un silencio que precede el estruendo de la orquesta. La cámara, colocada desde abajo, exagera y torna monumentales sus movimientos, creando la imagen de una artista completamente absorbida en la música y comunicándole a sus intérpretes el ritmo, intensidad y matices que le exigen el instinto y la inspiración.

Los logros de Tár son discutidos también en términos de su identidad. Como mujer y como lesbiana, contrasta con los hombres heterosexuales que tienden a dominar puestos de poder. Aunque ella reconoce a otras mujeres como ejemplos y predecesoras, éste es un tema que preocupa más a otros que a ella misma. Mientras da una clase magistral en Juilliard, la más prestigiosa academia de música en Estados Unidos, ella tiene un momento tenso cuando uno de sus estudiantes Max (Zethphan Smith-Gneist), pangénero y de color en sus propias palabras, dice no estar interesado ni conmovido por la música de Johann Sebastian Bach, un compositor varón blanco y cisgénero. El genio de Bach (y el de cualquier músico o artista, queda implícito), según Tár, no se puede reducir a las categorías que componen su identidad ni a lo que hizo en su vida privada.
La refutación de Tár es retóricamente brillante y es la base de la secuencia más visualmente virtuosa de toda la película. El director de fotografía Florian Hoffmeister crea un plano secuencia que nunca eclipsa el contenido de la escena; busca composiciones dramáticas y se sostiene en ellas por varios segundos, en lugar de ser solo movimiento. Un lente amplio permite que Lydia se mantenga central e imponente y sus estudiantes pequeños. Pensamos en ella como la viva encarnación del poder y el control.
Tomada por sí sola, la escena es una bendición para quienes buscan leer a la película de manera reaccionaria, una carismática y simplista (y fácil de viralizar) desacreditación de los esfuerzos a favor de la diversidad, la inclusión y de cuestionar los cánones artísticos occidentales. Pero solo tiene sentido si nos dejamos llevar por la superficie y la divorciamos de su contexto. Cuando Lydia regresa a su hogar en Berlín, a su pareja Sharon (Nina Hoss) y al día a día de la orquesta, por fin podemos empezar a entenderla como pareja, como madre y como jefe, no solo una eminencia brillante e infalible. Las ideas de la película se tornan entonces más complejas.
En uno de sus momentos “brillantes”, Lydia acusa a Max de basar toda su opinión y punto de vista de las redes sociales, pero ¿es congruente cuando tanto de la vida de Lydia se basa en lo superficial, en su ego y su reputación? ¿No es la Tár que el mundo conoce (así como todas las celebridades) una cuidadosa invención? Hoffmeister y Field tienden a mostrarla en planos abiertos y estáticos que destacan los lujos minimalistas que adornan el escenario de su vida diario: los espaciosos apartamentos y cuartos de hotel, la inmaculada sala de conciertos donde ensaya. Cuando Tár se comporta grosera, podemos pensar primero que su pasión por el arte le gana y le hace perder tacto. Pero poco a poco aparecen detalles que nos cuentan de un patrón de manipulación y abuso que pone a prueba nuestra simpatía.

Aunque Todd Field es un cineasta estadounidense con trayectoria y respetabilidad en Hollywood (antes de Tár ya contaba con nominaciones al Oscar), ésta es su primera película en más de quince años y en parte se siente como un forastero (en el mejor sentido de la palabra). En sus imágenes y su ritmo, Tár tiene más en común con el trabajo de cineastas agrupados en el lado contemplativo del llamado cine de arte. En lo estático y preciso de sus tomas hay algo del tailandés Apichatpong Weerasethakul (como la protagonista de su Memoria, Lydia incluso es atormentada por sonidos inexplicables que escucha a la mitad de la noche). Y como en la obra del turco Nuri Bilge Ceylan, la historia se desenvuelve de manera glacial, prolongadas secuencias de domesticidad que fluctúan en intensidad pero que poco a poco nos conducen a una resolución que se siente inevitable.
Las conversaciones se alargan por desviaciones sin propósito inmediato, abundan referencias a otros músicos, chistes que prácticamente piden tener una enciclopedia especializada a la mano, pero no hemos de comprender cada uno de ellos sino dejarnos llevar por la sensación de que nada debe omitirse si hemos de entenderlos en su ambiente natural. Somos testigos de momentos de vital importancia aun si a primera vista parecen intrascendentes: el proceso de composición de Lydia es retratado a través de esos tiempos muertos entre los que llega la inspiración.
El genio de Tár se encuentra, no en tomar una posición y defenderla con determinación e ingenio, sino en darnos a un personaje complicado y revelar su destino y carácter poco a poco. ¿Es Lydia Tár una gran artista o solo una abusadora? ¿Es su abuso de poder una anomalía o algo que la jerarquía que la rodea permite y alimenta? ¿Hemos de pensar que las mujeres pueden ser tan abusivos como los hombres? ¿O es el sistema y no el individuo el que es el problema? ¿Es su final uno triste o uno feliz? ¿Es un camino a la redención y símbolo de su implacable resistencia? ¿O una patética y trágica caída, un castigo justo? Y si no es justo, ¿es porque la película falla en su propósito o porque captura con fidelidad el mundo que nos rodea? Cómo reaccionemos a Lydia revelará lo que pensamos en realidad de los valores que creemos defender. Si ella provoca nuestra simpatía, nuestro desagrado o un poco de las dos, nos sentiremos puestos a prueba, pero también que sabemos más sobre nosotros mismos.