(Gekijō-ban Supai Famirī Kōdo: Howaito; Takashi Katagiri, 2024)
Hace unas semanas empecé a ver el anime Spy x Family, en parte porque sabía que la película iba a salir, en parte porque apareció de repente en Netflix, y la verdad lo he disfrutado mucho. La serie, basada en el manga de Tatsuya Endo, encuentra un balance delicado y encantador entre una comedia muy boba y personajes entrañables que lo llenan a uno con sentimientos de ternura. Que aprovecha el potencial cómico de los enredos que pueden surgir de una familia que se esconde sus verdaderas identidades, así como la dulzura de ver cómo esos sentimientos que adoptan como pantalla poco a poco parecen hacerse realidad.
El planteamiento de la serie se explica fácilmente. Los Forger viven bajo el mismo techo como familia pero se esconden grandes secretos: el padre Loid (voz de Takuya Eguchi) es un espía, la madre Yor (Saori Hayami) es una asesina y la hija Anya (Atsumi Tanezaki) puede leer mentes con sus poderes telepáticos. También tienen un perro llamado Bond (Kenichirō Matsuda), que puede ver el futuro. Los detalles son un poco más complicados, pero el inicio de Spy x Family Código: Blanco–su primer largometraje, también producido por las casas de animación Wit Studio y Clover Works–lo reitera en sus primeros minutos, de tal manera que quienes no estén familiarizados con ella no corren el riesgo de perderse.
En medio de una especie de guerra fría entre los países de Westalis y Ostania, el agente Twilight queda a cargo de la Operación Strix: para acercarse a un importante y muy privado político del país enemigo, Twilight asume la identidad de Loid, arregla un matrimonio con Yor (quien se beneficia de este trato, pues le facilita esconder su propia profesión clandestina) y adopta a la pequeña Anya y para que ésta sea admitida a la prestigiosa academia Eden y se haga amiga del hijo de dicho político.
La mayor duración que permite una película es una oportunidad para que el drama crezca y el estatus quo se ponga en riesgo. Al inicio de Código: Blanco, Loid es desplazado de la operación por otro agente, mientras que Yor empieza a sospechar que Loid tiene una aventura con otra mujer y Anya piensa que sus padres se van a divorciar. Quizá para que las cosas no se tornen muy pesadas, el guion de Ichirō Ōkouchi contiene una historia ligera y sin urgencia (por lo menos al principio). Anya debe participar en un concurso de repostería de la escuela, el cual Loid ve como una oportunidad para quedar bien con el director, por lo que insiste en que vayan a Frigis para aprender a hacer su postre favorito.

Esta primera parte de la película resulta la más sólida, pues está sintonizada a las fortalezas de la serie: las confusiones y engaños que surgen de cómo los Forger malabarean secretos, obligaciones profesionales y apariencias domésticas. Hay gran potencial en la duración más extendida (la película dura casi dos horas), pues estos hilos narrativos no tienen que cerrarse en los veinte minutos típicos de un capítulo de televisión sino que tienen la oportunidad de seguirse complicando y crecer hasta niveles más absurdos. Hay espacio para jugar con su elenco extendido: Nightfall (Ayane Sakura), una colega de Twilight que está perdidamente enamorada de él; Yuri Briar (Kensho Ono), el hermano de Yor que está un poco obsesionado con ella; y Franky (Hiroyuki Yoshino), un informante y amigo de Twilight que suele aparecer en capacidad de bufón.
Con estos ricos elementos en su lugar, es una pequeña lástima que la película no los termine de aprovechar. La historia eventualmente es dominada por Snidel (Banjō Ginga), un militar renegado con un plan para romper la precaria paz que existe en el mundo. Código: Blanco se convierte entonces en una película de acción convencional con metas simples: infiltrarse a la nave/base enemiga, detener al malo, rescatar a alguien secuestrado. La acción es emocionante y colorida, llena de apretados escapes e impresionantes y fluidas peleas en las que sus personajes en dos dimensiones se integran cómodamente con entornos y vehículos asistidos por gráficos de computadora. Pero en ella también se pierde lo que hace a los Forger y a la serie tan encantadores.
Nightfall, (quien inicialmente figura en el drama como la mujer que Yor cree ver besar a Loid), rápidamente es hecha a un lado, mientras que Yuri y Franky apenas hacen acto de presencia. Loid, Yor y Anya, por su parte, rápidamente se convierten en héroes genéricos. Es un error que se repite en muchas películas basadas en series de televisión: en su intento de darles a sus personajes una historia más grande, más “cinematográfica”, los colocan en narrativas trilladas. Pero lo que deleita de Spy x Family es ese contraste entre la acción y la intriga y sus elementos más cotidianos, no verlos en las tramas de siempre.
¿Hace esto de Código: Blanco una mala película? Para nada. Ver a los Forger en una trama de espionaje puro es simpático aun si no aprovecha totalmente el locuaz potencial de la premisa original (y ayuda, supongo, a que la película tampoco se sienta como un episodio de la serie que se ha extendido más allá de sus límites). Las personalidades de los Forger tienen amplias oportunidades de brillar, incluso si los clichés del blockbuster limitan lo que vemos de ellos. Y el delicado manejo del tono, otra de las fortalezas de la serie, está también presente: las escenas de peligro están balanceadas con detalles absurdos como un secuaz malvado obsesionado con su horóscopo y un episodio de fantasía sobre Anya queriendo ir al baño (¡con todo y un estilo de animación radicalmente diferente!). Spy x Family Código: Blanco nunca aspira a ser algo más que una gran diversión, cosa que logra con creces.
★★★1/2
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