(Alien: Romulus; Fede Álvarez, 2024)

El mayor defecto y la mayor virtud de Alien: Romulus son su fidelidad a las películas anteriores de la serie, específicamente las primeras dos: Alien: El octavo pasajero de Ridley Scott y Aliens: El regreso de James Cameron. Visualmente, es una bien lograda reconstrucción de su apariencia y atmósfera, iluminada y capturada como una película de los setenta y ochenta. Narrativamente, sin embargo, se mantiene tímida, negándose a probar cosas nuevas y escapar de la sombra de ambas. Ante el desafío planteado por un nuevo capítulo de una saga tan celebrada pero también tan irregular, Romulus responde diciendo que basta con copiar sus dos entregas más queridas.

Las fórmulas no necesariamente son malas. En el mejor de los casos proporcionan una base segura para que los cineastas innoven y jueguen con las expectativas del público. Por lo menos en sus primeros minutos, Romulus nos da elementos que reconocemos al instante pero que podrían llevarse en nuevas direcciones. Tanto como la serie se trata de una criatura (o criaturas) extraterrestre que acecha y asesina uno a uno a alguna tripulación espacial, uno de sus intereses principales también son los marginados sociales que se convierten en víctimas de la avaricia corporativa. Por lo menos en su inicio, la película promete presentar esta idea con distintos matices.

Rain (Cailee Spaeny), es una joven minera que vive en una de las colonias espaciales de la corporación Weyland-Yutani. Estacionada en un planeta cubierto por eternas nubes negras, Rain sueña con transferirse a uno donde pueda ver el sol, pero su contrato (del cual no se puede liberar, lo que lo hace algo más parecido a la esclavitud) ha sido extendido arbitrariamente por varios años. Sus compañeros y amigos comparten su frustración, y en conjunto arman un plan de escape. Yvaga, el sistema solar más cercano, se encuentra a nueve años luz de distancia; para el trayecto necesitarán de cápsulas criogénicas para congelarse. Rain y Andy (David Jonsson), el androide que la ha acompañado desde siempre como un hermano mayor, se unen entonces a Tyler (Archie Renaux), Kay (Isabela Merced), Bjorn (Spike Fearn) y Navarro (Aileen Wu) en un viaje a una estación espacial abandonada donde esperan hacerse de dicho equipo.

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Si Romulus tiene un verdadero héroe es el director de fotografía Galo Olivares. Para recrear el sentir de las películas originales, Olivares mantiene la cámara fija y hace un uso cuidadoso de la luz. En sus manos, el diseño de producción, futurista pero fiel a las raíces análogas de las películas originales, se convierte en un verdadero laberinto de interiores clínicos e industriales. En su mundo, donde la luz natural es prácticamente inexistente, las pocas fuentes de iluminación con las que sus personajes se encuentran añadan drama y dimensión a sus rostros y entornos. Hay acertados toques emotivos: cuando la nave sale de órbita, Rain reacciona al baño de la luz solar como si fuera un fenómeno extraño y sin precedentes.

Congruente con el ciclo de marketing de cualquier blockbuster estadounidense, mucho se ha hablado ya de los efectos prácticos de Romulus, sean miniaturas de naves o criaturas animatrónicas, y poco o nada de sus efectos digitales. Al acercarse la temporada de premios, cuando los estudios de efectos visuales compartan su mirada al detrás de escenas, tendremos una idea más clara de cómo se hizo la película en realidad. Muchas de sus imágenes, como los paisajes de su ciudad futurista, los movimientos en gravedad cero y los cuerpos planetarios, hoy se pueden hacer en computadoras de manera más cómoda, efectiva y hasta con un mayor nivel de realismo y seguramente éste fue el caso aquí.

El uso de efectos digitales para nada demerita el trabajo Álvarez y su equipo, pues estos se integran de manera invisible a los actores y sus entornos. Si hay criaturas digitales, sus movimientos nunca se alejan demasiado de lo que un efecto práctico o un hombre un traje de xenomorfo pueden hacer. Y la iluminación de nuevo ayuda bastante, escondiendo parte de ellas, pero nunca tanto que se vuelven difíciles de distinguir cuando el suspenso o los sustos lo requieren.

Hay, no obstante, un efecto visual que merece, no solo crítica pero también desdén. No por la proeza o ingenio involucrado en su realización, pero por el razonamiento detrás de él. Este efecto está ligado a un evento en la narrativa que no es técnicamente un spoiler (pues conocimiento previo de él no arruina la curiosidad y suspenso que experimentamos con la historia) pero que ha sido tratado como tal porque involucra el regreso de uno de los actores de las películas anteriores, o por lo menos de su apariencia. El problema, además de las incómodas cuestiones éticas que plantea para la producción de cine, está en el peso y presencia que esta decisión tiene en la película. No se trata de un cameo fácil de ignorar. Importante trabajo dramático cae en lo que no es más que una referencia para los fans, lo que impide que la película desarrolle una personalidad propia.

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Ésta es, desafortunadamente, una síntesis demasiado apta de Romulus. A pesar de su proeza técnica y su atención al detalle, nunca se compromete a una idea verdaderamente original o se atreve a adueñarse de la franquicia con una visión personal. Es cierto que la película introduce una criatura más o menos novedosa, que inquieta de una manera diferente a otras que han aparecido previamente. Pero lo hace demasiado tarde, después de hora y media reciclando las mismas criaturas y emociones de las primeras dos, lo que nos impide desarrollar una verdadera relación con ella.

En las mejores entregas de la serie, los personajes cobraban vida como un conjunto, incluso cuando sus miembros individuales no tenían características que nos permitiera identificarlos instantáneamente (la presencia de actores de reparto reconocidos en Alien y Aliens ayudaba bastante). Se sentían como un grupo acostumbrado a compartir su privacidad y trabajo. Su intercambio verbal y su rutina despertaba nuestro interés mucho antes de la aparición de cualquier monstruo y nos hacía involucrarnos y sufrir con sus inevitables muertes.

Hay muy poco que se pueda decir sobre los personajes de Romulus (Kay está embarazada, Bjorn odia a los androides, y eso es todo lo que recuerdo de ellos). La excepción es quizá Andy, quien como una máquina con características humanas, añade cierta ambigüedad y suspenso. Su directiva principal es el cuidado y bienestar de Rain, pero no se toca el corazón (¿tiene uno siquiera?) cuando debe decidir entre la muerte de los otros tripulantes e igualmente su lealtad puede cambiar drásticamente con un ligero ajuste a su programación. La actuación de Jonsson, que alterna entre el tono de un niño tímido y la de un frío y calculador científico, es la más llamativa y efectiva de la película.

Pero incluso con esta idea más o menos fresca, la película no se resiste a que su momento decisivo sea una obvia referencia al clímax de Aliens. Su desarrollo individual es opacado por el recuerdo de una previa y mejor película. Alien: Romulus está hecha con el espíritu de un fanático. Honra a las películas anteriores de tal manera que no desentona, pero sigue demasiado enamorada de ellas como para trazar su propio camino. Es una experiencia sin fricción, diseñada para disfrutarse y olvidarse rápido. Para reavivar la emoción e interés en estas películas, pero sin cambiar la idea de lo que éstas pueden ser.


★★★


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