(To Leslie; Michael Morris, 2023)

La actriz inglesa Andrea Riseborough ha venido construyendo una carrera destacada pero no necesariamente llamativa como actriz de reparto (La muerte de Stalin, Animales nocturnos, Mandy) o como protagonista en producciones relativamente pequeñas (Possessor: Controlador de mentes). Siempre ha sido de esos actores cuya presencia mejora una película, aun cuando el público en general no preste atención a su nombre. Mala suerte, buena suerte es entonces un momento clave en su filmografía: una película en la que está al frente y al centro y que además le ha merecido su mayor reconocimiento hasta la fecha (una nominación al Oscar por actriz protagónica). La nominación en sí parece haber eclipsado su trabajo, pues casi tan pronto como Riseborough fue nombrada, la película fue sujeto de controversia por su campaña, que se apoyaba en amigos cercanos de la industria y no en los costosos emprendimientos acostumbrados por otros aspirantes.

La Academia concluyó que no había irregularidades en su campaña (terminó ganando Michelle Yeoh por Todo en todas partes al mismo tiempo), un final apropiado para una controversia que nunca tuvo razón de ser. Si bien Mala suerte, buena suerte pudo haber necesitado de un empujón para ser vista por sus miembros, nunca fue una película que se saliera de aquello que típicamente premian. Mala suerte, buena suerte, si nos queremos poner cínicos, es la clase de película que un actor hace con la intención de ganar un Oscar. Es una película que gira alrededor de una actuación y todos sus elementos están pensados para hacerla brillar.

Riseborough interpreta a Leslie, una mujer de un pequeño pueblo de Texas que, varios años después de haberse ganado 190 mil dólares en la lotería, se ha quedado sin dinero y sin un lugar donde vivir. Tan extrema es su situación, que la película exagera los extremos cortando desde una optimista transmisión de televisión en la que recibe el cheque extasiada, a ella con la cabeza entre las piernas en la habitación de motel de la que la están a punto de correr por no tener con qué pagar.

¿Cómo terminó Leslie de esta manera? La respuesta no se puede reducir totalmente a eso, pero el alcohol tuvo algo que ver. Entre más conocemos de Leslie, podemos concluir que sus planes de comprar una casa para ella y su hijo pronto fueron desplazados por su adicción (el “yo invito las bebidas” al final del clip de televisión es profético). A lo largo de la película, Leslie va de un lugar a otro prometiendo rehacer su vida con tal de conseguir un nuevo techo. Primero en la ciudad con su hijo de 19 años, James (Owen Teague), después en la casa de sus anteriores amigos Dutch (Stephen Root) y Nancy (Allison Janney) y finalmente en un motel sobre la carretera administrado por Sweeney (Marc Maron), un hombre cincuentón al que le nace darle una oportunidad.

Mala suerte buena suerte_1

Leslie puede ser oportunista y manipuladora, pero sus acciones nunca son producto de malicia. En la primera y mejor parte de la película ella desobedece las reglas de convivencia de casa de James (“no tomar”) comprando una botella de alcohol con dinero que le robó a su compañero de cuarto. Pero la película no la juzga, se mantiene abierta a otras explicaciones: quizá le ganaron el hábito y la compulsión de su cuerpo, quizá cree que lo puede mantener bajo control.

La banda sonora, que se compone de un partitura y canciones que Linda Perry hizo exclusivamente para ella, así como de temas de leyendas de la música estadounidense como Willie Nelson y Dolly Parton, contribuyen a que Mala suerte, buena suerte se sienta como el equivalente fílmico de una canción de country: de esas que cuentan sobre tocar fondo por culpa de la bebida, pero en las que se termina imponiendo un espíritu de resistencia y triunfo. Sobre como a veces uno necesita pasar por el peor momento de la vida para experimentar esa claridad que permite ponerla en orden.

Pero por mucho de su duración, Leslie parece una criatura concebida exclusivamente para despertar nuestros sentimientos de lástima. No es una protagonista, es un espectáculo. Los personajes que la rodean, incluso el sentido de lugar de Texas (mucha de la acción transcurre en el pueblo natal de Leslie, pero esa conexión pocas veces se expresa de manera tangible) pasan a segundo plano. El trabajo del director Michael Morris, con una cámara en mano y fotografía en celuloide, está al servicio de esta estética de autenticidad y pobreza. Hay un breve guiño de reconocimiento: al principio de la película James menciona que no quiere ir al zoológico porque no le gusta ver animales que no hacen más que sufrir. ¿No es esto lo que vemos a Leslie hacer toda la película?

La actuación de Riseborough es un impresionante despliegue de talento y capacidad. El descartar el prestigio y glamour que típicamente se asocia a un actor de Hollywood tiende a dar una impresión de autenticidad (cuando irónicamente suele ser lo contrario), pero Riseborough tiene la técnica para respaldarlo. Aunque una actriz británica, ella adopta el acento tejano con absoluta comodidad; nunca retrocede a su expresión natal ni tropieza en la intensidad emocional de cada escena. El guion le da muchas oportunidades de articular sentimientos con la mayor fuerza posible (léase gritar) y de actuar físicamente los dolorosos síntomas del síndrome de abstinencia. Ambas cosas las hace con cabalidad.

Lo que pocas veces se ve es la oportunidad de formar un personaje matizado, con emociones que provengan del interior de su ser. Leslie, es caprichosa, vulgar y voluble, pero es puro comportamiento, nunca terminé de sentir en ella un alma. Mala suerte, buena suerte llena este hueco con clichés: cómo el amor y la compañía de alguien bueno y comprensivo nos puede poner en el camino correcto, y cómo esos lazos que descuidamos se pueden enmendar con sacrificio y dedicación. El final de la película resuelve todo de manera muy limpia, ignorando lo que hace a su historia, en concepto, tan especial: la imperfección y el desorden.


★★1/2


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