(Ernesto Contreras, 2023)
Ikal (Kaarlo Isaacs) es el niño nuevo en el pueblo. Se acaba de mudar con su madre enferma Lucero (Teté Espinoza) y su padre Tomás (Jero Medina), quien trabaja en la construcción del ferrocarril. Los tres se han mudado muchas veces antes, siempre por el precario empleo de Tomás, por lo que Ikal no se hace ilusiones con lugar. Está seguro de que pronto se volverán a ir. No obstante, poco a poco encuentra motivos para quedarse. Primero se encuentra con un perro al que llama Quetzal y al que decide adoptar. Después Georgina (Adriana Barraza), la maestra de la escuela local, insiste en que se incorpore a ella para aprender a leer y escribir.
Lucero y Tomás son padres gentiles y comprensivos, pero no niegan que por la difícil situación por la que pasan no pueden permitirle las cosas de un niño típico. Les toma un poco, pero terminan aceptando, viendo lo mucho que Ikal lo ansía. Una vez en la escuela, Ikal hace amigos: Valeria (Frida Cruz), quien se convierte en su primer enamoramiento (con la música dulce y la cámara lenta que típicamente lo anuncian en las películas), Tuerto (Ikal Paredes), un muchacho que se aprende obsesivamente las rutas de los ferrocarriles que pasan, y el irónicamente llamado Chico (Diego Montessoro), un joven problemático que de hecho es el mayor de todos.
La relación más importante de El último vagón es la que surge entre Ikal y Georgina. La vida de ella gira alrededor de la escuela y sus alumnos, y aborda su tarea con dedicación y alegría, pero también escondiendo una profunda tristeza. En su primera lección privada, Ikal toma la foto de un hombre y pregunta sí es su esposo. Ella le contesta que no se entrometa, señal de una trágica historia que ha de revelarse después. Barraza logra sugerir esta tristeza privada sin que la película pierda su ritmo placentero y alegre. Es una pérdida que le da fuerza en lugar de debilidad. La dirección de Ernesto Contreras (de Sueño en otro idioma) y la actuación de Barraza logran que la relación sea convincente y efectiva a pesar de que los dos apenas comparten un par de escenas solos. Cuando Ikal dice que quiere ser maestro, es un detalle tierno, pero confiamos en que no lo dice solo por complacer. Le creemos.
Viendo El último vagón podemos reconocer la función de sus personajes desde el momento en que los vemos por primera vez y más o menos anticipar para dónde va su historia. Reconocemos a los personajes porque los hemos visto antes: la niña que despierta el primer amor, la maestra que inspira al protagonista a ser mejor persona, el amigo que se mete en problemas y cuyas acciones tiene consecuencias desastrosas. Sabemos que, cuando un personaje dice que una enfermedad, ésta eventualmente se volverá incapacitante. Mucho antes del final podemos anticipar sus principales lecciones: que podemos convertirnos en lo que sea si nos lo proponemos, pero que no hay que perder contacto con quienes fuimos.

Un segundo hilo narrativo también es más o menos predecible. Hugo Valenzuela (Memo Villegas) es un joven inspector de la Secretaría de Educación Pública y que va de escuela en escuela informándoles de su clausura. De acuerdo con la más reciente reforma, sus recursos se habrán de invertir en un “bien mayor” que nunca es explicado pero que no debe ser cuestionado. La película construye un conflicto entre la burocracia (al servicio de un vago ideal del progreso) y la escuela como el corazón de una comunidad (incluso con sus imperfecciones y limitados recursos). Transmite esta idea sin tener que dramatizarla con un villano; habita un mundo gentil y bondadoso en el que un maestro apasionado y dedicado puede hacer la diferencia.
Lo que hace a El último vagón tan especial, y la ayuda a trascender sus ingredientes más sentimentales y melodramáticos, son su tono y su realización. Está hecha con una mano delicada que sí, juega con nuestras emociones, pero nunca demasiado. Para que las sintamos, pero nunca notemos que estamos siendo manipulados. El guion de Javier Peñalosa, basado en la novela de Ángeles Doñate, presenta los eventos de tal manera que se sienten como realidades de la vida y no intentos telegrafiados de tocar nuestras fibras sensibles.
La música guía los sentimientos que hay en pantalla en lugar de compensar por la falta de ellos. El diseño de producción construye la viva ilusión de un lugar perdido en un algún momento impreciso del siglo XX. Se siente como una comunidad suficientemente específica y excéntrica que, a través de la imaginación sus niños, puede convertirse en su propia tierra fantástica: los “edificios” son carros del tren, mientras que la vieja noria parece un castillo medieval por la forma en que se impone sobre las verdes montañas que los rodean.
Contreras y el cinefotógrafo Juan Pablo Ramírez no abusan de los primeros planos; la paciencia y la distancia de sus imágenes con lentes anamórficos nos remonta a una era pasada y aprovecha el entorno de tal manera que se siente inseparable de sus personajes. El último vagón funciona porque los actores y realizadores están en la misma sintonía, tratan el material con sinceridad incluso cuando nos cuentan una historia simple y reconfortante que nos dicen cosas que probablemente ya creemos. Pero nos calienta el corazón recordarlas de esta forma.
★★★1/2
El último vagón está disponible en streaming vía Netflix.
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