(Yaneura no Rajā; Yoshiyuki Momose, 2024)

La filmografía como director de Yoshiyuki Momose es corta, pero su carrera en general no deja de ser larga e ilustre. Aunque El imaginario es apenas el segundo largometraje que dirige en solitario–el primero fue Ni No Kuni de 2019, basado en la exitosa serie de videojuegos; previamente hizo uno de los segmentos de la antología Héroes modestos de 2018–su experiencia en animación y diseño incluye varias de las películas que los maestros Hayao Miyazaki e Isao Takahata hicieron para Studio Ghibli–El imaginario también es producida por Studio Ponoc, fundada por veteranos de Ghibli que incluyen al productor Yoshiaki Nishimura (quien produjo y escribió El imaginario) y el director Hiromasa Yonebayahi. Tenemos entonces a un director (y un equipo) que de primera mano entiende que el cine dirigido a un público infantil no tiene que tenerle miedo a grandes temas, sentimientos e ideas.

Ésta es la sensibilidad que requiere una película como El imaginario, basada en la novela del escritor británico A.F. Harrold, y que sigue la historia de Rudger (voz de Kokoro Terada), el pequeño amigo imaginario de la niña Amanda (Rio Suzuki). La relación de los dos es peculiar. Rudger es producto de esa vívida imaginación que caracteriza la edad, pero Amanda no opera bajo ninguna fantasía o autoengaño. Ella piensa en Rudger como su amigo más cercano, pero también parece darse cuenta de que es la única que puede verlo y que, si deja de creer en él, desaparecerá. Desde entonces vemos una inteligencia y complejidad que desafía nuestros estereotipos sobre la ingenuidad e inocencia de los pequeños.

Tiempos complicados se vienen para Amanda. Su padre falleció recientemente y la librería a la que su madre Lizzie (Sakura Ando) ha dedicado tanto de su vida está a punto de cerrar, dejándolas potencialmente sin sustento. Por si fuera poco, ella empieza a ser perseguida por el señor Bunting (Issey Ogata), un hombre misterioso y siniestro que también parece capaz de ver a Rudger. Descrito de esta forma, podemos tener la impresión de que Amanda es la protagonista de la película; no obstante, lejos de centrarse en ella, intercalando entre su vida diaria y sus aventuras con ese amigo imaginario (y que pudiera de alguna manera reflejar sus ansiedades reales) que eventualmente tendrá que dejar atrás, El imaginario escoge a Rudger como protagonista y punto de vista. Todo lo que vemos de la vida de ella está filtrado a través de la experiencia de él.

La decisión puede parecer extraña. Dentro del mundo de la película, Rudger es una creación imaginaria, no una persona de carne y hueso, pero esto no quiere decir que sea incapaz de sentir emociones con las que nos podemos identificar. Aunque enmarcado en un mundo de fantasía, el niño igualmente lidia con sentimientos de culpa y duelo; la posibilidad de ser olvidado por Amanda, alguien que es central a su vida pero quien eventualmente deberá dejarlo atrás, cobra una dimensión existencial que le añade intensidad al drama. Rudger literalmente dejará de ser si ella lo olvida.

El imaginario_1

Un problema es que Rudger no pasa de un personaje delineado en trazos simples en lo que a su caracterización se refiere. Es cierto que Rudger no tiene un verdadero pasado como tal, lo que dificulta darnos una idea de quién es a partir de quién fue. Pero la película también desaprovecha la oportunidad de definirlo a través de cómo responde a la adversidad, dedicando ese tiempo a tratar de explicar las reglas del mundo fantástico que habitan él y los demás amigos imaginarios–el cual no termina del todo de hacer sentido. Parte importante de sus casi dos horas de duración es dedicada a presentarnos e interactuar con otras criaturas como el gato Jinzan (Takayuki Yamada), el hipopótamo Copo de Nieve (Mitsuaki Kanuka), Triturador de Huesos (Teiya Ichiryusai), un perro anciano (Akira Terao) y la intrépida niña Emily (Riisa Naka), quienes muchas veces se roban el reflector.

Estos en general son simpáticos y algunos terminan conectándonos de vuelta con la historia de Amanda en giros importantes cerca del final. Pero por mucho de su duración y gracias a la ausencia de ella, la película parece estar evitando lo verdaderamente sustancioso de su historia. El enfoque en Rudger igualmente les roba cierta emotividad a los elementos más cotidianos, particularmente lo que tiene que ver con la relación de Amanda y su madre, pues los experimentamos de segunda mano. Es un equilibrio que películas como Mirai: Mi pequeña hermana, El niño y la garza o incluso Intensamente 2, otras animaciones recientes sobre la imaginación infantil, encontraron más hábilmente.

La animación de los coloridos mundos imaginarios que vemos en los juegos de Amanda y otros niños es sin duda preciosa. Esa mezcla casi invisible de animación trazada a mano y gráficos en tercera dimensión generados por computadora es ya un estándar de la animación japonesa, pero sigue siendo efectiva y placentera cuando está bien ejecutada, como sucede aquí. Una queja menor es que los trazos de los personajes tratan de añadirles volumen y dimensión a través del sombreado, lo que termina por darles un barniz más o menos plástico, pero esto no basta para descarrilar la película.

El imaginario termina siendo una placentera aventura, con simpáticas moralejas sobre el crecimiento y el aferrarse al pasado, con ocasionales imágenes que no tienen miedo de provocar miedo–la garganta monstruosa del señor Bunting se siente como uno de esos momentos que encontramos perturbadores cuando los vemos de niños, pero que más adelante recordamos con afición. Es una obra de clara habilidad y artesanía, a la que le falta cierto enfoque y sensibilidad para ser verdaderamente extraordinaria.


★★★


El imaginario está disponible en streaming vía Netflix.