(The Iron Claw; Sean Durkin, 2024)
Más que una maldición, llámenle una profecía autocumplida. En los ochenta, el mundo de la lucha libre estadounidense vio el ascenso de una familia de atletas, los Von Erich: cuatro hijos que siguieron el camino de su padre y trataron de hacer realidad su sueño de conseguir el título de campeón mundial en el deporte. Esto, hasta que su fama fue finalmente eclipsada por una serie de tragedias e infortunios. Los mismos miembros de la familia estaban convencidos de que una maldición perseguía el nombre Von Erich–el padre, Jack Adkisson, adoptó el de Fritz Von Erich como su sobrenombre en el ring. Pero como sugiere Garra de hierro, la película inspirada en sus vidas, hay más a lo que nos dice la superstición.
Al inicio de la película, Fritz Von Erich (Holt McCallany) y su esposa Doris (Maura Tierney) han criado a cuatro jóvenes con futuros prometedores (el primogénito, Jack Jr., falleció de pequeño): Kevin (Zac Efron) es un luchador establecido en la World Class Championship Wrestling, Kerry (Jeremy Allen White) un lanzador de disco preparándose para participar en las olimpiadas, David (Harris Dickinson) está a punto de hace su debut en el ring y Mike (Stanley Simons) es músico. Corre el año de 1979 y las vidas de los hijos se componen de estrictas rutinas de entrenamiento que los ponen en forma y enfocados en sus metas. Su tiempo libre lo dedican a disfrutar de los placeres rurales asociados a la Texas de la época: barbacoas en familia, nadar en el lago y escuchar los éxitos del rock pesado (la banda sonora incluye a Tom Petty and the Heartbreakers, Blue Öyster Cult y Rush).
Pero ¿qué no la lucha libre es falsa? Algo así pregunta Pam (Lily James), una aficionada que se le acerca a Kevin después de una pelea y más adelante se convierte en su novia y esposa. Sí, pero los saltos, piruetas y caídas les exigen una proeza física, y montar un espectáculo convincente y emocionar a la multitud igualmente requieren de talento y carisma. Fritz es rígido; motiva a sus muchachos a competir entre ellos clasificándoles por orden de preferencia. Doris, alguna vez una artista, parece entregada a su proyecto y no se preocupa mucho por las emociones de sus hijos. Cuando Kevin le pide que interceda porque Fritz está siendo muy severo con Mike, ella se deslinda del problema, le dice que lo resuelvan entre ellos.

El guion, a cargo del director Sean Durkin, es ambiguo en cuanto a lo que motiva a Fritz. En él reconocemos la aspiración frustrada de alguien que luchó por el título de campeón del mundo pero nunca lo consiguió. Inferimos que busca cumplir ese sueño de manera indirecta a través de sus hijos. Pero también que, en su crianza, cree darles las herramientas necesarias para que se enfrenten a las dificultades de la vida. No es incapaz de cariño y amor; puede mirarlos con orgullo y compartir su felicidad y los momentos en que lo hace nos hablan de una película que quiere construir una persona real, no un villano.
Como director, Durkin deriva el ritmo de la película de la vida cotidiana de los Von Erich. Nunca se pone muy atrevido con el acomodo de la cámara o el movimiento de los actores. Escenas importantes tienden a transcurrir en primeros planos, con los personajes conversando frente a frente. Una o dos posiciones de cámara suelen ser suficientes para cubrir una escena, lo que la acerca al estilo conservador y disciplinado de las películas de la época en que se ambienta.
Musica ominosa, de notas graves, nos alertan al peligro desde el prólogo en blanco y negro que muestra los días de Fritz como peleador, pero la película en general evita el melodrama. Teniendo en cuenta lo que sucede en la vida de los Von Erich, hay mucho material para mantenernos llorando, pero la película no busca explotarlos. Los eventos hablan por sí mismos y la película es más efectiva cuando sugiere en lugar de mostrar. El antes y después de un accidente ocurre en el espacio de una elipsis, una desaparición se explica con un plano abierto de un grupo de hombres buscando en el campo, una muerte se nos sugiere con la imagen del vestido que Doris habrá de usar en el funeral.

Los personajes pocas veces dicen lo que los demás o nosotros como público tenemos que oír. No articulan o explican sus emociones; la película se trata parcialmente de lo difícil que es para los Von Erich hacerlo. Cuando se acercan a hablar de sus miedos, dudas y celos, el momento tiene un peso, se siente como un pequeño triunfo. Sus personajes son entonces algo difíciles de descifrar. La película nos da su entorno y sus reacciones y nos invita a encontrar cómo estos se conectan. De vez en cuando la cámara se acerca lentamente, como una sonda adentrándose a un objeto desconocido pero incapaz de comprenderlo totalmente.
El ambiente en que crecen los Von Erich no se lee como abusivo desde el principio. Pero poco a poco vemos cómo cada hijo se aísla en su propia búsqueda del éxito y de la aprobación de su padre. Cada una se vuelve más difícil de procurar a medida que accidentes y errores aparecen en sus respectivos caminos. Y nos damos cuenta de que, si los pesares de la familia tienen una raíz, no es un mal místico que persigue su nombre, sino la forma en que fueron criados para responder a las crisis. Su cuerpo es su única herramienta y en su mente solo cabe una cosa –cuando Pam empieza su relación con Kevin, es ella quien tiene que guiarlo por el cortejo; él ni siquiera parece capaz de preguntarle su nombre.
Lo que finalmente nos conmueve es que, a pesar de las constantes rivalidades fomentadas por su propio padre, el ambiente entre los hermanos Von Erich nunca se torna tóxico. Ser hermanos los aterriza, les da un propósito, una identidad, es un abrazo de comprensión y cariño. El momento más triste de la película es también el único de felicidad pura, pero uno que es finalmente imposible. Garra de hierro tiene lecciones y mensaje claros. Que los hombres estaríamos mejor si pudiéramos abrirnos más a nuestras emociones, si dejáramos de exigirnos lo imposible, si nos atreviéramos a pedir ayuda, si nos diéramos permiso de llorar. Pero como en toda buena historia, lo que se cuenta es menos importante que el cómo se cuenta. Y la película lo hace con respeto a esa complejidad de los seres humanos y al desorden de la vida real.
★★★1/2
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