(Twisters; Lee Isaac Chung, 2024)
Se dice mucho (y me cuento entre las personas que lo han dicho) que en Hollywood ya no hay estrellas de cine. Esto no quiere decir que ya no haya actores y actrices con el carisma y personalidad necesarios para cargar una película en sus espaldas, sino que a los estudios ya no parece interesarles el desarrollar nuevos talentos tanto como explotar franquicias reconocibles y resucitar éxitos del pasado. Las marcas son las estrellas ahora.
Glen Powell parece ser la excepción que prueba la regla. Después de papel secundario pero llamativo como un presuntuoso piloto de combate en Top Gun: Maverick (al lado de la máxima estrella del Hollywood actual, Tom Cruise), Powell compartió la pantalla con Sidney Sweeney en Con todos menos contigo, un sorprendente éxito de taquilla que llevó a muchos a declarar el regreso de la comedia romántica estadounidense. Más recientemente, Cómplices del engaño armó una dupla genial con él y Adria Arjona; en otras circunstancias (si su distribuidor en Estados Unidos, Netflix, la hubiera estrenado en la pantalla en lugar de tirarla directamente a su plataforma de streaming), la película podría haber sido una especie de coronación: la actuación que le demuestra al público en general que su presencia es garantía de un buen rato en el cine.
Tornados puede entonces parecer un retroceso. Ésta es, después de todo, una película cuyo gancho, más que la presencia de Powell, es el estar basada en otra película que el público más o menos reconoce ya. Una secuela a Tornado, la película de desastres de 1996 dirigida por Jan De Bont, suena a un síntoma más de que a Hollywood ya no le quedan ideas. No obstante, si Hollywood debe reciclar viejos éxitos, Tornado está lejos de ser el caso más ofensivo. Pocos la considerarían un verdadero clásico (como sucede con, por ejemplo, Parque jurásico, que en la última década recibió una trilogía de secuelas, con otra película más programada para el año que viene), si acaso un entretenido y cumplidor blockbuster con una premisa simple, con amplio espacio para mejorar y muchas maneras de renovarse–y un legado menor que ensuciar, en caso del fracaso.
Tornados ni siquiera es una secuela hecha y derecha, pues los personajes originales (la pareja de meteorólogos interpretada por Bill Paxton y Helen Hunt, o su amplio séquito de compañeros científicos) no están por ninguna parte. A esta nueva versión le basta con rescatar los ingredientes básicos de la película original y reconfigurarlos en una nueva aventura que trata de sostenerse por sí sola (cuando tantas películas dependen de la nostalgia y el reconocimiento del público para manipular sus emociones, éste es un gesto refrescante).

De nuevo tenemos a una joven y determinada meteoróloga que en el prólogo es marcada por la tragedia. En la prueba de un método experimental para disipar tornados con el potencial de salvar miles de vidas, Kate Carter (Daisy Edgar-Jones) atestigua la muerte de varios de sus compañeros, incluyendo a su novio Jeb (Daryl McCormack). Ante este fracaso profesional y pérdida personal, Kate decide retirarse de la investigación y se muda a Nueva York.
Cinco años después, Kate es visitada por Javi (Anthony Ramos), un colega, amigo y otro de los sobrevivientes de aquella fatídica tormenta. Javi ha desarrollado un sistema para escanear tornados y generar advertencias con un enorme potencial salvavidas. Kate, quien en un inicio se resiste a regresar a la acción, acepta ayudarlo a ponerlo este equipo a prueba.
Una vez en los campos de Oklahoma, Kate, Javi y sus compañeros se encuentran con Tyler Owens (Powell), un carismático cazador de tornados famoso por ponerse en el camino del peligro para sus enormemente populares videos en línea. Kate y Tyler forman una dupla de aparentes opuestos que hacen posible una dinámica cercana a la comedia romántica como la de la Tornado original–aquella película podría resumirse como una adaptación de Ayuno de amor de Howard Hawks, con Hunt y Paxton como una pareja en el proceso de divorciarse que descubre que no pueden renunciar a las emociones de cazar tornados, ni el uno al otro. Kate es la científica respetable y acatada a las reglas, mientras que Tyler ha cultivado la personalidad de un fanfarrón y temerario vaquero–una de sus primeras proezas involucra manejar al interior de un tornado para lanzar fuegos artificiales al centro del vórtice. A lo largo de la película, los dos descubrirán que en el fondo no son tan diferentes y que de hecho se agradan mutuamente.
La Tornado original resultaba simpática, no solo por sus dos estrellas, pero también por su amplio elenco secundario. Rostros conocidos como Alan Ruck, Todd Field (sí, el director de Tár) y más famosamente Philip Seymour Hoffman, entre otros, formaban un grupo en el que se notaba la camaradería y ñoño sentido del humor de un grupo unido por la obsesiva búsqueda científica. Tornados trata de recrear esto a través del grupo de Tyler, compuesto por Boone (Brandon Perea), Lily (Sasha Lane), Dexter (Tunde Adebimpe) y Dani (Katy O’Brian), quienes comparten su entusiasmo y atrevimiento. Aunque simpáticos, ninguno hace una impresión importante. La excepción es quizá Ben (Harry Hadden-Patton), un periodista británico cuya respuesta aterrada al peligro sirve para resaltar lo descabellado de Tyler.

Los efectos visuales, destacados en la película original, reciben una mejora considerable aquí. Las primitivas simulaciones animadas por computadora de los noventa dan lugar a tormentas con cuerpo y detalle que se integran, a veces de manera asombrosa, con los paisajes rurales. Pero su impacto se pierde un poco cuando nos acercamos y sus personajes se libran fácilmente ante vientos y escombros que se nos dicen devastadores.
¿Es esto realista? No sé y la verdad no importa mucho. La película original tenía un bobo encanto que nos invitaba a no tomarla muy en serio. A pesar de sus múltiples referencias a la ciencia detrás de la investigación meteorológica, lo que se imponía era la absurda lógica de la película de desastres. Pero la elección de Lee Isaac Chung como director, conocido mejor por el sensible drama autobiográfico Minari, sugiere que Tornados trata no solo de ser un blockbuster sobre la destrucción natural sin sentido, pero quizá también un homenaje sincero y emotivo a las llanuras del centro de Estados Unidos. Apunta a algo un poco más serio y respetable, y el tono sufre en consecuencia. Escenas importantes son acompañadas de ese meloso y serio piano que nos dice que los personajes están contemplando algo profundo, sea lo que sea. La película nunca se detiene tanto que se vuelve aburrida, pero tampoco se enloquece lo suficiente para ser verdaderamente divertida.
¿Podría Chung haber hecho una película de desastres más realista y aterrizada? Quizá, pero con otro material. El guion de Mark L. Smith le da una colección de personajes de cartón (uno de los cuasi-villanos, cuando escucha que un tornado se aproxima a un pueblo cercano, grita explícitamente que no le importa la gente que probablemente va a morir) que pueden caer bien de vez en cuando, pero con los que cuesta desarrollar una verdadera relación emotiva. El único actor que trata a la película con la seriedad adecuada (es decir, poca) es Powell. Como estrella, Powell tiene un atractivo convencional, además de una disposición a mostrarse vulnerable y bobo, pero su personaje se mantiene poco desarrollado y debe ceder el reflector a Edgar-Jones, a quien le cuesta encontrar emociones sinceras en un personaje plano. Lo mejor que se puede decir de Tornados es que es un modesto monumento al carisma de Glen Powell. Solo cobra vida cuando él está en pantalla.
★★1/2
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