(In a Violent Nature; Chris Nash, 2024)
De naturaleza violenta, de Chris Nash, juega con su género y con el estilo como pocas películas que se han estrenado en cines este año. Es técnicamente una película de terror, en específico del subgénero slasher, aquel que se caracteriza por un asesino (a veces con propiedades sobrenaturales), que mata a sus víctimas una a una. Los ejemplos más conocidos son sin duda los villanos de las franquicias ochenteras como Freddy Kruger de Pesadilla en la calle del infierno, Jason Voorhees de Viernes 13, Leatherface de La masacre de Texas y Michael Myers de Halloween. El gancho de De naturaleza violenta está en su decisión de adoptar el punto de vista, no de las víctimas, sino del asesino.
No es realmente una innovación; la película a la que se le atribuye inventar el subgénero, El fotógrafo del miedo de Michael Powell, ya lo había hecho. Pero si De naturaleza violenta no inventa, sí invita a ver de manera diferente lo que ya se ha convertido en cliché. Mejor que otras deconstrucciones (la primera de Scream: Grita antes de morir, una gran película en sus propios términos), De naturaleza violenta se adentra a las oscuras contradicciones del slasher: en teoría nos identificamos con las víctimas (y la típica sobreviviente final), pero el principal placer se encuentra en lo creativo y sanguinario de sus muertes. Su sufrimiento no solo hace que crezcan el suspenso y la sensación de peligro, también ofrecen cierta liberación y gozo por sí mismas. En cierto punto, siempre terminamos del lado del asesino.
El planteamiento de De naturaleza violenta es simple y para nada original. La intención parece ser la de reducir el slasher a sus elementos más mínimos e indispensables. Un grupo de amigos jóvenes viaja a una cabaña retirada con el plan de pasar la noche ahí. Mientras caminan por el bosque, se encuentran con una construcción abandonada en la que hay un guardapelo dorado. Uno de los chicos lo toma (no importa quien, la idea es que éstos son básicamente intercambiables) y de la tierra debajo emerge una figura con todos los indicadores de un asesino implacable e inhumano: su cuerpo es robusto e imponente y su ropa desgastada y sucia; solo lo vemos de espalda pero hay señales de que su rostro está horriblemente desfigurado. ¿Cuánto tiempo llevaba debajo de la tierra? Parece haber estado ahí en una especie de reposo sobrenatural.

Aun cuando los detalles de su vida son inexistentes (¿quién es? ¿de dónde viene?) nos podemos formar una idea de qué quiere y qué va a hacer, precisamente porque la situación se parece a tantas otras películas de terror que hemos visto. Cuando la figura camina hacia una cabaña, donde un hombre discute con un cazador que ha dejado trampas en el bosque, sabemos que lo hace con la intención de matar. Y cuando nos acercamos a la fogata donde el grupo de amigos bromea y trata de asustarse entre ellos (los jóvenes, en una proporción más o menos idéntica de hombres y mujeres, son interpretados por Cameron Love, Liam Leone, Charlotte Creaghan, Lea Rose Sebastianis, Sam Roulston, Alexander Oliver y Timothy Paul McCarthy), sabemos el sangriento destino que les espera–ellos cuentan la historia de Johnny, quien de niño fue matado por dos bomberos en una broma que salió mal, y de una masacre posterior, lo que nos permite inferir que el asesino (Ry Barrett) es de alguna manera el espíritu errante de Johnny.
Es en la ejecución donde De naturaleza violenta se parece poco a la mayoría de las películas de terror que seguro hemos visto. ¿Será que al seguir al asesino la película quiere que nos identifiquemos con él? Depende de a qué nos referimos con identificación. Sí, la película presenta los eventos alineándonos con su punto de vista. A ratos, la cámara se fija a él, como en un videojuego de tercera persona, mientras camina por el bosque. Es una cercanía que nunca experimentamos con sus eventuales víctimas, a quienes típicamente vemos desde lejos–incluso cuando estamos atentos a su conversación alrededor de la fogata, la cámara los rodea desde afuera, impidiéndonos ser parte de su círculo.
Pero ver una película no solo involucra lo que hay en la película misma, sino también las experiencias previas (con otras películas, pero también de nuestra propia vida) con las que nos acercamos a ella. Cuando estos jóvenes de los que sabemos poco o nada sufren muertes perturbadoras y monstruosas, nuestra empatía básica igualmente nos hace experimentar asco o repulsión. Nuestra relación con el asesino, más que de simpatía, es de complicidad. Siempre sabemos más que sus víctimas, por lo que la oportunidad para los sustos y sorpresas es limitada. Pero algo parecido al suspenso sigue ocurriendo; percibimos el peligro de lo que puede pasar, pero nuestra actitud hacia él es un poco más complicada.

En un marcado contraste con otras películas de terror, De naturaleza violenta adopta un estilo frío, objetivo, casi realista. Los sonidos se limitan a aquello que los personajes pueden escuchar (la naturaleza, sus conversaciones, la música que ponen para entretenerse). La cámara, cuando no sigue al asesino, tiende a mantenerse fija y a distancia por largas duraciones que conservan una duración real del tiempo. La música, la fotografía y el montaje, entonces, no nos dicen qué sentir hacia lo que vemos.
Suena a que esto resultaría en una película de terror menos efectiva, pues estos recursos típicamente se usan dramáticamente para hacernos sentir más. No obstante, hay algo extrañamente reconfortante cuando los elementos de una película nos dicen qué pensar y sentir. De naturaleza violenta nos quita esa certeza moral. Nos quedamos procesando exactamente qué es lo que sentimos. El estilo de la película nos expone a un rango más amplio de ideas y sentimientos; el placer que experimentamos ante la misma violencia que en la superficie nos horroriza.
De naturaleza violenta es una película divertidamente amoral en un género típicamente moral–se dice mucho que, en el slasher, el personaje “puro” es siempre el que “merece” sobrevivir. Sabemos tan poco de sus víctimas que nunca sentimos que sus muertes son una consecuencia de sus acciones, sino resultado del azar y la circunstancia. Nash ha citado como influencia a películas del llamado “cine lento”, específicamente Gerry, Elefante y Last Days de Gus Van Sant, por lo que es tentador pensar en De naturaleza violenta en términos del “terror elevado”. Pero lo que Nash hace no es necesariamente “trascender” el cine de terror sino regresarlo a sus elementos más básicos.
El título tiene un divertido doble sentido; puede referirse a la psicología de su villano protagonista, o al simple hecho de que es una película en la que violencia sucede en la naturaleza. En De naturaleza violenta, el principal placer sigue siendo que nuestro estómago se revuelva con muertes crueles y espectaculares (el trasfondo con la industria de la tala de árboles le permite hacer uso creativo muchas herramientas) y gracias a lo novedoso de su enfoque, se siente como descubrir estos placeres por primera vez. Hay algo primitivo, elemental y simple sobre ella.
★★★★
Éste artículo, como el resto del archivo de Pegado a la butaca, llega a ti de manera gratuita. Si te interesa apoyar esta labor de crítica de cine independiente, te invito a realizar una donación a través de Ko-fi, a partir de 1 USD, o a compartirle esta publicación a alguien que creas que le puede gustar. ¡Gracias!