(Road House; Doug Liman, 2024)

He aquí una sorpresa: El duro, la película ochentera de culto protagonizada por Patrick Swayze, acaba de recibir un remake. He aquí otra sorpresa: dicho remake es bastante bueno. Treinta y cinco años después del estreno de la película original, el director Doug Liman y la estrella Jake Gyllenhaal llegan a modernizar esta simple premisa manteniendo el bobo y brutal espíritu de violencia sin sentido de la original. Sus novedades van de lo obvio a lo sutil. El duro de 2024 cambia la ambientación al presente e incorpora modas actuales, pero también reinterpreta la historia con una nostalgia por otros géneros más o menos olvidados por el cine reciente.

El planteamiento es básicamente el mismo. Elwood Dalton (Jake Gyllenhaal) sobrevive estafando a sus rivales en el circuito de peleas clandestinas hasta que es contratado por Frankie (Jessica Williams), para que haga de gorila en su bar al lado de la carretera en los cayos de Florida. Dalton, quien alguna vez fue peleador profesional de artes marciales mixtas, parece sobrecalificado para el trabajo, pero en meses recientes, Frankie y su bar han sido blanco de las amenazas de una banda de alboroteros conectada con Ben Brandt, (Billy Magnussen), el hijo de un criminal local.

Para innovar, esta versión de El duro mira simultáneamente al presente y al pasado. Una de sus novedades es incorporar a la Ultimate Fighting Championship: su protagonista tenía una carrera en la liga, y la estrella de la vida real Conor McGregor hace su debut cinematográfico como el antagonista principal. Pero quizá la más acertada y refrescante decisión de la película es hacer énfasis en cómo todo lo que pasa se parece a un western hecho y derecho. Se dice que el cine de Hollywood es formulaico, pero esto no quiere decir que la innovación sea imposible. Ésta, más bien, tiene que guiarse por las lógicas del mercado, siempre buscando cómo darle un giro novedoso a viejas recetas. En ocasiones, esta innovación consiste en rescatar lo que vino antes. ¿Cómo hacer una versión nueva del western, un género que, en términos comerciales, lleva muerto por décadas? Cuyos ejemplos más recientes son de la vena revisionista, esos que su principal intención es la de cuestionar los mitos del pasado.

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Para hacer un western como los de antes, sin subversión ni ironía, El duro descarta los símbolos más obvios (los sombreros, las pistolas, el oeste apenas colonizado) al mismo tiempo que preserva los arquetipos y los principales beats narrativos. Dalton es ese extraño misterioso que llega a un pueblo sin ley para protegerlo de una banda de malhechores, blandiendo una violencia emocionante y a ratos espectacular pero, se supone, con principios. Para hacer todo un poco más obvio, o para que el público se anime a buscar esos westerns de antaño, la película tiene al personaje de Charlie (Hannah Lanier), una adolescente que atiende una librería local, que a ratos actúa como la secuaz de Dalton y comenta cómo todo lo que pasa se siente como la trama de una novela de esas que se imprimen en papel barato.

Dalton tiene elementos de un torturado antihéroe. Empieza contemplando el suicidio estacionando su carro sobre las vías del tren (pero aún esto es tratado con un oscuro sentido del humor; cuando se decide a vivir y el tren ya va hacia él, su carro no enciende), pues es perseguido por un incidente de su pasado que le impide vincularse muy de cerca con los demás–particularmente con Ellie (Daniela Melchior), una joven doctora que hace de interés amoroso, una mujer tenaz y capaz hasta que la historia la pone de damisela en apuros para detonar el clímax.

Esta caracterización basta para que nos involucremos en lo que pasa, pero los melodramas personales de Dalton nunca eclipsan lo que transcurre a su alrededor. Dalton sufre, sobre todo en su cuerpo, pero no tiene oportunidad de ahondar en este dolor, siempre hay algo más que hacer. No nos da la impresión de alguien brillante, en conversación siempre parece ir un paso atrás, pero cuando llega el momento de los golpes, su conocimiento de anatomía compite con el de un médico veterano. En el preludio a su primera pelea con los matones locales los prepara para los devastadores y precisos golpes que están por recibir con un tono casi burocrático.

Si él nos cautiva, es gracias a Gyllenhaal; su presencia en pantalla, más que su actuación. Es un rol limitado, pero no sin gracia; Gyllenhaal no extiende su rango actoral pero tampoco está siendo perezoso. Entiende a Dalton como un hombre de pocas palabras y mínimos gestos, pues en realidad no necesita mucho más. Gyllenhaal puede dominar la pantalla con una mirada y una sonrisa sarcástica. Su porte relajado casi sugiere una filosofía de vida detrás–aun cuando ninguna es articulada. Eso es precisamente lo que hace a Dalton imponente.

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Las escenas de combate son una delicia. El director de fotografía Henry Braham no se aleja mucho de la cámara en mano que caracteriza a muchas películas de acción reciente, pero su trabajo tampoco se siente descuidado. Lentes angulares y movimientos abruptos le dan una sensación vertiginosa y de peligro inmediato, pero nunca sacrificando la claridad. Planos abiertos y tomas extendidas permiten que se sienta el impacto de cada golpe.

Este ingenio se extiende a las escenas más pedestres de diálogos: Braham y Liman juegan con la pantalla horizontal y lo que pueden colocar en el frente y el fondo para aumentar el drama de una manera que recuerda a los westerns clásicos: el primer encuentro de Dalton con el jefe de policía local (Joaquim de Almeida) esconde su rostro para sugerir que se trata de un enemigo formidable. Visualmente, su único verdadero tropiezo son los efectos visuales (aunque se podría argumentar que éstos contribuyen al encanto barato de una película de serie B): el fuego y el agua generados por computadora saltan a nuestros ojos porque no se integran tan bien con los entornos filmados. Pero la película reconoce sus prioridades: las peleas, lo que de verdad importa y la razón por la que la vemos, se sienten reales.

La historia tiene sus propios encantos. Algo de ella nos remonta a las novelas criminales de Elmore Leonard (sus libros inspiraron películas como Jackie Brown: La estafa de Quentin Tarantino y Un romance peligroso de Steven Soderbergh). A esos pequeños pueblos en la carretera, habitados por comunidades apretadas de coloridos personajes secundarios, tiranos locales que conspiran y malosos con iguales proporciones de bufonería y sadismo. La localidad de Glass Key está llena de preciosos sitios y vistas, pero su vida interna tiene suficiente carácter y color local que nos habla de una familiaridad que va más allá del turismo.

El duro finalmente funciona porque todos los involucrados saben exactamente qué clase de película están haciendo. Quien mejor encarna su tono y espíritu, curiosamente, no es alguien reconocido por su experiencia haciendo películas: como Knox, McGregor es brusco, escandaloso e irradia un absoluto placer por la violencia. Pero la película no es solo brutalidad y testosterona. Se suele decir que el entretenimiento no tiene por qué ser arte, muchas veces para excusar mediocridades y el mínimo esfuerzo, ignorando todo lo que hay detrás. Aun si no es arte, El duro está hecha con técnica y competencia. Se necesita inteligencia para ser así de estúpido.


★★★★


El duro está disponible en streaming vía Amazon Prime Video.


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