(Sometimes I Think About Dying; Rachel Lambert, 2024)
A veces pienso en desaparecer es una película que, más que contar una historia, busca capturar un estado mental. En ella no pasa mucho porque su protagonista es una mujer joven que escoge (o se ha atrapado en) una vida en la que no hace mucho ni muchas cosas le suceden. Es una espectadora en su propia vida, cómoda solo en su propia imaginación. Es una situación complicada para retratar en una película narrativa, donde la acción y el conflicto exterior son las principales herramientas para conocer a sus personajes.
Daisy Ridley interpreta a Fran, una oficinista en la autoridad portuaria local cuya rutina diaria parece no tener nada especial salvo sus constantes fantasías sobre su propia muerte. Distrayéndose por un instante del monitor de su cubículo, se imagina colgando de una grúa; mientras calienta un pan en el microondas, se mira a sí misma tirada en el bosque, inmóvil, gris y cubierta de insectos. No son ideaciones suicidas, pues en ningún momento tenemos la impresión de que quiera hacerlas realidad. Tampoco sentimos que sean un reflejo de alguna frustración con el estado actual de su vida. Estas fantasías le traen un alivio o placer, aunque no se nos dice exactamente cuál.
Dadas las circunstancias, Fran parece una persona bien ajustada. Es seria, callada y no interactúa con sus compañeros más allá de lo mínimo e indispensable, pero no hay indicios de que ellos la encuentran extraña o la consideran una molestia. Fran se contenta con mantener este estatus quo hasta la llegada de Robert (Dave Merheje), un cinéfilo relajado y simpático que llega a ocupar el lugar dejado por una compañera que se acaba de jubilar. Fran, inicialmente cortante en el chat del trabajo (lo corrige diciéndole que el queso cottage no es un queso en realidad, le dice que se guarde el que nunca ha tenido un trabajo), lo recibe un día después con una broma y acepta su invitación para ir al cine y después a comer pastel.
¿Por qué Fran se aísla tanto? ¿Cuál es la razón de sus fantasías sobre la muerte? ¿Qué tiene Robert que la inspira a salir de su zona de confort? Sabemos todo sobre el día a día de Fran pero poco sobre su pasado y, de manera más importante, por qué es como es. Cuando Robert la presiona para que le cuente sobre sus amores pasados o su infancia, ella insiste que ninguno de los dos temas es muy interesante. Estos huecos despiertan nuestra curiosidad inicial, pero Fran resulta un personaje con el podemos conectar y simpatizar incluso cuando empezamos a sospechar que estás preguntas no recibirán una respuesta.
Para retratar la rutina de Fran, la directora Rachel Lambert toma decisiones que, aunque no son drásticas ni llamativas, nos dicen mucho sobre su protagonista y su entorno. Conversaciones son montadas distinguiendo entre el frente y el fondo de la pantalla, o dentro y fuera de ésta. La vida transcurre alrededor de Fran, pero ella no participa. Algunos de estos intercambios tienen el tono forzado de una obligación laboral más. La compañera que presenta a Robert invita a todos a presentarse mencionando su comida favorita. Es la clase de charla inofensiva pero banal que nos cuesta interpretar como sincera.

Para el arquitecto estadounidense Louis Kahn, un espacio arquitectónico no era un espacio si no recibía luz del sol y, aunque la oficina de la administración portuaria tiene ventanas, toda ella parece iluminada por luces fluorescentes blancas y planas, dictadas menos por el ambiente que producen que por la fría eficiencia. La cámara se mantiene fija para que las líneas rectas de puertas, paredes y el mobiliario de la oficina puedan trazar un ambiente rígido y estricto.
El espacio de la oficina puede hacernos pensar en una apurada y bulliciosa metrópolis o un aburrido y monótono suburbio, pero A veces pienso en desaparecer se sale de la norma situándose en una tranquila y pintoresca comunidad en el noroeste de Estados Unidos. Los preciosos bosques y costas crean un contraste con la oficina a la que Fran entrega su vida; un mundo con bellezas naturales a su alcance, si ella se diera el permiso de apreciarlas. El ritmo del pueblo repercute en el tono de la película, que muy rara vez vira hacia lo melodramático. Un encuentro casual con Carol (Marcia DeBonis), la empleada jubilada del inicio, por poco cae en un monólogo meloso sobre la importancia de apreciar los momentos preciosos de la vida, pero la película, de manera inteligente, no lo trata como una gran revelación, avanza a algo más una vez que el punto queda claro.
A veces pienso en desaparecer nunca es tan oscura como sugiere su título original en inglés (que se traduce más acertadamente a “A veces pienso en morir”). Pero encuentra ese cuidadoso equilibrio entre lo desolador y lo reconfortante; nos sumerge en las ansiedades de su protagonista, pero encuentra motivos para decirnos que todo va a estar bien. Todo sin regodearse ni trivializar su experiencia. Quizá todos tenemos algo que creemos que nos hace extraños, algo que, al compartirlo con los demás, hará que no nos quieran o acepten. A veces pienso en desaparecer está hecha con el reconocimiento de que las interacciones sociales, incluso las más simples y triviales, pueden estar llenas de tensión, de esa constante preocupación con cómo otros nos perciben y el miedo a hacer o decir algo incorrecto. Pero su fría atmósfera inicial esconde un cálido cuento sobre cómo el mundo no es tan cruel como lo imaginamos. Es como un abrazo de alguien que no sabíamos que se sentía tan solo como nosotros.
★★★★
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